El aire en la bodega de sal se había vuelto pesado, cargado con el olor de la cera quemada y el eco de confesiones que pesaban más que el plomo. Alaric Von Edelstein permanecía en el centro de la sala, su figura aristocrática desentonando con las paredes húmedas, pero su mirada ya no era la de un verdugo, sino la de un hombre que acababa de despertar de una pesadilla de una década entera. Antonio de Casablanca se adelantó desde las sombras del fondo. El maestro de esgrima, siempre rudo y directo, sostenía algo envuelto en un trozo de cuero viejo y curtido. Sus ojos se encontraron con los de Alaric por un breve segundo, un reconocimiento silencioso entre dos guerreros que habían vivido en mundos opuestos pero bajo el mismo cielo de injusticia. —Si vamos a hablar de la verdad —dijo Anton

