BESOS DE FUEGO

1608 Words
El bar del hotel era un infierno de luces tenues y cuerpos mojados por la lluvia que azotaba las ventanas. Sofía Torres no debería estar aquí. Debería estar en su habitación, llorando en silencio como lo había hecho durante diez años cada vez que se acordaba de Lucas Rivera. Pero no. Estaba aquí, en este bar sofocante, con un trago que sabía a veneno destilado, mirando al anillo de boda de su hermana en la fotografía que había recibido hace dos horas. La boda había sido un desastre. Un desastre hermoso, perfecto, asesino. —Otro —susurró, empujando su copa hacia el barman con los dedos temblando de una forma que no podía controlar. El barman levantó una ceja. Sofía sabía exactamente qué veía: una mujer hermosa, de cabello oscuro y ojos que ardían como fuego sin control. Hermosa en la forma que lo son los incendios justo antes de consumirlo todo. —¿Divorcio o ruptura? —preguntó el barman, sirviendo otro gin tonic que ella no había pedido. —Peor. Fantasmas. Lo dejó en la barra sin explicar más. No necesitaba explicar nada. El alcohol ya estaba haciendo su trabajo, disolviendo las defensas que había construido con tanto cuidado durante una década. Sofía se llevó la copa a los labios cuando sintió la presencia. No fue algo que viera. Fue algo que sintió. El tipo de calor que solo emite un hombre peligroso cuando entra en una habitación. Levantó la vista lentamente. Estaba de pie en la barra, a tres vasos de distancia. Traje n***o impecable. Cabello oscuro perfectamente desordenado. Ojos grises que parecían estudiar su vaso de whisky como si ese whisky fuera responsable del fin del mundo. Pero cuando esos ojos se movieron hacia ella, Sofía sintió como si acabara de entrar al fuego. —¿Es una mal noche o una mala vida? —preguntó él, y su voz era chocolate derretido sobre vidrio roto. —¿Disculpa? —Tu expresión. Dice que quieres destruir algo. Probablemente ese vaso. O probablemente ese hombre que vi besando a tu hermana hace cuatro horas en el salón de abajo. Sofía parpadeó. ¿Cómo sabía eso? ¿Quién era este tipo? —¿Me estabas observando en la boda? —preguntó, y su voz sonó como una amenaza envuelta en terciopelo. —Estaba observándote a ti. —Se movió hacia la barra, situándose junto a ella—. Cuando todos estaban mirando a los novios, yo estaba mirándote. Y cuando ese tipo te besó en la lluvia fuera del salón, todos lo vieron excepto que ni siquiera sabías que te besaba, porque estabas demasiado ocupada recordando a alguien más. Sofía sintió que la sangre se drenaba de su rostro. —¿Quién eres? Él levantó su vaso, saboreando el whisky como si fuera una confesión. —Alguien que sabe exactamente qué se ve cuando alguien está roto. Porque yo también lo estoy. —Sus ojos grises la miraron de una manera que la hizo sentir completamente desnuda—. Me llamo Adrián Cortés. El nombre no significaba nada para Sofía. Pero su presencia significaba todo. —Sofía Torres. —Extendió su mano, una acción automática, una defensa—. Y no estoy rota. Solo... soy cautelosa. Él tomó su mano. El momento en que sus pieles se tocaron, Sofía sintió una descarga eléctrica que la recorrió de pies a cabeza. No era posible sentir algo así por un extraño. Pero lo estaba sintiendo. —Mentira hermosa —murmuró Adrián, sin soltar su mano—. La gente cautelosa no viene a bares solos a las once de la noche. La gente cautelosa no bebe como si quisiera borrar a alguien del mapa. La gente cautelosa no tiene esa mirada en los ojos. —¿Qué mirada? —La de alguien que fue quemada por fuego una vez y se pregunta si debería volver a meterse en el fuego. Sofía retiró su mano como si quemara, porque SÍ quemaba. Todo en Adrián Cortés quemaba. —No necesito fuego en mi vida. Necesito... —Se detuvo, bebiendo más de su trago—. Necesito borrarme. —¿Por cuánto tiempo? —¿Qué? —¿Cuánto tiempo necesitas borrarte? ¿Una noche? ¿Una semana? —Se inclinó hacia ella, su aliento rozó su cuello—. Porque tengo una proposición que podría funcionar. Sofía debería haber dejado el bar. Debería haberse levantado y caminado de regreso a su habitación. Debería haber cerrado la puerta, metido su corazón en una caja aún más hermética, y prometido nunca volver a dejarlo respirar. En su lugar, dijo: —¿Cuál proposición? Adrián sonrió. Era la sonrisa de alguien que sabía exactamente cómo romper personas. —Que durante esta noche, finjas que soy lo único que importa. Que me mires como si no pudieras vivir sin respirar el mismo aire que yo. Que hagas que ese hombre de la boda entienda, de una maldita vez, que lo perdió. —¿Eso es todo? —No. —Sus ojos bajaron a sus labios—. Pero lo demás ocurriría después. Sofía sabía que esto era una mala idea. Lo sabía con cada célula de su cuerpo. Sabía que Adrián Cortés era fuego puro, el tipo de fuego que promete calidez y luego te consume completamente. Pero sus labios dijeron: —Dile al barman que facture la habitación a mi número. La tuya. La lluvia afuera parecía intensificarse, como si el cielo estuviera aplicándose en destruir algo. Adrián y Sofía caminaron hacia el salón de baile del hotel, donde los últimos invitados aún bailaban. Sus manos estaban entrelazadas. No sabía cuándo había sucedido, pero sus dedos estaban ahora entre los suyos, y ella no tenía intención de soltarlo. Lucas estaba de pie cerca del bar del salón, con una copa en la mano. Cuando sus ojos encontraron a Sofía, algo cambió en su expresión. El color se le subió al rostro. Sofía vio el momento exacto en que entendió: que ella había estado con otro hombre. Que ella se había besado con alguien más durante la ceremonia de su boda. Adrián la llevó a la pista de baile. La música era lenta, peligrosa, el tipo de música que hace que los cuerpos se busquen en la oscuridad. —¿Ve cómo me miras? —susurró Adrián contra su oído, mientras sus manos bajaban por su espalda—. Así es como debería besarte cualquier hombre que tenga suerte de tenerte. —Este es un juego —susurró Sofía, aunque su cuerpo se presionaba contra el suyo—. Ambos lo sabemos. —Quizás. —Sus labios rozaron su cuello, dejando un rastro de fuego—. Pero los mejores juegos son aquellos donde ambos jugadores terminan quemados. El beso llegó sin advertencia. Adrián levantó su rostro, sus ojos grises encontraron los de ella, y luego sus labios la encontraron como si hubiera estado buscándola toda su vida. El beso fue explosivo, arrasador, el tipo de beso que te rompe desde adentro hacia afuera. Sofía gimió contra su boca. No sabía que aún era capaz de sentir así. No sabía que su cuerpo aún podía responder con tanta hambre, con tanto fuego. Cuando se separaron, Adrián presionó su frente contra la de ella. —Ven conmigo —murmuró. —¿Adónde? —Arriba. A mi habitación. Quiero quemarte de formas que aún ni siquiera entiendes. Sofía debería haber dicho no. Debería haber puesto distancia entre ellos, recordado a Lucas, recordado que estaba en la boda de su hermana, recordado que los besos como ese terminaban en cicatrices. Pero cuando Adrián la tomó de la mano y la guió fuera de la pista de baile, ella lo siguió. El elevador privado del hotel los llevó a las alturas. Las puertas se cerraron, y de repente estaban solos en un espacio que olía a él: a tabaco caro, a colonia oscura, a puro peligro. —Último momento para huir —dijo Adrián con sus ojos ardiendo. Sofía, en lugar de huir, presionó sus labios contra los suyos una vez más. Las puertas del elevador se abrieron en la planta baja de la suite. Adrián la empujó contra la pared más cercana, besándola como si quisiera devorarla, como si ella fuera la última cosa hermosa en el mundo. —Dime que quieres esto —gruñó contra su boca. —Te quiero —susurró Sofía, y las palabras salieron como una confesión, como un grito, como fuego encontrando su camino hacia una casa vacía. —¿Cuánto? —Así de mucho. —Tiró de su camisa y los botones se desparramaron. Adrián rió, un sonido bajo y peligroso, y luego la levantó del suelo. Las piernas de Sofía se envolvieron alrededor de su cintura. Caminó hacia la habitación y sus labios nunca dejando los suyos, como si tuviera miedo de que desapareciera si la soltaba. Cuando llegaron a la cama, Adrián la depositó lentamente, su cuerpo presionó el de ella contra el colchón de seda. —Voy a necesitar saber tu nombre completo —murmuró contra su cuello—. Para poder maldecirlo cuando esto termine. —Cuando te haga mía. Completamente. Sin reservas. Sin defensas. —Levantó su rostro para mirarla—. Porque eso es lo que voy a hacer, Sofía Torres. Voy a quemarte de formas que olvidarás por qué alguna vez tuviste miedo del fuego. Y mientras Adrián la besaba, mientras sus manos recorrían cada centímetro de su piel, Sofía comprendió una verdad peligrosa: que a veces el fuego no te destruye. A veces te reconstruye en algo completamente diferente. A veces, los besos más ardientes son los que finalmente te enseñan a vivir.
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