VERDADES QUE ARDEN

1457 Words
La noche cae sobre la ciudad como un secreto que no quería ser guardado. Sofía estaba de pie en su apartamento, mirándose en el espejo del baño. Su reflejo le devolvía la mirada de alguien que no reconocía: ojos que brillaban peligrosamente, labios aún hinchados de los besos de Adrián, cicatrices emocionales que parecían menos profundas bajo la luz cálida. Miranda irrumpió sin golpear con una botella de vino en una mano y una expresión que gritaba necesitamos hablar. —¿Dónde estuviste toda la noche? —preguntó, sin preámbulos. Miranda nunca lo hacía. Era como un fuego que no necesitaba introducción—. Porque vi videos. Videos de ti siendo devorada por un hombre en la pista de baile, y después simplemente... desapareciste. Sofía se ajustó el vestido n***o que había elegido para la cena. Era peligroso, seductivo, el tipo de vestido que hacía promesas que sus labios después corroboraban. —Pasé la noche con Adrián. Miranda parpadeó. Luego sonrió, una sonrisa que era puro fuego contenido. —¿Así que ese es su nombre? El CEO de hierro que hizo que Lucas Rivera se volviera blanco como un fantasma. Cariño, eso que hiciste anoche fue la cosa más valiente o la más estúpida que te he visto hacer en años. —Probablemente ambas —respondió Sofía, aunque sus manos temblaban mientras recogía sus cosas. —¿Y ahora? ¿Ahora qué pasará con el hombre que supuestamente "no puedes vivir sin"? —Miranda hizo las comillas con los dedos, pero su tono no era de burla. Era protector—. Sofía, Lucas intentó localizarme tres veces hoy. Dijo que necesitaba hablar contigo. Dijo que lo que vio anoche fue un error temporal, una reacción emocional, que tú necesitabas "encontrar tu camino de vuelta". Sofía sintió que la rabia subía por su garganta como fuego. —¿Encontrar mi camino de vuelta a qué? ¿A diez años de mentiras? ¿A un hombre que me besó durante mi inocencia y luego dejó que me quemara sola? —Exacto. —Miranda se sentó en la cama, agarrando la botella de vino que abrió con agilidad—. Por eso necesitas saber algo sobre Adrián Cortés. Algo que probablemente él aún no te ha contado. Sofía se congeló. Algo en el tono de Miranda había cambiado. Algo que sonaba como miedo. —¿Qué? —Su padre. Vicente Cortés. Hace quince años fue encarcelado por fraude. Destruyó negocios, Sofía. Arruinó vidas. —Miranda tomó un sorbo de vino directamente de la botella—. Incluyendo la de tu padre. Fue una de esas historias que desapareció de las noticias porque alguien tenía suficiente poder para hacerla desaparecer. El mundo de Sofía se detuvo. Se congeló. Se quemó desde adentro hacia afuera. —Eso no es... —empezó, pero las palabras murieron en su garganta. —Sofía, tu padre perdió todo. Su empresa, su reputación. Y después de eso... —Miranda hizo una pausa deliberada—. Después de eso, simplemente se fue. Tu madre dijo que se suicidó, porque no podía vivir con la vergüenza de lo que ocurrió. Sofía se desplomó. Sus piernas simplemente cedieron, como si su cuerpo supiera la verdad antes de que su mente pudiera procesarla. Su padre. Muerto. No por depresión, sino por humillación. Por dinero. Por un hombre que se suponía debería haber pagado, y en cambio simplemente... desapareció. —¿Cómo sabes esto? —preguntó, aunque temía la respuesta. —Porque sigo a Adrián Cortés en cada plataforma, cada noticias, cada transacción que hace. Y hace tres años, encontré un artículo sobre su padre en una base de datos antigua. Luego conecté los puntos. Tu padre era Alonso Torres, ¿no? Sofía no pudo responder. Simplemente se quedó allí, temblando. —¿Y Adrián lo sabe? —preguntó finalmente. —Eso es lo que me asusta. Que lo sepa y aún así... —Miranda se levantó, caminando hacia Sofía—. Aún así, anoche no se alejó de ti. Aún así, esta noche te está llevando a una cena. Como si tuviera un plan. Cuando el timbre sonó, ambas se sobresaltaron. Miranda abrió la puerta para encontrar a Adrián de pie bajo el dintel, con un ramo de orquídeas negras —las flores más hermosas y perturbadoras que Sofía había visto jamás— y un traje que costaba más que el salario mensual de Sofía. —Buenas noches, Miranda —dijo Adrián, como si ya la conociera. Como si supiera exactamente quién era—. Sofía está lista, ¿verdad? Miranda miró a Sofía, sus ojos hacían preguntas que sus labios no podían formular en voz alta. —Voy por mi abrigo —dijo Sofía, pero cuando pasó junto a Adrián, su mano capturó la suya. El contacto quemaba. El restaurante era privado. De esos lugares donde el dinero era tan normal que ni siquiera necesitaba demostración. Adrián la guió a una mesa en la esquina, lejos de ojos indiscretos. Cuando las copas de vino fueron servidas, Sofía notó que él no bebía. Solo miraba. —¿Qué te dijo Miranda? —preguntó sin preámbulos. Sofía sintió que su mundo se tambaleaba. —¿Cómo sabes que...? —Porque conozco a las amigas como Miranda. Protectoras. Leales. Y porque hace diez minutos, mis propios investigadores me informaron que tu mejor amiga estaba haciendo búsquedas sobre mi padre. —se inclinó hacia adelante—. Así que repito: ¿Qué te dijo? Sofía pensó en mentir. Pensó en protegerse a sí misma de la verdad que sabía que llegaría, pero cuando miró los ojos de Adrián, vio dolor. Verdadero, profundo, devastador dolor. —Me dijo que tu padre arruinó a mi familia. Que el mío murió porque... porque no podía vivir con lo que sucedió. Adrián cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, había dolor en ellos. —¿Es eso todo lo que te dijo? —¿Hay más? —preguntó Sofía, sintiendo como el fuego se encendía dentro de ella. Adrián extendió su mano sobre la mesa, sus dedos se rozaron con los de ella, esperando que ella decidiera si lo aceptaba o lo rechazaba. —Sí. Hay más. Mucho más. Y antes de que te cuente cada palabra, cada verdad podrida que guardé, necesito que sepas una cosa: no sabía quién eras en el bar. No hasta hace tres horas, cuando busqué tu nombre. Cuando vi tu apellido conectado con el de tu padre y todo encajó... Sofía retiró su mano como si quemara. —¿Y aún así viniste? ¿Aún así me tocaste? ¿Aún así me besaste sabiendo la verdad? —Sí. —su voz era puro acero—. Porque lo único que sabía era que no podía dejarte ir. Que eras mía desde el momento en que vi la forma en que ardías, en que temblabas. Y Sofía, eso me aterroriza porque sé exactamente qué se supone que debería ser yo para ti: una advertencia. Una razón para huir. Las palabras cayeron entre ellos como cuchillos. —¿Qué tipo de verdad me escondes? —preguntó ella. Adrián se levantó. Sofía pensó que se iría, pero en su lugar, pagó la cuenta con un gesto y la tomó de la mano. —Una que no puedo contarte en un restaurante. Una que necesita lluvia y tormenta y el riesgo de que el mundo entero nos vea arder. —Sus ojos encontraron los de ella—. ¿Vienes conmigo? Sofía sabía que debería decir no. Sabía que debería levantarse, abandonarlo, proteger lo que quedaba de su corazón. Pero cuando se puso de pie y sus dedos se entrelazaron con los suyos, supo que ya no había punto de retorno. En el taxi, entre el silencio sofocante y el sonido de la lluvia contra las ventanas, Adrián finalmente habló. —Tu padre no se suicidó por sentir culpa, Sofía. Se suicidó porque descubrió algo que no debería haber descubierto. Algo sobre dinero, sobre poder, sobre las personas que estaban realmente detrás de todo. Y cuando intentó exponer la verdad... —Se detuvo y sus manos se apretaron—. Cuando intentó exponer la verdad, alguien lo detuvo. —¿Quién? —Sofía apenas pudo susurrar. —Eso es lo que necesito contarte. Pero primero, necesito que me digas si puedes amar a alguien incluso cuando sus manos cargan el peso de verdades que no pueden lavarse. Cuando llegaron al penthouse de Adrián, cuando él la llevó contra la ventana con la ciudad resplandeciendo debajo, cuando sus cuerpos se encontraron en la lluvia que caía afuera, Sofía comprendió una verdad devastadora: No era posible quemarse a mitad de camino. O te consumía el fuego completamente, o morías intentándolo. Y ella estaba eligiendo arder.
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