POV: Henry
Me desperté con la sensación de que alguien me golpeaba el cráneo con un martillo de acero. El mareo seguía ahí, un recordatorio constante de mi propia vulnerabilidad, pero lo que realmente me quemaba por dentro era la imagen de la noche anterior, Jeanne.
El sabor de su piel, sus confesiones arrancadas por la droga y esa conexión eléctrica que nos había unido más que cualquier documento oficial.
La observé mientras se terminaba de ajustar el traje de montar. Era de un azul eléctrico tan intenso que parecía un desafío directo a la sobriedad aburrida de Versalles. La deseaba, la deseaba con una intensidad que rozaba lo patológico.
Cada vez que su falda rozaba mis botas, sentía una descarga de adrenalina que no tenía nada que ver con la política.
Había algo en ella que me desarmaba por completo: no era la elegancia ensayada de una duquesa, sino su verdad. Esa fuerza indómita me hacía sentir que, a su lado, yo era el que estaba a salvo por primera vez en mi vida.
Me acerqué a ella con el pretexto de revisar el ajuste de su hombrera. Mi mano rozó su brazo y sentí que mi autocontrol se hacía pedazos. El esfuerzo por no tocarla, por no estamparla contra la pared y besarla hasta que el mundo dejara de importar, era la tarea más difícil que había enfrentado.
Jeanne me miró y vi en sus ojos un brillo gélido que no estaba allí ayer. Había una paz extraña en ella, una resolución que yo aún no terminaba de entender.
—No te alejes de mí hoy —le susurré, con una voz ronca que no logré disimular—. No confío en el silencio de mi madre. Es cuando no dice nada cuando más peligro representa.
Justo cuando íbamos a salir, un estruendo en el pasillo nos obligó a detenernos. Paulo entró como un huracán, con el rostro pálido y los ojos desencajados por el pánico o el odio.
—¿No lo saben? —jadeó mi hermano, mirándonos con una desconfianza evidente—. Han encontrado a Varga.
Está muerto. Lo degollaron en el pasillo de los tapices como si fuera un animal de matadero.
La noticia me golpeó con la fuerza de un impacto físico. ¿Varga? ¿El mejor rastreador de Madeleine? Miré a Jeanne de reojo, buscando una grieta en su fachada. Nada. No pestañeó. Su rostro era una máscara de perfecta confusión aristocrática, pero cuando su mano se cerró con firmeza sobre mi antebrazo, lo entendí todo.
Ella lo había hecho. Mientras yo luchaba contra mis propios demonios, mi pequeña forajida había salido a cazar al lobo. Un orgullo oscuro y salvaje se instaló en mi pecho. Mi mujer no solo era hermosa; era letal. Había eliminado el obstáculo más peligroso de nuestro tablero mientras yo dormía.
POV: Jeanne
[Faltan 3 días y 4 horas para la firma del contrato]
El patio de armas de Versalles olía a escarcha y a una tensión que se podía cortar con un cuchillo. La atmósfera era espesa, cargada de una sospecha que nadie se atrevía a verbalizar. Madeleine estaba allí, vestida de n***o riguroso, pero sus ojos no lloraban la muerte de su sicario; escupían fuego contra mí. Ella sabía que yo era la responsable, aunque no tuviera una sola prueba física.
—Duquesa —dijo la Reina, señalando a un semental azabache que parecía una pesadilla de ébano. "Furia".
El animal luchaba contra los mozos de cuadra, relinchando con un odio que parecía un eco del de su dueña—. El Capitán Varga murió anoche en un incidente lamentable. En su memoria, quiero que monte a este ejemplar. Dicen que solo la verdadera sangre de la nobleza austriaca puede dominar a una bestia así. ¿Nos hará el honor de demostrarnos su linaje?
Miré al caballo. El animal estaba aterrado, no era malvado; sus ojos buscaban desesperadamente una salida de aquel circo de crueldad. Henry dio un paso adelante, apretando la mandíbula, casi rogándome con la mirada que me negara a participar en aquel espectáculo.
Pero yo le sonreí con el descaro que él mismo me había enseñado. Sabía que él estaba al límite de sus fuerzas por el golpe en la cabeza, y no iba a permitir que se expusiera más por protegerme.
—Es un animal magnífico, Majestad —dije, acercándome al semental con paso firme. Los palafreneros retrocedieron, asustados. Ellos no tenían idea de que yo había montado caballos a pelo en los bosques más cerrados de Francia, huyendo de hombres mucho peores que ellos—. Sería un insulto rechazar un reto tan... generoso.
En un movimiento ágil que dejó a la corte en un silencio sepulcral, monté. El caballo se alzó sobre sus patas traseras, intentando derribar a la intrusa, pero clavé mis rodillas y manejé las riendas con la seguridad de quien ya no tiene nada que perder.
—¡Galopa! —le ordené, golpeando sus costados.
Salimos del patio como un rayo azul. Henry no tardó ni un segundo en montar su propio corcel y seguirme, con su capa negra ondeando como un estandarte de guerra detrás de mí. La cacería se convirtió rápidamente en una persecución frenética.
Madeleine y Paulo intentaron seguirnos, pero "Furia" era demasiado rápido para sus caballos de exhibición. Nos internamos en lo profundo del bosque, allí donde los árboles se vuelven muros y los espías no pueden entrar.
De repente, lo vi. El brillo metálico de una cuerda tensada entre dos robles, a la altura de mi garganta. Una trampa de ejecución, silenciosa y cobarde. Madeleine no quería que el caballo me tirara; quería decapitarme en plena carrera.
—¡Jeanne, abajo! —el grito de Henry desgarró el aire.
Tiré de las riendas con una fuerza que me quemó las palmas de las manos. "Furia" respondió con un salto prodigioso, un momento de ingravidez donde la seda azul de mi traje se fundió con el aire del bosque.
Aterrizamos con un impacto que me sacudió hasta los huesos, pero logré mantenerme en la silla. Henry frenó en seco a mi lado, desenvainó su espada y cortó la cuerda de un solo tajo cargado de una furia asesina.
—¡Se acabó! —rugió, desmontando de un salto. Me bajó del caballo sujetándome por la cintura, sus manos apretándome con una urgencia que no admitía réplicas. Sus ojos azules estaban inyectados en sangre, no por el dolor físico, sino por el deseo y la rabia contenida—. Ya no voy a jugar a este baile de máscaras mientras intentan matarte en cada esquina.
Su rostro estaba a milímetros del mío.
Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, su falta de autocontrol golpeándome con la misma fuerza que su sensualidad. Henry estaba al límite, su respiración agitada rozando mis labios, y por primera vez vi al hombre real, sin la máscara de príncipe cínico.
—Madeleine acaba de cometer su error más grave —dije, tratando de recuperar el aliento, con el sudor pegando la tela a mi piel—. Ha intentado asesinarme frente al enviado del Vaticano.
—No necesitamos más pruebas —interrumpió Henry, su voz bajando a un murmullo oscuro y cargado de pasión—.
Vamos a forzar la firma del contrato hoy mismo. No voy a esperar tres días más para que vuelvan a intentar algo así. Le diremos a Monseñor que el palacio es una zona de guerra y que solo nuestra unión oficial puede garantizar tu seguridad.
Me tomó el rostro con ambas manos y, por un segundo, el mundo entero desapareció. El bosque, la Reina, la horca que me esperaba... todo se desvaneció frente a la intensidad de su mirada.
—¿Estás lista, Jeanne? Porque si firmamos hoy, esta noche serás mía de verdad. Ante el Rey, ante Dios y ante cada cicatriz que ambos cargamos. No habrá vuelta atrás. No habrá más mentiras que nos separen.
Miré a Henry, el hombre que me miraba como si yo fuera su único punto de referencia en un mundo de sombras y traiciones. La adrenalina de la cacería todavía me corría por las venas, mezclándose con una necesidad de él que ya no podía negar.
—Firma el contrato, Henry —respondí, sintiendo el peso de la daga que aún llevaba oculta bajo la seda azul—. Y prepárate, porque esta noche, Versalles va a entender que una ladrona y un príncipe son un incendio que nadie, absolutamente nadie, puede apagar.
Regresamos al palacio al galope, dejando atrás los restos de la trampa. El juego de la seducción había terminado y la diplomacia había muerto en aquel bosque.
El contrato estaba sobre la mesa, y nuestra rebelión estaba a punto de ser consumada bajo el amparo de la noche, en una habitación donde las leyes de los hombres dejarían de existir para dar paso a las nuestras.
Me di cuenta de lo que sucedía de lo que eso significaba. Si firmábamos hoy, la cláusula de consumación debía cumplirse esta noche.
Miré hacia el sendero por donde venía la Reina, con su rostro de piedra ocultando su rabia por verme viva. Miré a Henry, el hombre que me había dado una razón para no huir y el corazón palpitando por algo más inquietante, deseo.