La noche en París no era simplemente oscuridad; era un manto de brea que parecía absorber cualquier vestigio de esperanza. El carruaje con escudos de Austria se balanceaba con un traqueteo monótono sobre los adoquines húmedos, alejándose de la bodega donde la Forajida y el Delfín trazaban planes de guerra.
En su interior, Alaric Von Edelstein no se sentía como el poderoso Duque que hacía temblar las cortes europeas, sino como un náufrago aferrado a un trozo de madera en medio de un océano de sangre.
Apretó contra su pecho el pequeño libro de seda. El frío que sentía no se debía a la brisa invernal que se filtraba por las rendijas de la portezuela, sino a la verdad que emanaba de aquel objeto.
Necesitaba la soledad absoluta, una que solo un hombre que acaba de descubrir que su vida ha sido una farsa puede soportar.
Con manos temblorosas que delataban su edad y su agonía, encendió un pequeño farol de aceite; La luz amarillenta y vacilante comenzó a bailar sobre sus rasgos, acentuando las arrugas de su frente y el brillo plateado de su cabello, ahora ralo y cansado por la vigilia; Sus ojos azules con motas violeta —esos que Jeanne había heredado con una precisión casi cruel— estaban empañados por una humedad que no conocía desde hacía década.
—Helena… —susurró, y el nombre supo a ceniza, a gloria olvidada y a un perdón que no estaba seguro de merecer.
Abrió el diario; El crujido de la seda rígida por la sangre seca rompió el silencio del habitáculo como un grito. Sus dedos, finos y aristocráticos, acariciaron la primera página con una reverencia casi religiosa, como si temiera que el recuerdo de su esposa se desintegrara bajo su toque.
Alaric pasó las páginas de los primeros años. Eran crónicas de una felicidad que él había dado por sentada. Helena escribía sobre los primeros días de Jeanne, describiendo con adoración cómo sus ojos azul violáceos, idénticos a los de su padre, eran su mayor tesoro.
Aquello fue un puñal directo al corazón de Alaric; él había pasado años persiguiendo esos mismos ojos en los callejones oscuros de Francia, y las últimas semanas, deseando borrarlos del mapa, sin saber que buscaba aniquilar su propio reflejo en el rostro de su hija.
Pero pronto, el tono de la caligrafía cambió; Las letras, antes redondas y seguras, se volvieron afiladas, rápidas, cargadas de una ansiedad que Alaric nunca supo detectar. Un nombre empezó a repetirse con una frecuencia inquietante: Marianne.
4 de Febrero de 1765
"Marianne ha vuelto a visitarme hoy. Es tan dulce, tan atenta... Alaric dice que es una bendición tener una amiga tan leal en esta corte de víboras, y espera conocerla algún día más a fondo, pues solo ha visto su sombra en mis aposentos. Ella me trae dulces de Lyon y escucha mis temores sobre el futuro de Jeanne con una paciencia santa. A veces, sin embargo, la descubro mirándome cuando cree que estoy distraída, y su sonrisa no llega a sus ojos. Es como si estuviera estudiando mi rostro, memorizando mis gestos, analizando cómo me muevo para replicarlo. Dice que somos como hermanas. ¿Por qué, entonces, siento que me falta el aire cuando entra en la habitación?"
Alaric golpeó el costado del carruaje con el puño cerrado, recordaba el nombre. Helena le había hablado de ella, una mujer encantadora de modales impecables que se había ganado su confianza con una rapidez sospechosa.
En aquel entonces, Alaric estaba demasiado ocupado con las intrigas fronterizas y los mapas de guerra.
Marianne había sido la sombra constante de su esposa, su confidente en las horas de soledad. Pero tras el asesinato en Meudon, el nombre de Marianne se había disuelto en su memoria, sepultado por el luto y la distorsión del tiempo. Nunca sospechó de aquella mujer.
12 de Mayo de 1765
"Hoy, Marianne me ha hecho una pregunta extraña. Quería saber si Alaric guarda secretos sobre los movimientos de las tropas en la frontera. Cuando le dije que mi marido no mezcla el amor con el deber, su rostro se endureció por un segundo, revelando una frialdad que me heló la sangre, antes de volver a su máscara de ternura. Hay algo en ella que me oculta intenciones verdaderas. Siento que sus palabras son hilos de una red que se cierra sobre nosotros. He empezado a cerrar mis aposentos con llave, incluso cuando ella está cerca, pero temo que las cerraduras de Austria o Versalles no tengan secretos para ella."
El diario se sumergía en un abismo de paranoia justificada. Helena ya no solo temía a la mujer que dormía en su confianza; sentía una presencia externa, una sombra masculina que la acechaba desde los rincones del palacio.
15 de Agosto de 1765
"Él ha vuelto a enviar una carta sin firma. Huele a tabaco caro, a cuero y a un odio que no puedo comprender. Dice que yo debería haber sido suya, que Alaric no merece la joya que posee, que él es el único capaz de apreciar la verdadera nobleza de mi espíritu. Teme por mi seguridad, por Alaric, o eso dice para atormentarme, lo conoce, nos conoce.
Siento que alguien me observa desde los jardines, alguien que tiene el poder de caminar por Versalles y Austria sin ser visto, alguien que posee las llaves de los pasadizos secretos. Marianne dice que son fantasías de mi estado nervioso, que la maternidad me ha vuelto frágil, pero sé que él está cerca. Siento su deseo como una mancha sucia sobre mi piel. Temo por mi pequeña Jeanne; ella es el fruto de un amor que este hombre odia con la fuerza de un demonio. Siento que nos observa, esperando el momento exacto para desgarrar nuestra paz."
Alaric sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Recordó haber encontrado a Helena pálida y temblorosa en varias ocasiones, pero en su arrogancia masculina, pensó que se trataba de melancolía posparto. Nunca creyó que un espectro de obsesión estuviera acechando su hogar mientras él servía con fervor al trono de un Rey que, para colmo, vivía sus propias sombras.
El pensamiento de que un hombre de su propia clase, alguien que "debería ser cercano", hubiera orquestado su ruina por un deseo enfermizo, le provocó una náusea profunda.
Pasó las páginas con un frenesí desesperado, ignorando los relatos de cenas y bailes, buscando el final. El relato del viaje a Meudon estaba escrito con una caligrafía descompuesta, las letras se amontonaban unas sobre otras como si el papel mismo estuviera gritando de dolor.
20 de Septiembre de 1765 —
"Nos han tendido una trampa, Los jinetes han rodeado el carruaje y el acero brilla bajo la luna. He visto la mentira desde los ojos de mi ejecutor... un hombre que debería ser familia, pero que es un monstruo de obsesión. Su mirada es la misma de las cartas, cargada de un triunfo oscuro. Temo por mi Alaric, a quien han alejado con mentiras y órdenes falsas, y se han llevado a Jeanne... él se la llevó de mi regazo, la ha arrancado de mis brazos para entregarla al olvido o a algo peor. Mi sangre se derrama sobre la seda, pero mi alma ya se ha ido tras ella."
Alaric contuvo el aliento, sintiendo que el corazón le estallaba. Sus ojos recorrieron la última línea, donde la tinta se mezclaba con manchas escarlatas que habían traspasado las fibras del papel hasta quedar grabadas en el cuero de la contraportada.
"Conozco el nombre de aquella que me engañó, la que abrió la puerta de mi carruaje a los lobos. Engañó a todos, fingió ser mi sombra para ser mi verdugo. Su nombre no es Marianne, es... Madeleine."
La palabra "Madeleine" terminaba en un trazo largo, descendente y trágico, ahogado por tres gotas de sangre que habían caído directamente sobre las letras, sellando la revelación con la vida de su autora.
Alaric cerró el diario con una violencia sorda. El silencio en el carruaje se volvió insoportable, cargado con el peso de diez años de servidumbre ciega. Durante una década, había olvidado a la mujer llamada Marianne. Esa figura que apareció como un ángel de consuelo y desapareció tras la tragedia de Meudon, solo para resurgir meses después en la corte, bajo el nombre de Madeleine, escalando posiciones hasta el lecho del Rey Philippe.
Ella había sido la arquitecta. Ella había facilitado el camino para que el hombre misterioso —el ejecutor— tomara lo que deseaba. Ella había orquestado el asesinato de Helena y, posteriormente, la caída de Alexandra para consolidar su poder absoluto sobre un Rey que no era más que un títere en sus manos.
—Me usaste —rugió Alaric, y su voz no era la de un noble diplomático, sino la de un animal herido que acababa de ver los hilos de su jaula—. Te has burlado de mí en cada ocasión, maldita mujer.
Me tuviste a tu lado, me hiciste llamar "amiga" a la asesina de mi esposa.
Se miró las manos a la luz de la vela; Esas manos, las mismas que habían firmado órdenes de captura contra la "Forajida", habían estado a punto de ordenar la muerte de Jeanne. Su propia perla. Su hija, la que Helena intentó proteger con su último aliento. La culpabilidad lo golpeó como un mazo físico, una presión en el pecho que lo obligó a doblarse sobre sí mismo.
Alaric soltó un sollozo desgarrador, hundiendo el rostro en las páginas ensangrentadas del diario. El perfume residual de Helena —lavanda y una dulzura antigua— parecía emerger del papel, mezclado con el olor metálico del final.
Se sintió pequeño, estúpido, un peón en un juego de ajedrez donde el rey estaba loco y la reina era un demonio. Había perseguido a su propia sangre llamándola "rata de puerto", cuando ella era el último legado de la mujer que murió intentando advertirle.
—Te fallé, Helena —susurró al vacío de la noche, su voz quebrada por el arrepentimiento—. Te fallé a ti y a nuestra perla. Permití que el odio nublara mi vista mientras la verdad estaba escrita con tu sangre.
Pero entonces, algo cambió; El dolor, tan profundo que amenazaba con consumirlo, comenzó a cristalizarse.
El sollozo se detuvo, Alaric enderezó la espalda, y sus ojos obscurecidos recobraron una claridad gélida que no habían tenido en años; Ya no había espacio para la duda o la autocompasión.
El enemigo tenía nombre y rostro, y aunque el "Ejecutor" seguía siendo una sombra sin rostro definido, Madeleine era el puente hacia él.
—Ella sabía quién eras —dijo Alaric, refiriéndose a su esposa—. Ella vio tu rostro antes de morir, y yo voy a asegurarme de que sea lo último que veas tú antes de ir al infierno.
La determinación se apoderó de él, no podía simplemente regresar a Versalles y atacar; Madeleine tenía ojos en todas partes. Necesitaba a Jeanne.
Necesitaba el fuego de su hija y la inteligencia de Henry. Necesitaba unir las piezas de ese rompecabezas de traición antes de que Madeleine diera su siguiente paso.
—No volverás a tocarla —juró Alaric, pensando en los pesares de Jeanne—. Mañana entraré en Versalles, veré a esa mujer a los ojos y le sonreiré con la misma falsedad que ella usó con mi Helena; Pero bajo mi uniforme de plata, llevaré el acero que va a degollar su mentira.
Alaric guardó el diario en su pecho, sintiendo el frío de la seda contra su piel como una armadura.
Ya no era un siervo del Rey, ni un Duque preocupado por su honor. Era el guardián de una verdad sangrienta y un padre que acababa de recuperar su razón de ser.