POV: Jeanne
[Faltan 7 días para la firma del contrato]
El espejo de mi recámara no era un aliado, sino un juez implacable. Me devolvía la imagen de una desconocida, una mujer construida pieza a pieza a base de engaños, seda y encajes que costaban más de lo que yo había robado en toda mi vida.
El vestido de satén color carmín, profundo y denso como la sangre arterial, se ceñía a mi cuerpo con una precisión que me hacía sentir prisionera de mi propia belleza. Los encajes negros que subían por mi cuello ocultaban el pulso errático de mi yugular, pero nada podía ocultar el fuego que todavía ardía en mi piel por el recuerdo del contacto de Henry en la biblioteca.
Siete días. El número martilleaba en mi cabeza con el ritmo de un tambor de ejecución. Ese era el tiempo que me quedaba antes de que la "Cláusula de Sangre" me obligara a entregar lo último que me pertenecía. Me sentía como un animal acorralado que, por primera vez, empezaba a enamorarse de los barrotes de oro de su jaula.
—La Reina Madeleine solicita su presencia en el comedor privado de la torre norte —anunció Marco, entrando sin llamar.
Su rostro, habitualmente una máscara de piedra, mostraba una palidez que me puso en alerta inmediata. Marco no era un hombre que se perturbara fácilmente; si él estaba inquieto, Versalles estaba a punto de colapsar.
—¿Una cena privada a estas horas? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara mientras ajustaba un pendiente de diamante. Pesaba tanto que sentía que tiraba de mi lóbulo hacia el suelo, una carga física para una mentira moral.
—Es una cena íntima, Johanna. Solo la Reina, el conde Paulo, el Príncipe... y un invitado especial. Alguien que la Reina ha traído para "esclarecer" los hechos del bosque. —Marco se acercó, bajando la voz hasta convertirla en un susurro gélido—. Ten cuidado.
Henry ya está allí, pero el aire huele a sangre y traición. No dejes que vean tus manos temblar.
Caminé por los pasillos de la torre norte sintiendo que las estatuas de mármol de los antepasados de Henry me observaban con desprecio pecaminoso.
Al entrar en el comedor, el ambiente me golpeó como una bofetada. Era una estancia pequeña, asfixiante, tapizada en terciopelo oscuro e iluminada por candelabros de plata cuyas velas lloraban cera caliente sobre el mantel de lino blanco.
Madeleine estaba sentada a la cabecera, luciendo una sonrisa que era una herida abierta de triunfo. Henry estaba frente a ella, recostado en su silla con esa elegancia perezosa que usaba para ocultar sus ganas de matar. Sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre su copa de vino, una señal que yo ya había aprendido a leer: Henry estaba a un segundo de perder el control.
—Ah, la Duquesa Johanna. —La voz de Madeleine era miel mezclada con hiel—. Justo a tiempo para conocer al Capitán Varga. Él es el único superviviente de la guardia que intentó proteger su carruaje.
Una fortuna que lo hayamos encontrado con vida, ¿no es así?
El mundo pareció detenerse. En la esquina de la mesa, un hombre de hombros anchos y mirada turbia me observaba. Tenía una cicatriz reciente que le cruzaba la mejilla, roja y abultada, pero sus ojos... esos ojos hundidos, amarillentos y crueles los reconocería incluso en la oscuridad más absoluta del infierno.
Era él. El Capitán que había vendido a mi banda, mis únicos amigos, a los soldados del Rey por unas cuantas monedas de oro. El hombre que había disparado la flecha que aún me hacía doler la espalda cada vez que el tiempo cambiaba. El hombre que me había herido de muerte mientras yo intentaba salvar mi vida frente a Henry.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones, pero obligué a mis músculos a obedecer. Me senté con una elegancia gélida, manteniendo la barbilla en alto. El simbolismo de la Reina era brutal: sentaba a la mesa a mi verdugo para ver si la víctima gritaba.
—Es un honor —mentí, y cada palabra sabía a ceniza de hoguera—. Siempre es reconfortante ver a alguien que sobrevivió a semejante carnicería. Pensé que el bosque no había dejado a nadie en pie.
Varga me miró fijamente. Su mirada era como un insecto recorriendo mi rostro, buscando una falla, una chispa de reconocimiento. Pero el contraste era su mayor obstáculo. Para él, yo siempre fui "el mudo", un espectro cubierto de barro y mugre, con el cabello oculto bajo un sombrero sucio y la cara tapada por una bufanda raída.
Aquí, frente a él, había una visión de luz platinada, seda carmín y diamantes. La ladrona era un fantasma de callejón; la Duquesa era una realidad que lo deslumbraba.
—La Duquesa tiene facciones... peculiares —dijo Varga, su voz sonando como grava triturada en un camino—. Aunque dudo que nos hayamos cruzado antes. Mis caminos suelen ser mucho más oscuros y sucios que los de una dama de su rango.
—El Capitán nos contaba algo fascinante —intervino Paulo, bebiendo vino con un descaro ofensivo—. Dice que entre los forajidos había un joven, un espectro mudo que manejaba el florete como si fuera una extensión de su propio brazo.
Dice que lo mató él mismo, que sintió el acero entrar en su carne, pero que el cuerpo desapareció. ¿No le resulta poético, Johanna? Un fantasma que se desvanece en el aire.
Miré a Henry. Sus ojos azules estaban clavados en mí, analizando cada milímetro de mi reacción. Él sabía. Él recordaba las cicatrices que había curado en mi espalda.
—El problema con los fantasmas, conde Paulo —respondí, clavando mis ojos violetas en los de Varga sin pestañear—, es que a veces regresan para cobrar sus deudas con intereses y los traidores suelen olvidar que el acero tiene buena memoria.
El destino suele ser irónico con aquellos que venden a los suyos por una bolsa de monedas. ¿No lo cree así, Capitán?
Varga se tensó tanto que los tendones de su cuello sobresalieron. El aire en la habitación se volvió tan espeso que costaba respirar. Madeleine arqueó una ceja, disfrutando del espectáculo como una depredadora que acaba de oler sangre fresca.
—Varga se quedará en el palacio —anunció la Reina, saboreando cada palabra—. He decidido que se encargará de la seguridad personal de la Duquesa.
Nadie mejor que un experto en "ladrones" para proteger a nuestra futura princesa hasta que firme el contrato, ¿verdad, Henry?
—Una decisión... magistral, madre —dijo Henry con una ironía que cortaba más que cualquier daga—. Nada dice "hospitalidad" como poner a un mercenario a dormir detrás de la puerta de mi prometida. Espero que el Capitán tenga el sueño ligero, porque en Versalles las sombras suelen tener dientes.
La cena continuó como una danza de cuchillos invisibles. Varga hablaba de sus hazañas mientras yo solo podía pensar en el peso de la pequeña daga que llevaba oculta en mi bota derecha.
Cada vez que él se reía, yo escuchaba el eco de los gritos de mis compañeros en el bosque, el sonido de los cuerpos cayendo sobre la hojarasca seca.
Al terminar, Henry se levantó de inmediato. No pidió permiso; simplemente me tomó del brazo y me arrastró fuera del comedor antes de que Madeleine pudiera lanzar su siguiente dardo.
Me escoltó por los pasillos en penumbra, sus pasos resonando contra el mármol con una violencia contenida.
Cuando estuvimos lo suficientemente lejos, me empujó suavemente contra una columna de mármol frío, ocultándonos tras un tapiz que representaba una cacería real.
—Es él —susurró Henry. Sus manos estaban sobre mis hombros, y podía sentir la furia vibrando en sus dedos—.
Es el hombre que te disparó esa maldita flecha por la espalda. El que te dejó esas marcas que yo mismo limpié.
—Sí —respondí, mi voz era un hilo quebrado por la rabia—. Vendió a los únicos que me trataron como a un ser humano por unas monedas. Y ahora ella lo ha puesto en mi puerta.
—Madeleine te ha puesto una soga al cuello, Jeanne —dijo él, usando mi nombre real con una urgencia que me hizo estremecer. No era "Johanna", era yo—. Ella espera que flaquees. Espera que ese animal te reconozca o que tú cometas un error impulsivo.
Henry se inclinó, apoyando su frente contra la mía. El aroma a sándalo y el calor de su cuerpo eran lo único que me impedía salir corriendo de vuelta al comedor para hundirle un tenedor en el ojo a Varga.
—Pero lo que ella no sabe —continuó Henry, su voz volviéndose oscura y posesiva— es que yo no voy a dejar que te toque. Ni él, ni nadie. Si ese hombre pone una mano sobre ti, yo mismo me encargaré de que su muerte sea tan lenta que pida clemencia a los demonios.
—Faltan seis días, Henry —le recordé, sintiendo el tic-tac de un reloj invisible—. Varga me mirará cada hora. Tarde o temprano, verá a la ladrona detrás del satén carmín. Verá mis ojos, los mismos que lo miraron con odio en el bosque.
Henry bajó la mano hasta mi cintura, atrayéndome hacia él con una fuerza que me dejó sin aliento.
—Entonces tendremos que asegurarnos de que, para cuando eso ocurra, ya seas intocable por ley. Seis días y veintitrés horas, Johanna. La próxima vez que entremos en esa alcoba para cumplir con el contrato, no será para hablar de traidores. Será para que entiendas que tu vida ahora está ligada a la mía.
Me dejó en la puerta de mi habitación, pero el frío de su ausencia fue inmediato y doloroso. Entré y cerré con llave, escuchando el eco de las botas de Varga apostándose ya en el pasillo, como un perro guardián que espera el momento de morder.
Seis días. El cronómetro de mi destino había empezado a correr, y el precio de la supervivencia ya no era solo mi virtud, sino mi propio corazón, que latía con una fuerza peligrosa por el hombre que me había prometido salvarme de mis propios fantasmas.