El amanecer sobre Versalles no trajo claridad, sino una neblina espesa y aceitosa que parecía querer ocultar los pecados de la corona. Dentro del palacio, el aire estaba tan viciado por la paranoia que los cortesanos apenas se atrevían a respirar. El silencio era una fiera agazapada, esperando el momento de saltar sobre el cuello de quien cometiera el primer error. Madeleine caminaba hacia la recámara del Rey con un frasco de cristal tallado oculto en el pliegue de su manga de seda negra. Su plan era tan simple como despiadado: el Rey Philippe moriría esa mañana por "causas naturales" agravadas por el pesar de la traición de su hijo. Culparía a Henry del regicidio, alegando que el estrés de la rebelión había acabado con el débil corazón del monarca. Con el cuerpo aún caliente, ella se

