El amanecer sobre Versalles no trajo claridad, sino una neblina espesa y aceitosa que parecía querer ocultar los pecados de la corona. Dentro del palacio, el aire estaba tan viciado por la paranoia que los cortesanos apenas se atrevían a respirar. El silencio era una fiera agazapada, esperando el momento de saltar sobre el cuello de quien cometiera el primer error.
Madeleine caminaba hacia la recámara del Rey con un frasco de cristal tallado oculto en el pliegue de su manga de seda negra. Su plan era tan simple como despiadado: el Rey Philippe moriría esa mañana por "causas naturales" agravadas por el pesar de la traición de su hijo.
Culparía a Henry del regicidio, alegando que el estrés de la rebelión había acabado con el débil corazón del monarca. Con el cuerpo aún caliente, ella se presentaría ante las cortes de Austria y Suiza como la viuda agraviada que buscaba orden, legitimando así la intervención de los mercenarios extranjeros para "limpiar" Francia de los asesinos de su esposo.
Pero al abrir las pesadas puertas de roble, el corazón se le detuvo en seco.
La cama real estaba vacía. Las sábanas de lino, aún con la impronta del cuerpo enfermo, eran el único rastro de que el Rey había estado allí. No había guardias de corps, no había médicos de cámara.
Solo una ventana abierta de par en par por la que entraba el aire gélido del invierno, agitando las cortinas de terciopelo como fantasmas.
—¡Guardias! —el grito de Madeleine no fue un alarido, sino un siseo cargado de un veneno que heló la sangre de los sirvientes en el pasillo—. ¡¿Dónde está el Rey?!
El Conde Volkov entró en la estancia con la mano en el pomo de su sable, seguido de dos mercenarios del Norte cuyas armaduras oscuras contrastaban con el lujo del dormitorio.
Al ver la alcoba desierta, la expresión del ruso se volvió de piedra.
—Majestad, los centinelas de la puerta del jardín fueron encontrados sedados. No hubo lucha —informó Volkov con voz ronca—. Alguien que conoce los horarios y los pasadizos lo sacó en mitad de la noche.
Madeleine estrelló el frasco de veneno contra el suelo. El líquido incoloro se mezcló con los fragmentos de cristal, brillando como diamantes rotos bajo la luz de las velas.
—¡Alaric! —rugió ella, y su rostro, usualmente pálido y perfecto, se deformó por una mueca de locura—. Fue ese maldito Duque. Sin el cuerpo del Rey para exhibirlo como mártir, no tengo forma de acusar a Henry de regicidio. ¡Si no encuentran a Philippe, mi cabeza será la que ruede por las escaleras de Versalles!, no le pago para que me presenté excusas y dudo que se forjaran la fama con resultados tan nefastos como estos, !Haga algo¡ porque si yo caigo, usted cae conmigo.
La Reina estaba en una encrucijada mortal. Si admitía que el Rey había desaparecido, perdía su autoridad; si lo ocultaba, le daba a Henry el tiempo necesario para presentarlo ante el pueblo como la prueba viviente de la tiranía y el abandono al que Madeleine lo había sometido.
Lejos de la furia de la corte, en la casa de seguridad de la resistencia que olía a madera vieja y hierbas medicinales, el tiempo parecía haberse detenido. Marco, el capitán de la guardia de Henry y noble de linaje guerrero, finalmente había vencido a la fiebre. Aunque era un hombre de grandes posesiones y riqueza en su natal Flandes, en este rincón olvidado de París no era más que un soldado recuperando su fuerza.
Josephine entró en la estancia con una bandeja de ungüentos frescos. Al verlo de pie junto a la ventana, no pudo evitar que se le cayera el lienzo que llevaba en la mano. Marco era una visión imponente: su cuerpo fornido, de hombros anchos y piel bronceada por años de campañas militares, estaba ahora marcado no solo por las batallas, sino por las cicatrices de la tortura que los hombres de Madeleine le habían infligido; Surcos violáceos y marcas de fuego cruzaban su torso, un mapa de dolor que hablaba de su lealtad inquebrantable a Henry.
Sus ojos verdes, vibrantes y llenos de una vitalidad recuperada, se fijaron en ella. Josephine, con su cabello rubio cayendo en cascada sobre sus hombros y sus ojos grises como el cielo antes de una tormenta, intentó retroceder, presa de esa reticencia crónica a que alguien pudiera ver lo que ella escondía tras su belleza.
Marco no pidió permiso, no esta vez, no cuando estaban a unos cuantos pasos de su juicio con la muerte. Dio dos pasos largos, ignorando el pinchazo de dolor en su costado, y la rodeó con sus brazos.
La atrajo hacia su pecho desnudo con una firmeza que no admitía réplicas, pero con una ternura que desarmó a Josephine en el acto.
—No... Marco, no puedes, tus heridas —susurró ella, aunque sus manos se aferraron instintivamente a la espalda de él—. Que haces, por favor, mereces más, yo soy una mujer rota, estoy marcada por cosas que no podrías entender.
Marco se separó apenas unos centímetros para obligarla a mirarlo. Sus ojos verdes brillaban con una determinación absoluta.
—¿Rota? —preguntó él con voz ronca—. Todos lo estamos, Henry, Jeanne, el Duque, mira mi cuerpo, Josephine.
Mira lo que me hicieron en las mazmorras de esa mujer. Hay marcas que nunca se irán, cicatrices que cuentan historias de sombra, no veo ninguna diferencia entre tú y yo, salvo que tú eres el ángel que me ayudó a sanar y se que juntos, no hay herida que no podamos cerrar.
Él metió la mano en el pequeño saco de cuero que guardaba junto a su cama y sacó un anillo de oro macizo, sencillo pero elegante.
—Es de mi madre, es lo único de valor que tengo conmigo en este infierno, no poseo mis tierras ahora, ni mis títulos significan nada aquí, pero este anillo es una promesa. Te haré mi esposa, Josephine, te daré mi nombre, mi hogar y cada latido de este corazón que tú misma me devolviste.
Josephine, conmovida por la entrega de aquel hombre que lo tenía todo y se sentía nada sin ella, rompió a llorar en silencio. Sus ojos grises se empañaron de una gratitud que no cabía en su pecho, sabia que cada minuto era un obsequio la guerra era un jugador cruel en la vida de la gente, todos esas semanas cuidando a Marco y a tantos más heridos por la acaricia de Madeleine eran prueba de eso, asi se puso de puntillas y lo besó en los labios, un beso largo que significaba la rendición de sus miedos y el inicio de su propia sanación.
Mientras tanto, en los límites de Francia, el aire vibraba con el sonido del metal chocando contra el metal. El Duque Alaric, montado sobre su semental n***o, observaba las filas de mercenarios extranjeros que el Conde Volkov había desplegado.
A su lado, la Condesa de Vaugirard mantenía la mirada fija en el horizonte.
Sabían que la soberanía de Francia colgaba de un hilo. Si los extranjeros daban un paso más hacia el interior, si disparaban contra un solo aldeano francés, la neutralidad de Austria y Suiza se rompería, y Francia se convertiría en el campo de batalla de toda Europa.
—Mis espías dicen que los refuerzos de Suiza ya están en posición —informó la Condesa—. Y los nobles del norte vienen con Henry.
Alaric asintió, su rostro severo iluminado por las fogatas del campamento.
—Madeleine cree que puede vender nuestro suelo para salvar su corona. No entiende que el pueblo de Francia prefiere arder con su Rey legítimo que vivir bajo la bota de un invasor. Si un solo mercenario cruza el río, daremos la orden de carga.
En el refugio subterráneo, Henry y Jeanne se preparaban para la siguiente fase. Henry, con sus ojos azules reflejando el fuego de las antorchas, ajustaba su jubón n***o. A su lado, Jeanne lucía letal; sus ojos azul violáceos, heredados de una estirpe que ella apenas empezaba a comprender, brillaban con una intensidad febril.
Acompañados por Julieth, cuya cabellera pelirroja era como una llama en la oscuridad y cuyos ojos vigilaban cada rincón, y por Antonio Casablanca, quien mantenía a sus hijos a salvo en la retaguardia, el grupo sabía que el golpe final estaba cerca.
—Ya no hay vuelta atrás —dijo Henry, mirando a Jeanne—. Mi padre está a salvo con Alaric. Madeleine está acorralada. Ahora, solo queda mostrarle a París quién es el verdadero heredero del sol.
Jeanne le tomó la mano, sus dedos entrelazados como raíces, unidos en un solo destino.
—Ella cree que tiene un ejército. Nosotros tenemos una ciudad. Que empiece la función, amor mio.