POV: Jeanne
El silencio era lo más pesado. Un silencio absoluto que solo se veía roto por el zumbido de los insectos y el siseo del viento entre los árboles de Maine.
Jeanne abrió los ojos, pero el cielo nocturno bailaba sobre ella en manchas de plata y n***o. Intentó respirar, y un rayo de fuego le atravesó los pulmones, naciendo desde su omóplato izquierdo.
—Ah... —el gemido se quedó atrapado en su garganta, seco como el polvo.
Sintió un peso muerto sobre su pecho. Bajó la mirada con dificultad y vio el cabello rubio, ahora pegajoso por la sangre, del noble que la había desafiado.
Recordó sus ojos azules, su sonrisa descarada antes de que la oscuridad se los tratara de tragar a ambos. Él seguía allí, su rostro hundido en el hueco del cuello de Jeanne, su respiración tan débil que por un momento ella pensó que estaba abrazando a un cadáver.
Con un esfuerzo que le arrancó un grito sordo, Jeanne empujó el cuerpo de Henry hacia un lado. El príncipe rodó sobre la tierra húmeda, dejando una mancha carmesí en el jubón de cuero de ella. Jeanne se puso de rodillas, temblando; la flecha en su espalda palpitaba con cada latido, un recordatorio cruel de la traición. Miró a su alrededor y el horror la golpeó.
Sus compañeros de banda yacían esparcidos como muñecos rotos. Pero no eran heridas de soldados. Eran cortes limpios en la nuca, estocadas por la espalda, o flechas mortales como la de ella. El capitán los había vendido. El mismo hombre que le había prometido una parte del botín real los había sacrificado a todos para no dejar testigos.
—Maldito seas... —susurró, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula—. Juro que te encontraré.
El eco de cascos de caballos a lo lejos la sacó de su furia. Venían refuerzos.
Jeanne sabía que, si la encontraban así, vestida con ropa de hombre, con un florete en la mano y rodeada de muertos reales, no habría juicio. La colgarían de la rama más cercana antes del amanecer. Sus ojos, de ese violeta intenso que tanto había sorprendido a Henry, se fijaron en los restos del carruaje.
Uno de los baúles de madera noble se había reventado. De sus entrañas brotaba una cascada de seda blanca, encajes de Bruselas y brocados de oro: el ajuar de una mujer.
El instinto de supervivencia tomó el mando. Arrastrándose sobre sus manos y rodillas, llegó hasta el baúl. Con dedos temblorosos, se deshizo del chaleco de cuero. Al quitarse la camisa de lino, sus hombros revelaron las cicatrices plateadas que cruzaban su piel: el mapa de su pasado como sirvienta maltratada.
Tomó un vestido de viaje de seda color crema con hilos de oro. Era una armadura diferente, pero necesaria.
Rompió la vara de la flecha para poder vestirse, dejando la punta enterrada en su carne. La seda se pegó de inmediato a la herida de su espalda, bebiendo su sangre hasta volverse púrpura.
Se soltó el cabello platinado, dejando que la melena larga, etherea y blanca cayera como un velo para ocultar las manchas y las costuras.
En un último acto de desesperación, se arrastró de nuevo al lado de Henry. Se dejó caer junto a él, entrelazando sus dedos con los del príncipe y apoyando su mejilla contra su pecho ensangrentado.
Cerró los ojos justo cuando las antorchas comenzaban a iluminar el camino.
POV: Marco / Tercera Persona
Marco Pinneult regresaba con los refuerzos. Al bajar de su montura, encontró una escena que lo dejó gélido: el heredero al trono de Francia yacía bañado en sangre, y bajo él, una mujer vestida con parte del ajuar nupcial que ellos mismos transportaban. Marco se quedó genuinamente sorprendido. Miró el carruaje destrozado y luego a la chica.
—¿De dónde ha salido ella? —se preguntó a sí mismo, confundido.
Al ver que ambos estaban al borde de la muerte, Marco debió actuar rápido. Jeanne ya no respondía; la pérdida de sangre y el esfuerzo de cambiarse la habían dejado en una inconsciencia profunda.
—¡Levanten a la prometida del Príncipe! —ordenó Marco a los soldados, fingiendo seguridad—. ¡Llévenla al castillo con el mayor de los cuidados! Si ella muere, nuestras cabezas rodarán.
Tres días después. Castillo Real de Versalles.
El despertar de Henry fue lento. El olor a lavanda y sándalo le indicó que ya no estaba en el bosque. Intentó incorporarse, pero un martillazo de dolor en la nuca lo devolvió a la almohada.
—No lo intente, Alteza. El médico dice que tiene suerte de no haber muerto entre plebeyos y ladrones —Marco estaba de pie junto a la ventana, impecable pero con ojeras marcadas y una venda en el brazo—.
¿Quién es ella, Henry? Los soldados creen que es Anne Marie, pero sé que no lo es.
Henry parpadeó, confundido por la fiebre.
—¿Ella?… ¿Cuál ella? ¿De quién hablas? En el camino... solo había forajidos.
Ambos se miraron en confusión total. Henry se levantó, ignorando las protestas de su cuerpo, y caminó hacia la cama en el cuarto contiguo donde yacía la mujer.
Ella estaba acostada boca abajo. Henry se sentó al borde y, con dedos lentos, apartó los cabellos platinados que cubrían su rostro. Se quedó sin aliento.
Era la mujer del bosque, pero sin la mugre, era una belleza impactante. Sin embargo, al retirar la sábana para observar la herida, su expresión cambió a una rabia oscura.
No solo era herida que dejó la flecha; eran las marcas. Cicatrices de antiguos latigazos surcaban su piel de porcelana y no era una, eran muchas las heridas que contaban un pasado de crueldad.
Henry sintió una furia irracional. ¿Quién se atrevió a marcarla así?
—Es una forajida, Henry —dijo Marco, cubriéndola de nuevo—. Pero una muy inteligente. Se puso el vestido de tu prometida porque valora su vida más que el oro.
Henry miró el rostro sereno de la chica.
—No diremos la verdad. Mi madrastra quiere un heredero. Diremos que es la hija perdida del Duque de Austria. Los rasgos únicos, sus ojos y el color de su cabello, coinciden con las características físicas del Duque Alaric, inusuales sin duda, nos ayudarán a comprar tiempo. La llamaremos entonces Johanna.
—Es una treta peligrosa —advirtió Marco.
Henry sonrió con una expresión oscura, fascinada y arrogante.
—Peligrosa, por supuesto, pero quiero jugar el juego que ella dicte. Se puso el disfraz de una princesa, si quiere ser una , la convertiré en una... pero tendrá que pagar y mi precio es muy alto. El juego acaba de empezar.
POV: Jeanne
Henry regresó a su cama y fingió descansar cuando Jeanne finalmente abrió los ojos. Ella estaba desorientada, abrumada por el lujo. De repente, sintió que alguien más estaba en la habitación.
En la cama de la habitación contigua se encontraba Henry, aparentemente inconsciente. Su rostro se veía lleno de paz; ella observó con detalle la forma de su mandíbula, sus labios, su cabello rubio y el delicioso aroma a sándalo que emanaba de su piel. Un rostro angelical, el contraste perfecto con la violencia que ella conocía.
Una sonrisa amarga salió de los labios de Jeanne. Tendría que ser una broma cruel de la vida encontrarse en los aposentos de un hombre como él. Pero su sonrisa se vio interrumpida bruscamente. Jeanne se quedó paralizada cuando unos hermosos pero escrutadores ojos azules se abrieron y la vieron de forma directa.
Henry no parecía el hombre herido de hace unos momentos. La devoraba con la mirada, con una intensidad que la hacía sentir desnuda.
Ella, temerosa de revelar su identidad, se obligó a mantener la máscara, sin saber que el príncipe ya conocía su secreto y estaba dispuesto a cobrar un precio muy alto por mantenerlo.