El silencio que siguió al cierre de la puerta donde Josephine colgaba era más asfixiante que el humo de la artillería en el campo de batalla. Jeanne permanecía en el suelo, con las rodillas raspadas y la seda traslúcida del vestido n***o pegada a su piel como una marca de propiedad. Armand, agotado por su propio estallido de furia, se dejó caer en una silla de terciopelo y tomó una copa de vino con manos que aún temblaban. La luz de las velas proyectaba su sombra sobre la pared, haciéndolo parecer un gigante deforme que vigilaba un cementerio. —No deberías obligarme a ser cruel, Johanna —susurró Armand. Su voz había recuperado esa suavidad melódica, casi hipnótica, que precedía a sus peores delirios—. Yo solo quiero lo mejor para nosotros, lo que mi sobrino nunca pudo darte. Lo que Alari

