Capítulo 15: Lecciones de Acero y Seda

1728 Words
​POV: Jeanne ​[Faltan 5 días y 12 horas para la firma del contrato] ​Despertar en los aposentos de Henry fue una experiencia para la que ninguna de mis pesadillas en los caminos me había preparado. En las calles de París, el despertar solía ser un estallido de alerta: el frío del suelo, el ruido de los cascos de los caballos sobre el fango o el grito de algún guardia. Aquí, el amanecer era una caricia de terciopelo. La luz del sol se filtraba a través de las pesadas cortinas de damasco, bañando la habitación en un tono dorado que hacía que los muebles de ébano y los marcos de oro parecieran parte de un sueño febril. ​Pero el peso del brazo de Henry rodeando mi cintura era muy real. Me quedé inmóvil, casi conteniendo el aliento, sintiendo el calor de su pecho contra mi espalda. Por un instante fugaz, el palacio desapareció. Olvidé que éramos dos mentirosos atrapados en una red de alta traición. Olvidé que yo era una impostora y él un príncipe marcado por la tragedia. Solo éramos dos cuerpos buscando refugio en medio de una tormenta de cristal. ​Sin embargo, el recuerdo de Varga apostado tras la pesada puerta de roble, como un sabueso sediento de sangre, me devolvió a la realidad con la brutalidad de un golpe de acero. Él estaba allí... Escuchando... Esperando... ​Henry se movió, y sentí su respiración cálida en mi nuca antes de que su voz, profunda y rasposa por el sueño, llenara el espacio entre nosotros. ​—Buenos días, mi pequeña forajida. Espero que las sábanas reales hayan sido de tu agrado. Varga sigue fuera; sospecho que no ha pegado ojo intentando descifrar el silencio de anoche. Debe de estar preguntándose si el Príncipe ha reclamado su premio o si la Duquesa es más difícil de domar de lo que Madeleine imaginaba. ​—Debería preocuparse menos por el sueño de Varga y más por lo que vamos a hacer hoy, Alteza —respondí, girándome entre sus brazos para encontrarme con esos ojos azules que siempre parecían leer mis pensamientos más oscuros—. Madeleine no se quedará de brazos cruzados. Si Varga no le entrega la prueba de que soy una impostora hoy, ella inventará un pecado nuevo para nosotros. ​Henry se incorporó sobre sus codos con una parsimonia irritante. La sábana de seda cayó hasta su cintura, dejando al descubierto su torso. Mi vista se clavó inevitablemente en la cicatriz de su pecho, aquella que su padre le había infligido el día que la Reina Alexandra murió. Era un recordatorio constante de que, en este palacio, la familia era el enemigo más letal. ​—Tienes razón. Por eso hoy empieza tu verdadero entrenamiento —dijo, y su tono cambió. La burla desapareció, reemplazada por una seriedad profesional—. No voy a enseñarte a ser una duquesa; eso ya lo haces mejor que las que nacieron en cunas de oro. Voy a enseñarte a ser la guerrera que este nido de víboras exige. Si vas a enfrentarte a Varga o a los sicarios que Paulo contrata en los muelles, necesito saber que tu técnica es impecable... incluso con este maldito corsé puesto. ​—¿Entrenar aquí? —pregunté, mirando los espejos venecianos y los tapices invaluables que adornaban las paredes—. ¿En sus aposentos privados? ​—Es el único lugar de Versalles donde las paredes no tienen ojos, solo oídos —respondió Henry, levantándose de la cama con una agilidad felina—. Y donde puedo permitirme el lujo de ser yo mismo mientras tú dejas de fingir que eres una flor delicada. ​Se dirigió hacia un arcón de ébano cerca del ventanal. Escuché el tintineo del metal antes de que sacara dos floretes de práctica. Eran de hoja roma, pero su peso y equilibrio eran reales. Me lanzó uno sin previo aviso. Lo atrapé por puro instinto, sintiendo cómo el frío del acero en mi palma despertaba a la Jeanne que vivía en las sombras. Esa sensación de control me devolvió una confianza que la seda y los encajes me habían arrebatado pieza a pieza. ​—En guardia, Johanna —dijo Henry con una sonrisa que era un desafío directo. ​Lo que siguió fue una danza frenética de peligro y deseo. Henry no me dio tregua ni por un segundo. Se movía con la precisión de un maestro de esgrima y la fuerza de un soldado, obligándome a retroceder entre los muebles Luis XIV. El choque del metal resonaba en la habitación, un sonido agudo y rítmico que la alfombra gruesa de la alcoba amortiguaba para que no llegara con claridad al pasillo. ​—Demasiado lenta —se burló, lanzando una estocada que esquivé por apenas un milímetro, sintiendo el aire del acero rozar mi mejilla—. En el bosque tenías más fuego, más desesperación. ¿Es que la vida de palacio te ha ablandado los músculos con tanto champán y baños de rosas? ​—¡Siga hablando, Alteza, y acabará con este acero en su garganta real! —le devolví el golpe, pasando a una ofensiva salvaje. ​Nuestras hojas se cruzaron con un chirrido que hizo saltar chispas invisibles. Henry usó su superioridad física para empujarme hacia atrás, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra uno de los postes de caoba de la gran cama de dosel. Estábamos tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas que bailaban en sus pupilas. Su respiración, agitada y caliente, golpeaba mi rostro. ​—Tu técnica es efectiva en un callejón oscuro, Jeanne. Es salvaje, directa, perfecta para quien no sabe blandir con la agilidad y la técnica adecuada. Pero es previsible para un hombre como Varga, que ha pasado su vida cazando gente como tú —susurró, dejando caer su florete con un sonido sordo y rodeando mi muñeca con su mano libre. Me obligó a bajar mi arma hasta que la punta tocó el suelo—. Deja de pelear como si tuvieras miedo de perder la vida. En este palacio, ya la has perdido. Solo te queda ganar el trono... o la tumba. ​Me soltó la mano, pero no se alejó. Sus dedos subieron por mi brazo desnudo, acariciando la piel que el camisón de seda dejaba al descubierto. El entrenamiento se detuvo en seco, reemplazado por una tensión física tan aguda que me costaba tragar. Henry tomó un mechón de mi cabello platinado y lo apartó con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la violencia de hace un momento. ​—Varga sospecha de ti porque eres fuerte —continuó Henry, su voz bajando a un tono peligroso y seductor—. Pero lo que él no sabe es que yo te estoy enseñando a ocultar esa fuerza bajo una capa de vulnerabilidad aristocrática. Cuando él te ataque —y lo hará, Jeanne, lo hará pronto—, esperará que huyas, que supliques por tu vida o lo que es peor, provocarte para que pierdas los estribos. Quiero que en ese momento le devuelvas el golpe con la frialdad de una reina que firma una sentencia de muerte. ​—¿Y si no puedo? —pregunté en un susurro quebrado—. ¿Y si cuando lo vea a solas, el recuerdo de mi gente muriendo bajo sus pies me encienda el corazón en una furia desbocada? Él me disparó una maldita flecha por la espalda, Henry. Él vio mi rostro de barro y hambre, conocía a todos y nos hizo creer que éramos familia, traicionó el código más sagrado entre los forajidos. ​Henry me tomó la cara con ambas manos, obligándome a sostenerle la mirada. Sus pulgares acariciaron mis pómulos con una ternura que me desarmó mucho más que su espada. ​—Entonces me buscarás a mí. Porque aunque ese contrato maldito diga que soy tu dueño, en realidad, yo soy el escudo que se interpone ante cualquiera. Nadie volverá a herirte por la espalda mientras yo respire, Jeanne. Ni Varga, ni el Rey, ni el mismísimo Hades si se atreviera a bajar a este infierno. ​Se inclinó y me besó. No fue un beso de lección, ni de protección; fue un beso de posesión absoluta y desesperada. Sus labios reclamaron los míos con una urgencia que me hizo soltar el florete. El metal chocó contra el suelo, pero ya no importaba. Sus manos bajaron por mi espalda, presionándome contra la dureza de su cuerpo, recordándome que cada latido de su corazón era una cuenta atrás hacia el día de la firma. ​Cinco días. Solo cinco días para que el juego de sombras terminara. ​—De nuevo —dijo Henry, separándose apenas unos milímetros, con los ojos brillando de deseo y una determinación feroz—. En guardia, forajida. No pararemos hasta que tus manos dejen de temblar al sostener el acero, aprenderás a defender tu acero de las manos ágiles de Versalles. ​Pasamos el resto de la mañana en esa extraña danza de combate e intimidad. Cada vez que mi postura fallaba o mi guardia bajaba, él usaba el pretexto de corregirme para tocarme, para sentir el calor de mi piel bajo la fina tela del camisón. Henry estaba construyendo a una mujer nueva: una criatura híbrida que podía bailar un minué en el Salón de los Espejos por la noche y degollar a un traidor al amanecer sin despeinarse. ​Mientras tanto, al otro lado de la puerta, el Capitán Varga escuchaba. En su mente de mercenario, los sonidos de la habitación —el choque rítmico del metal, los jadeos de esfuerzo y las risas bajas del Príncipe— tenían una sola explicación. Estaba convencido de que el Príncipe estaba "domando" a la Duquesa de una manera que solo un hombre de su clase entendía. Esa idea alimentaba una obsesión enfermiza en Varga; él sabía que bajo esa seda había una loba, y su instinto de cazador no le permitiría descansar hasta verla de nuevo en el barro. ​Pero Jeanne ya no era la presa fácil que él recordaba en el bosque. Bajo la tutela de Henry Philippe, el fantasma de los caminos estaba aprendiendo a usar la seda de Versalles como si fuera una armadura de acero.
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