El refugio de las catacumbas se había vuelto pequeño. El eco de las botas extranjeras sobre el pavimento de París se filtraba por las alcantarillas como un recordatorio de que el tiempo se agotaba. Madeleine no estaba jugando a la guerra; estaba jugando a la extinción. Mientras el grupo planeaba su siguiente movimiento, una figura emergió de las sombras de un túnel lateral que ni siquiera Antonio conocía. No venía solo; una decena de hombres con rostros curtidos y armados con mosquetes de caza lo escoltaban. Al frente caminaba Pierre Montague, el líder de la resistencia antimonárquica más radical de Francia. Un hombre que odiaba las coronas tanto como odiaba el hambre. Su sola presencia hizo que Iñigo pusiera la mano sobre su espada. —He pasado casi veinte años intentando quemar Versa

