Capítulo 4: La Seda tiene un precio

1250 Words
POV: Jeanne —¿Mentira? ¿A qué mentira se refiere, Alteza? El corazón de Jeanne dio un vuelco violento contra sus costillas. Por un instante, el aire se volvió gélido y la seguridad que había mostrado frente a la Reina Madeleine se evaporó. Estaba convencida de que Henry acababa de pronunciar su sentencia de muerte, que detrás de esa sonrisa perfecta se escondía el verdugo. Sin embargo, Henry no llamó a los guardias. En su lugar, soltó una risa baja, una vibración que Jeanne sintió contra su propio pecho debido a la cercanía de sus cuerpos. Sus ojos azules brillaron con una mezcla de sorna y una coquetería tan descarada que ella sintió el calor subir por su cuello. —Ya sabes, preciosa... la mentira de que no nos conocemos —susurró él, acortando la distancia hasta que la punta de su nariz rozó la de ella—. Seguramente dejé plantada a la hija del Marqués por ti. De lo contrario, ¿por qué tendrías la ropa de su ajuar? Jeanne abrió la boca para protestar, pero Henry le puso un dedo sobre los labios, sellando cualquier excusa. Sus ojos descendieron con una lentitud pecaminosa hacia el escote del camisón. —Además —continuó él, bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo peligroso—, estoy seguro de que estábamos mucho más ocupados dentro de ese carruaje de lo que mi memoria registra. Si no fuera así... ¿por qué traías el vestido desabrochado cuando Marco te encontró? Jeanne sintió un escalofrío. El vestido. En su prisa por ocultar las cicatrices y la herida de la flecha, no había podido cerrar los corchetes de la espalda. Henry lo había notado, y ahora estaba usando esa vulnerabilidad para tejer una red de la que ella no podía escapar. Él no le estaba ofreciendo la libertad; le estaba ofreciendo un lugar en su cama a cambio de su vida. Antes de que pudiera responder, el sonido de varios golpes secos en la puerta de roble interrumpió la asfixiante intimidad. —Alteza, las modistas enviadas por la Reina Madeleine han llegado —anunció la voz de Marco desde el otro lado—. Traen las sedas y las medidas para la nueva presentación de la Duquesa Johanna. Henry se separó de ella apenas unos centímetros, lo justo para permitirle respirar, pero su mano permaneció firme en su cadera. —Adelante —ordenó con voz potente. Un pequeño ejército de mujeres vestidas de n***o, cargadas con rollos de tela, cintas métricas y cajas de costura, entró en la habitación. Al frente iba una mujer mayor de aspecto severo que observó a Jeanne con desaprobación. Tras ellas, dos criados trajeron un biombo de seda pintada para crear un área de vestuario. —Debemos tomar las medidas de la señorita de inmediato —dijo la jefa de modistas—. La Reina desea que el primer vestido esté listo para la cena de esta noche. Jeanne intentó levantarse, pero el dolor en su espalda la hizo soltar un siseo de dolor. La herida de la flecha, fresca y apenas curada, oculta bajo el lino, protestó ante el movimiento. —Puedo hacerlo sola —dijo Jeanne, tratando de sonar firme mientras el pánico crecía. Si esas mujeres le quitaban el camisón, verían la herida abierta y, peor aún, los estigmas de los latigazos. —Tonterías —intervino Henry, levantándose de la cama con una agilidad sorprendente para alguien que fingía un mareo hace un momento—. Mi prometida está débil. Yo mismo ayudaré a sostenerla mientras ustedes hacen su trabajo. —Alteza, no es decoroso que un caballero... —empezó a decir la modista, escandalizada. —En este palacio, el decoro es lo que yo decida —la cortó Henry con una frialdad absoluta que no admitía réplica. Se giró hacia Jeanne y le tendió la mano con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Vamos, Johanna. No querrás que tu futuro esposo piense que tienes secretos que esconderle, ¿verdad?. Jeanne tomó su mano, sintiendo que caminaba hacia una trampa. Marco, que permanecía junto a la puerta, observaba la escena con una ceja alzada, consciente de que Henry estaba llevando el juego al límite de lo tolerable. Detrás del biombo, la luz de la mañana se filtraba suavemente. Las modistas comenzaron a desatar las cintas del camisón de Jeanne. Ella apretó los dientes, sintiendo cómo el frío del aire golpeaba su piel. Henry se colocó detrás de ella, supuestamente para sostenerla por los hombros, pero sus manos eran pesadas y posesivas. Cuando el camisón resbaló hasta sus codos, dejando al descubierto la parte superior de su espalda, el silencio en el pequeño espacio se volvió sepulcral. Henry, que estaba justo detrás, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Ahí estaban. No eran solo las vendas manchadas de sangre de la flecha. Eran las cicatrices. Marcas blancas, antiguas, algunas profundas, que cruzaban la piel de porcelana de la mujer que él pretendía convertir en princesa. Las modistas retrocedieron un paso, ahogando exclamaciones de sorpresa. Una duquesa austriaca no debería tener la espalda marcada como una esclava de galeras. Henry reaccionó antes de que alguna pudiera hablar. Con un movimiento rápido, cubrió la espalda de Jeanne con sus propias manos grandes y cálidas, ocultando las marcas de la vista de las costureras. Su pecho se pegó a la espalda desnuda de ella, y Jeanne pudo sentir la furia contenida en la respiración del príncipe. —La Duquesa fue víctima de una crueldad inimaginable durante su cautiverio con los forajidos —dijo Henry, su voz vibrando con una autoridad que heló la sangre de las presentes—. Si una sola palabra sobre lo que han visto sale de esta habitación, me aseguraré de que sus lenguas sean lo primero que pierdan. ¿Ha quedado claro? —S-sí, Alteza —tartamudearon las mujeres, bajando la cabeza y trabajando con una rapidez febril, evitando mirar directamente la piel de Jeanne. Jeanne se quedó inmóvil, cerrando los ojos. El contacto de las manos de Henry sobre sus cicatrices era lo más íntimo y aterrador que había experimentado jamás. Él no solo la estaba protegiendo; estaba reclamando la propiedad de sus heridas. Cuando las modistas terminaron y se retiraron a toda prisa, Henry no la soltó. Esperó a que Marco cerrara la puerta principal de la habitación para girar a Jeanne hacia él. El camisón seguía a medio caer, y la tensión s****l en el aire era tan espesa que se podía cortar con un florete. Henry la tomó por la barbilla, obligándola a mirarlo. Su mirada ya no era coqueta; era oscura, cargada de una rabia que Jeanne no entendía. —¿Quién te hizo eso? —preguntó él, su voz era un susurro peligroso—. ¿Quién se atrevió a ponerle la mano encima a lo que ahora es mío? Jeanne tragó saliva, tratando de recuperar su máscara de frialdad. —El pasado es un lugar al que no quiero volver, Alteza. Usted dijo que esto era un juego. Bueno... ya ha visto mis cartas. ¿Va a seguir apostando o me va a entregar a su madrastra? Henry sonrió, pero era una sonrisa sin alegría, una promesa de algo mucho más complicado que un simple matrimonio por el bienestar de su nación. —Oh, voy a apostar todo, Johanna. Porque ahora que sé que has sobrevivido al infierno, estoy ansioso por ver cómo incendias Versalles a mi lado.
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