1. Ni que fueras un piojo
Suspiré con pesadez y me acomodé la correa de mi mochila.
Listo, así de rápido se fue mi fin de semana. ¿Por qué no, mejor no teníamos clases lunes, martes, miércoles, jueves y viernes y el sábado y el domingo sí? ¿Por qué más clases y menos diversión?
Parecía que había sido ayer cuando mis amigos dijeron que me enamorarían, pero no, fue el viernes. Quedaron en iniciar el lunes, y si soy sincera, eso me ponía los pelos de punta.
¿Por qué?
Fácil. Jamás había llamado mucho la atención porque nadie sabía que ellos eran mis mejores amigos. Y cuando vieran que los cuatro rompecorazones de la escuela me estaban coqueteando, Jane se lanzaría como fiera hacia mí. Y eso no estaba en mi lista de cosas buenas para los lunes.
Bueno, nada estaba en ella, de hecho.
¿Cuál es el problema de los lunes contra nosotros?
—¡Becky! —Escuché el sonoro grito de Isa y la vi acercarse a mí. Cuando llegó, se acomodó la mochila y pteguntó—: Oye, ¿qué tal tu fin de semana?
Suspiré, de nuevo. Isa era la única que sabía que yo era amiga de "ellos" y no podía decirle a nadie. Así que iba a ser mejor que le dijera lo del contrato de una vez, antes de que llegaran y Isa se quedara confundida, mirándonos como si nos hubiera salido un tercer ojo.
Muy confundida, sí, ya entendimos.
—¿Becky? ¿Acaso tu fin de semana no fue bueno? ¿Qué ha pasado? ¡Cuenta! —Isa me jaloneó un poco hacia los casilleros y se recargó en uno.
—Isa, yo... Tengo que decirte algo. —Bueno, eso sonó más extraño de lo que pretendía. Ella era muy sensible e inocente.
—¿Ah, sí? —alzó una ceja y entrecerró sus ojos azules en mi dirección. Era algo que hacía cuando se ponía nerviosa—. Pues, dime, adelante. —Sí, su voz también sonó algo insegura.
Y es que para ella, no era su primera vez.
Había sido dejada por tres chicos, y cuatro amigas suyas la habían abandonado y habían hablado a sus espaldas. Lo cual no tenía sentido alguno porque ella era un amor. Podías confiar siempre en ella.
Era diferente.
Así pues, la frase "tengo que decirte algo" causaba terror en la chica.
Abrí la boca para hablar pero fui interrumpida por unos grititos fresas de chicas cerca de la entrada de la escuela.
De acuerdo, los mujeriegos habían llegado.
—Bueno, yo... —empecé a tratar de contarle, intentando ignorar el hecho de que ellos se estaba acercando a mí. Pensando que si me concentraba en Isa ellos no se darían cuenta que estoy.
Qué equivocada estaba.
River paseó la mirada por el lugar y posó sus ojos en mí. Una sonrisa se ensanchó en su rostro y se acercó con normalidad, igualmente todos las estaban viendo.
Mangos.
Venía hacia acá y yo aún no le he explicado nada a Isa.
—¿Eh, Becky? ¿Sucede algo? —me preguntó ella al verme tan nerviosa.
Hundí mi cara en mis manos y sacudí la cabeza.
—Hola, preciosa. —River pasó una mano por mi cintura de una forma coqueta y me plantó un beso en la mejilla.
No pude evitar sentir cómo mis mejillas se tornaban rojas de vergüenza.
Abrí los ojos con timidez como si hubiera hecho alguna travesura y me encuentré con los ojos de Isa abiertos con sorpresa. Y no solo los de ella, los de toda la escuela también.
Nate, Levi y Dan fuminaron con la mirada a River y las chicas me querían matar con la mirada.
¿Es que estas chicas no tienen vida?
Sólo quería que me tragara la tierra.
No quería estar pasando esas vergüenzas.
—¿Adónde la llevas, River? —preguntó Dan cruzándose de brazos, cuando vio como River me encaminaba hacia otro lado.
Entonces los pares de ojos se centraron en él.
—¡Yo pensaba llevarla a tomar café! —replicó Nate, algo molesto. Eso no pudo evitar sacarme una sonrisa.
Inocente.
—No, yo iba a llevarla a desayunar. —Esa fue la voz de Levi, la cual atrajo la antención total. Sí, tiene buena voz.
Eso es normal cuando tu familia es cantante ¿no?
—Be... Rebeca viene conmigo —se corrigió y se acercó a mí para zafarme del agarre de River y sacarme de ahí.
Me sonrojé completamente y hundí mi cara en el hombro de Levi mientras salíamos.
Siempre había sido muy vergüenzuda. Por lo general, evitaba los lugares donde eso pasara. Más que nada, por esa razón, no quería que la gente supiera que ellos eran mis amigos, porque habría un escándalo.
Justo como el de ese momento.
Al ir pasando por los pasillos vi cómo las chicas murmuraban cosas cuando me veían. Odiaba eso. Odiaba que me señalaran con el dedo y hablaran de mí.
Porque cuando eso pasa no te dejan tranquila.
—Suéltame, Levi, por favor —supliqué con un hilillo de voz. Él se giró a verme y me sonrió con tranquilidad, para luego soltarme.
—Lo siento, Becky. —Levi me pasó un mechón de cabello detrás de mi oreja y me sonrió.
Esa sonrisa que suele derretir a todas las chicas.
En realidad, todos eran unos mujeriegos.
Hasta el inocente e infantil Nate.
River era el más, más, más mujeriego. Con el récord de que en una semana tuvo ocho novias.
Mujeriego nivel: Dios supremo.
De ahí seguía Dan. Él era más callado, pero cuando estaba en confianza no lo era. River le ganaba por un pelo, porque él tenía el récord de siete novias en una semana.
Ahí va Levi. Que, aunque era algo mujeriego, no era lo que más me preocupaba. De hecho, yo sentía que por él era por quien más babeaban, aunque él no les hiciera caso.
Por último, y por obviedad era Nate, siendo más inocente e infantil. Pero aun así, con un alto grado de chicas deseando que les diera un beso.
—¿Eh? —reaccioné cuando Levi pasó una mano frente mi cara, y luego sonrió con picardía.
—¿Qué? ¿Tan rápido inicias a morir mí? ¡No, Becky! Eso no tiene chiste.
Mi sonrisa se deformó automáticamente de mi rostro y aparté su brazo de mi cara con brusquedad.
—¿Qué? ¡No! Sólo estaba... Pensando.
Sí, él se creerá eso. ¿Acaso insinuas que no pienso? Ah...
Aunque era cierto, estaba explicándoles sobre los F4.
—¿Sobre qué pensabas? ¿En mí, tal vez? —Acercó su cara más a la mía y yo retrocedí un paso, con la mandíbula temblando.
—No —contesté lo más decidida posible—. Sobre todos ustedes y su ranking de mujerieguedad. —Vaya, acababa de inventar una palabra. ¿Debería sentirme orgullosa?
Sin embargo, la respuesta que Levi me dio me dejó más que impactada, más porque no creía que así fuera mi amigo. Mi mejor amigo.
—Qué pena. Pero, tranquila, después no podrás sacarme de tu cabeza, bonita.
Ni que fueras un piojo.