Capítulo 48: El Eco de las Rosas Blancas

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El valle de Saint-Denis se extendía bajo un cielo de plomo, una vasta llanura que pronto bebería la sangre de dos ejércitos. Henry, montado sobre su semental gris, observaba el despliegue de las tropas de la alianza. Era una visión que desafiaba cualquier lógica de la antigua corte: los caballeros del Conde Gerard, con sus armaduras de plata y sus estandartes de seda, compartían el barro de las trincheras con los hombres de Pierre Montague, tipos de rostros curtidos y manos callosas que portaban picas oxidadas pero voluntades de acero. Henry sabía que su liderazgo ya no dependía de su linaje, sino de su capacidad para mantener unidos esos dos mundos frente a la sombra que avanzaba desde el Este. Dentro de la tienda de mando, el silencio era tan denso que parecía opacar el sonido de los

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