Mateo
El frío de la noche quiteña se acentuó con la aparición de esa sombra. La sensación de que éramos observados no era una novedad en la Casona; después de todo, era un lugar cargado de historia y misterio. Pero esta vez, el presentimiento era diferente, más personal, más amenazador.
"¿Estás segura de lo que viste?", pregunté a Emilia, su mano en la mía, intentando transmitirle calma mientras mis propios sentidos estaban en alerta máxima.
"Era una persona, Mateo", dijo, su voz firme a pesar de la inquietud. "No era un animal. Y se estaba escondiendo. Fue justo después de que habláramos de Don Andrés".
La conexión era innegable. Don Andrés Márquez era un hombre poderoso, con una red de influencias que se extendía más allá de las instituciones culturales. Su interés repentino en la Casona, seguido de la aparición de una figura sospechosa en la oscuridad, no podía ser una coincidencia.
"Debemos tener cuidado", le dije, apretando su mano. "No podemos subestimar a gente como Márquez. Si perciben que la Casona tiene un valor que no es el que ellos controlan, se volverán peligrosos".
Pasamos el resto de la noche revisando los cierres de la Casona, reforzando las viejas puertas y asegurando las ventanas. Aunque el edificio era un laberinto de secretos, también era un coloso vulnerable, especialmente de noche. Mientras lo hacíamos, la conversación de Emilia sobre su tía y los "enemigos del pasado" resonaba en mi mente. La historia, en mi experiencia, rara vez se repetía de forma idéntica, pero las motivaciones humanas tendían a ser eternas.
Los días siguientes fueron una prueba de nervios. La sombra en el jardín no había regresado, pero la sensación de vigilancia permanecía. Mientras Emilia se concentraba en afinar la propuesta para el centro de interpretación, yo me dediqué a investigar a Don Andrés Márquez y su Fundación Cultural del Nuevo Mundo. Mis contactos en el ámbito académico y archivístico eran extensos, y no tardé en encontrar algunas inconsistencias.
Resultó que la Fundación de Márquez había estado adquiriendo propiedades históricas en el centro de Quito, supuestamente para "preservarlas". Sin embargo, muchos de esos edificios terminaban siendo transformados en hoteles boutique de lujo o restaurantes exclusivos, despojados de su autenticidad histórica y convertidos en meros escenarios para el turismo de élite. Su "preservación" era, en realidad, una gentrificación encubierta.
"Aquí está", dije a Emilia una tarde, mostrándole un expediente que había reunido. "El patrón es claro. Márquez no quiere proteger el patrimonio; quiere monetizarlo. La Casona del Sol, con su ubicación privilegiada y su reciente atención mediática, es un objetivo perfecto para él".
Emilia leyó los documentos, su rostro ensombrecido. "Y los 'recursos inigualables' de los que hablaba... significan que tiene el dinero y la influencia para hacer lo que quiera".
"No si nosotros lo impedimos", respondí, mi voz llena de una determinación que me sorprendió a mí mismo. Antes, mi compromiso con la historia era intelectual. Ahora, se había vuelto personal. La Casona ya no era solo un objeto de estudio; era un ser vivo que necesitábamos defender. Y Emilia, con su pasión y su conexión con el lugar, se había convertido en el corazón de esa defensa.
Decidimos que nuestra estrategia debía ser doble: por un lado, continuar fortaleciendo nuestras alianzas con la comunidad indígena y otras instituciones genuinamente interesadas en la preservación; por otro, exponer las verdaderas intenciones de Don Andrés Márquez. No podíamos permitir que la historia de la Casona, con su mensaje de unión cultural, fuera distorsionada.
Mientras trazábamos los planes, el teléfono de la oficina improvisada sonó. Era un número desconocido. Dudé en responder, pero Emilia me hizo una señal con la cabeza.
"¿Sí?", contesté.
Una voz distorsionada y ronca habló al otro lado de la línea. "Dr. Vargas. Veo que se está metiendo en asuntos que no le corresponden. La historia, a veces, es mejor dejarla enterrada. Especialmente cuando hay intereses más grandes en juego".
Colgué el teléfono, mi corazón latiendo con fuerza. Era una amenaza velada, pero clara. Don Andrés Márquez no era un adversario que se tomara a la ligera.
Miré a Emilia, sus ojos grandes y llenos de preocupación. "Parece que no quieren que hablemos, Mateo", dijo, su voz apenas un susurro.
"Pero es precisamente por eso que debemos hacerlo", respondí, mi mandíbula apretada. "La verdad es nuestra mejor arma, Emilia. Y la Casona, con todas sus voces ancestrales, tiene mucha verdad que revelar".
Sentí un escalofrío. La Casona del Sol no solo era un lugar de descubrimientos fascinantes, sino también un campo de batalla donde el pasado y el futuro, la codicia y la preservación, se encontraban. Y en medio de esa batalla, nuestra propia historia, la de Emilia y mía, se estaba tejiendo, más fuerte y más resiliente con cada desafío. Estábamos unidos por la Casona, por sus secretos, y ahora, por la necesidad de protegerla de las sombras que buscaban apagar su luz.