El despacho de Marcus era frío, austero, el tipo de lugar donde se decidían vidas sin que las emociones interfirieran. Sofía estaba sentada en una silla de cuero n***o, Adrián a su lado, sus dedos se mantenían entrelazados bajo la mesa. En la pantalla del abogado, las pruebas de ADN eran inequívocas: líneas de código genético que decían la verdad que nadie quería escuchar.
—El registro de nacimiento de Mateo es falsificado —dijo Marcus sin preámbulos, como si el mundo no acabara de colapsar—. Las fechas, los datos, todo. Lucas Rivera no es el padre biológico de este niño, ni siquiera tiene una relación sanguínea con él.
Sofía sintió que algo se quebraba en su pecho.
—¿Qué significa eso? —preguntó.
—Significa que la demanda de custodia de Lucas no tiene base legal. —Marcus cerró la carpeta—. Un hombre no puede clamar la custodia de un hijo que biológicamente no es suyo, especialmente si la madre ha... —hizo una pausa cuidadosa—. ...desaparecido del panorama.
—¿Camila desapareció?—exclamó Adrián.
—Camila tampoco es la madre biológica. Todo ha sido orquestado por Lucas, pero aún no sabemos quién es la verdadera madre, ni cuál es su paradero. Eso es lo que tenemos que descubrir. Y rápido. —Marcus se quitó los lentes—. Porque si ella reaparece, podría reclamar a Mateo. Y legalmente, tendría todo el derecho de hacerlo.
El mundo se detuvo para ambos.
Sofía no recordaba nada luego de eso, no recordaba si quiera el viaje de regreso al penthouse. Solo recordaba fragmentos como las manos de Adrián sosteniendo la suya, sus nudillos blancos, la forma en que conducía como si estuviera librando una batalla contra el tráfico, contra el tiempo, contra el destino.
Cuando entraron, Mateo estaba en el sofá con Miranda, viendo una película de dibujos animados, completamente ajeno a que su mundo estaba siendo reescrito en documentos legales en una oficina de abogados.
Sofía se quedó de pie en el umbral, observándolo. Su pequeño cabello castaño, sus ojos azules concentrados en la pantalla. La forma en que levantaba su manita pequeña a su boca cuando estaba pensando. Lo sentía tan suyo, tan profundamente suyo que la idea de perderlo se sentía como la muerte.
—¿Qué pasó? —preguntó Miranda, levantándose de inmediato. Ella había aprendido a leer el silencio entre Sofía y Adrián. El silencio que significaba malas noticias.
—Necesito que entiendas algo —dijo Sofía, sin apartar la vista de Mateo—. Lucas no está relacionado biológicamente con el niño.
Miranda abrió la boca. La cerró. Luego la abrió de nuevo.
—Dios. ¿Entonces...?
—Entonces hay una madre biológica en algún lugar. —Adrián caminó hacia la cocina como si necesitara distancia, movimiento, cualquier cosa menos estar quieto—. Y cuando aparezca, tendrá derechos. Derechos que nosotros no podemos bloquear legalmente.
—No —dijo Sofía con la voz ronca—. No vamos a permitirlo. No vamos a permitir que otro adulto venga aquí y se lo lleve. Mateo es nuestro.
—Sofía... —Adrián se giró hacia ella, y ella vio el conflicto ardiendo en sus ojos grises—. Es su madre.
—¿Su madre? —Sofía rió, pero no fue un sonido feliz—. ¿Dónde estaba su madre cuando lo abandonó en una puerta? ¿Dónde estaba su madre cuando necesitaba medicinas? ¿Dónde estaba cuando lloraba?
—Probablemente siendo controlada por Lucas. —Miranda se metió en la conversación—. Hay que descubrir quién es, y si fue obligada a abandonar a Mateo...
—Entonces necesitamos entender su situación —terminó Adrián, pero sus ojos nunca dejaron a Sofía—. No podemos juzgar a una mujer por un acto que tal vez fue impuesto.
Sofía se sintió como si fuera a explotar desde adentro, porque sabía que Adrián tenía razón, porque incluso en la furia, incluso en el terror de perder a Mateo, ella reconocía la compasión en su voz. Y la odiaba. La odiaba porque significaba que no podía simplemente quedarse con el niño. Que no podía retenerlo en una jaula hecha de amor.
—¿Qué hago? —preguntó, dirigiéndose a Miranda—. ¿Qué hago cuando aparezca? ¿Le sonrío? ¿Le doy la mano? ¿Le entrego a mi hijo como si...
Se quebró en el medio de la frase.
Adrián la alcanzó en dos pasos. La envolvió en sus brazos y su barbilla se apoyó en su cabello.
—Hacemos esto juntos —murmuró—. Lo que sea que suceda, lo hacemos juntos.
Esa noche, Sofía no durmió. Se quedó de pie junto a la cuna de Mateo durante horas, observando cómo su pequeño pecho subía y bajaba, cómo sus manitas se aferraban a la manta azul que Miranda le había dado hace una eternidad.
Escribió en su teléfono, en las notas privadas que nadie vería:
"Pequeño, si alguna vez lees esto, necesito que sepas que cada segundo que pasé contigo fue real. Fue mío. Incluso si no tenía derecho a tenerte, tenía derecho a amarte. Eso es lo que las madres hacen. Las verdaderas madres. Las que eligen quedarse cuando es difícil."
Borró el mensaje.
No podía escribir promesas que no sabía si podría mantener.
La llamada llegó a las 9:47 de la mañana siguiente.
Adrián estaba en una conferencia online con sus inversores cuando su teléfono zumbó. Miró la pantalla. Su expresión cambió en un segundo. Cortó la reunión sin disculparse.
—¿Sí? —contestó.
Sofía lo observó desde donde estaba en la cocina, preparando el desayuno de Mateo. Podía ver la tensión en su mandíbula.
—¿Dónde? —preguntó Adrián.
Una pausa.
—No toques nada. Espéranos allá.
Colgó. Se giró hacia Sofía.
—Mi abogado encontró a la madre biológica de Mateo. Y está aquí. En la ciudad. —Su voz era tranquil—. Quiere ver a su hijo.
Sofía sintió que el piso se movía.
—¿Ahora? ¿Quiere...?
—Hoy —confirmó Adrián—. Esta tarde. En una cafetería neutral, sin abogados, sin testigos. Solo nosotros y ella.
Sofía miró a Mateo, quien estaba en su silla de comer, untando la mano en la avena de una forma que debería haber sido adorable pero que en ese momento le pareció como si fuera la última comida que compartirían juntos.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó.
—Catalina —dijo Adrián, y había algo en la forma en que lo pronunció que hizo que Sofía se girara completamente—. Tiene veintiuno. Era casi una niña cuando tuvo a Mateo.
Sofía se sentó lentamente.
Catalina. Una niña. Forzada a tener un hijo. Obligada a abandarlo.
Y ahora venía por lo que era suyo.
Las 14:30 de la tarde.
La cafetería era pequeña, discreta, el tipo de lugar donde los secretos podían ser contados sin que nadie en la ciudad lo supiera. Sofía estaba nerviosa, sus dedos tamborileban contra la mesa de madera. Adrián estaba sentado frente a ella, sosteniendo a Mateo en su regazo. El pequeño dormía profundamente, ajeno a la magnitud del momento.
Cuando ella entró, Sofía lo supo inmediatamente.
No necesitaba que nadie le dijera quién era. Lo vio en la forma en que Catalina caminó hacia ellos. Lo vio en sus ojos azules —los mismos ojos azules que Mateo tenía—. Lo vio en la forma en que se detuvo a tres metros de distancia, como si cruzar ese espacio fuera demasiado.
Catalina era joven. Frágil. Había en su rostro las marcas de alguien que había visto cosas que no debería haber visto.
—Hola —susurró con voz temblorosa—. Yo... no sé cómo empezar.
—Por tu nombre —dijo Sofía, y su tono fue más agudo de lo que pretendía—. Cuéntanos tu nombre. Cuéntanos quién es la mujer que vino a reclamar a mi hijo.
—Sofía... —advirtió Adrián, pero ella levantó una mano.
—Sofía —repitió Catalina, y cuando pronunció el nombre, sonó como una oración—. Mi nombre es Catalina Bautista. Lucas era... bueno, supongo que mi pareja y Mateo... —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Mateo es mi hijo.
El mundo se detuvo nuevamente.