El refugio de las catacumbas se había vuelto pequeño. El eco de las botas extranjeras sobre el pavimento de París se filtraba por las alcantarillas como un recordatorio de que el tiempo se agotaba. Madeleine no estaba jugando a la guerra; estaba jugando a la extinción.
Mientras el grupo planeaba su siguiente movimiento, una figura emergió de las sombras de un túnel lateral que ni siquiera Antonio conocía. No venía solo; una decena de hombres con rostros curtidos y armados con mosquetes de caza lo escoltaban.
Al frente caminaba Pierre Montague, el líder de la resistencia antimonárquica más radical de Francia. Un hombre que odiaba las coronas tanto como odiaba el hambre.
Su sola presencia hizo que Iñigo pusiera la mano sobre su espada.
—He pasado casi veinte años intentando quemar Versalles con mis propias manos —dijo Montague, su voz era como el crujido de la madera seca—. He visto a muchos nobles hablar de libertad mientras se limpian la boca con servilletas de seda bordada con la sangre de su gente.
Pero hoy, en la Plaza de la Concordia, vi algo distinto. Se detuvo frente a Henry, ignorando el protocolo; Sus ojos escudriñaron los del joven príncipe.
—Vi fuego, muchacho. No el fuego de la vanidad, sino un incendio dispuesto a devorar la podredumbre de este reino, aunque tú mismo te quemes en el proceso; Por eso estoy aquí.
Montague extendió sus manos callosas, llenas de cicatrices de trabajo y pólvora.
—Te ofrezco mis manos, mis armas y a mi gente. Mis hombres conocen cada rincón de esta ciudad que los mercenarios extranjeros aún no pueden pronunciar; Pero tengo un precio.
Henry sostuvo la mirada, firme. —Dilo.
—Cuando recuperes ese trono que te pertenece por sangre, no lo hagas para mirar desde arriba. Si te olvidas del pueblo que hoy sangra por ti, yo mismo seré el que levante la guillotina —sentenció Montague—. Júrame que serás el Rey de los desamparados, o moriremos aquí mismo como enemigos.
Henry asintió con una solemnidad que le otorgó diez años de madurez en un segundo.
—No busco un trono para sentarme, Pierre. Busco una herramienta para reconstruir. Lo juro por mi vida...
Mientras la alianza se sellaba, un mensajero exhausto, con el emblema de la casa del Duque Alaric oculto bajo el forro de su bota, entregó un trozo de papel a Jeanne.
Ella lo leyó rápidamente, y su expresión cambió de la alerta a una chispa de esperanza estratégica.
—Es de mi padre —dijo Jeanne, mirando a Henry y a Pierre—. Alaric no se ha quedado de brazos cruzados. Dice que la noticia de tu supervivencia ha corrido como pólvora por las cortes europeas.
Suiza y Austria están movilizando tropas hacia la frontera; no por amor a ti, sino porque temen que la alianza de Madeleine con los mercenarios del Norte desequilibre el continente.
Además, los señores del norte de Francia, leales a tu padre, están bajando hacia París.
—Tenemos ayuda exterior, pero no llegará a tiempo si los suministros de los invasores siguen fluyendo —intervino Montague, señalando un mapa—. Tienen un almacén improvisado en el antiguo arsenal de San Antonio.
Si eso vuela, los mercenarios no tendrán pólvora para resistir el sitio que viene.
Henry supo que este no era un trabajo para soldados, sino para sombras. A pesar de las protestas de Jeanne, él insistió en ir.
Necesitaba que el pueblo viera que su príncipe no solo sabía dar discursos, sino que estaba dispuesto a mancharse las manos.
La infiltración fue un baile al borde del abismo. Henry, Jeanne y Julieth se movieron por los tejados, evitando las patrullas de los "Cazadores de la Estepa". La ciudad bajo ellos era un cementerio viviente; el silencio solo era interrumpido por el llanto de algún niño o el grito de un guardia.
Al llegar al arsenal, Henry utilizó las lecciones de sigilo que Jeanne le había enseñado en sus días de forajido. Se deslizó por un conducto de ventilación, sintiendo el frío del metal contra su pecho.
Dentro, el olor a salitre y azufre era embriagador. Vio cientos de barriles de pólvora apilados, suficientes para reducir medio París a cenizas.
Con manos temblorosas pero decididas, Henry comenzó a colocar las mechas que Julieth le había preparado. Cada segundo que pasaba, el riesgo de ser descubierto aumentaba de repente, el sonido de una llave girando en la cerradura principal lo obligó a esconderse tras una pila de cajas.
Un capitán extranjero entró, hablando en ese dialecto áspero que mencionaba la carta de Madeleine. Henry contuvo la respiración, con la daga de Jeanne apretada en su mano.
Por primera vez, no sintió miedo, sino una furia helada, no estaba robando para sí mismo; estaba saboteando al monstruo que quería devorar su hogar.
Henry logró encender la mecha principal y salir justo a tiempo por una ventana lateral hacia los brazos de Jeanne, que lo esperaba en el callejón.
—¡Corre! —gritó ella.
El estallido no fue un solo trueno, sino una serie de explosiones en cadena que iluminaron el cielo de París con un naranja furioso. El arsenal de San Antonio se convirtió en una pira que pudo verse desde los balcones de Versalles.
Desde su refugio, Pierre Montague observó el hongo de fuego y sonrió por primera vez en años. Henry, jadeando y con el rostro n***o por el hollín, miró a Jeanne.
—Ya no hay vuelta atrás —dijo Henry.
—Nunca la hubo —respondió ella, limpiándole la cara con su propia capa—.
Pero ahora, Madeleine sabe que el fuego que ella misma encendió ha empezado a quemar su propio jardín.
Mientras el arsenal ardía, un jinete solitario llegaba a las puertas de París portando un estandarte que no era de la Reina, ni de los rebeldes.
Era el estandarte personal de Alaric, pero venía escoltando a alguien que nadie esperaba: un embajador de Austria con un ultimátum que cambiaría las reglas del juego. Madeleine, al ver el resplandor de la explosión desde su ventana, comprendió que su última carta —la alianza extranjera— acababa de volverse contra ella.
La guerra civil francesa estaba a punto de convertirse en un conflicto europeo, y su cuello sentía el filo invisible de la guillotina acercarse.