Mateo
La primera confrontación con la arquitecta Ríos había sido exactamente como la había anticipado, y aun así, me había dejado una extraña punzada de insatisfacción. Su energía era innegable, casi palpable, y su réplica sobre el "alma" del edificio, aunque para mí era una abstracción exasperante, había sido dicha con una convicción que me obligó a reconocer su pasión. Sin embargo, no era momento para sentimentalismos. Mi tarea era la historia, pura y sin diluir.
"Bien, Dr. Vargas", dijo ella, su voz ahora tensa, pero profesional, "si va a colaborar, le mostraré lo que ya hemos encontrado". Se giró y comenzó a caminar por el patio central, su equipo moviéndose con ella con una eficiencia que no pude evitar admirar. Me sorprendió la forma en que su presencia llenaba el espacio, a pesar de la inmensidad del patio.
La seguí, manteniendo una distancia prudente. Mis ojos, entrenados para discernir patrones y anomalías, se movían por cada rincón de la Casona. Las baldosas agrietadas del patio, el musgo que crecía en las paredes de piedra, los arcos que alguna vez fueron elegantes y ahora estaban desmoronándose. Era un lienzo de decadencia, sí, pero también un palimpsesto, cada capa un indicio de vidas pasadas.
Llegamos a una de las habitaciones laterales, oscura y llena de escombros. La luz que se filtraba por las ventanas rotas creaba un patrón de polvo danzante en el aire. "Aquí es donde planeamos iniciar la estabilización estructural", explicó Emilia, señalando una pared con una serie de grietas profundas. "El muro de adobe es inestable y hay riesgo de colapso".
Me acerqué a la pared, mis dedos trazando una de las grietas. No era una simple falla estructural. Había algo más. "Estas grietas...", comencé, mi voz más baja, analítica. "No parecen ser solo por el paso del tiempo. Algunas son demasiado... lineales".
Emilia me miró, una ceja arqueada. "Hemos realizado análisis sísmicos. La zona es propensa".
"Sísmicos, claro", asentí, "pero observe aquí". Señalé una sección donde la g****a parecía seguir una línea vertical inusual, casi deliberada. "Y mire la pátina. Esto sugiere que algunas de estas fisuras son anteriores a los grandes terremotos registrados".
Sus ojos se entrecerraron mientras se acercaba, su expresión pasando de la defensiva a la curiosidad genuina. Era un cambio que no esperaba, una g****a en su propia armadura. Se agachó, examinando la pared con la misma intensidad que yo, sus dedos delgados y fuertes palpando el yeso desprendido.
"¿Sugiere que son intencionales?", preguntó, su voz un susurro.
"Quizás no las grietas en sí, sino lo que hay detrás de ellas", respondí. "Este tipo de construcción a menudo esconde compartimentos o modificaciones hechas en diferentes épocas". Saqué una pequeña linterna de mi bolsillo y la encendí, dirigiendo el haz de luz hacia las profundidades de una g****a más ancha. La luz reveló algo que hizo que mi corazón latiera un poco más rápido. Un color diferente. Un patrón.
"Parece haber otra capa debajo de este enlucido", comenté, mi voz cargada de una emoción que rara vez permitía aflorar. "Y no es una simple capa de pintura antigua".
Emilia se enderezó, sus ojos fijos en el punto que señalaba mi linterna. "Un fresco", murmuró, casi para sí misma. "Mi abuela solía hablar de frescos ocultos en la Casona. Pensaba que eran solo historias, leyendas familiares".
"Las leyendas suelen tener un núcleo de verdad, Arquitecta", dije, sintiendo una punzada de algo parecido a la satisfacción. "Especialmente en edificios de esta antigüedad. Un fresco no es solo decoración. Es un relato, un testimonio de la época, de los gustos, de las creencias de sus habitantes".
Por primera vez, vi una sonrisa genuina en su rostro. Era una sonrisa radiante, que iluminaba sus ojos y disipaba la tensión de su expresión. Era una sonrisa que me tomó por sorpresa, una que no esperaba ver en medio de un montón de escombros y polvo. Me hizo sentir... algo. Una ligera, incómoda, pero innegable atracción.
"Entonces, Dr. Vargas", dijo ella, con un tono de voz que ahora tenía un matiz de entusiasmo, "parece que tenemos algo más que estabilizar. Tenemos que desenterrar una historia".
"Exactamente, Arquitecta", respondí, mi mirada aún fija en el fragmento de color que se asomaba por la g****a. "Y si mi intuición no me falla, esto es solo el principio. Las grietas del pasado son a menudo las puertas a sus mayores secretos".
En ese momento, la Casona del Sol ya no era solo un edificio en ruinas. Era una caja de Pandora, y ambos habíamos puesto la mano en la tapa. La tensión entre nosotros no se había disipado, pero se había transformado. Ahora no era solo un choque de voluntades, sino una chispa, una conexión incipiente forjada en el descubrimiento. Y sabía, con una certeza que me inquietaba, que esta Casona, este proyecto, y esta mujer, estaban a punto de cambiar mi mundo de una manera que mis libros de historia nunca podrían predecir.