PUNTO DE QUIEBRE

1180 Words
El teléfono de Sofía no había dejado de sonar. Mensajes de Miranda. Llamadas de su hermana. Notificaciones de noticias que gritaban el nombre de Lucas Rivera acusado de conspiración y homicidio. El mundo entero ardía y ella estaba de pie bajo la lluvia, mojada, temblando, completamente incapaz de sentir el frío. Cuando finalmente regresó al penthouse, las manos de Adrián estaban donde las había imaginado: sobre su rostro, en el gesto de desesperación que le era tan familiar ahora. Se levantó cuando la puerta se abrió. —Sofía, lo siento. No debería haber... —¿Mateo está durmiendo? —preguntó ella, cortándolo. —Sofía, necesitamos hablar sobre lo que sucedió. Necesito explicarte por qué... —¿Mateo está durmiendo? —repitió, esta vez más fuerte. Adrián asintió lentamente. —Sí. Desde hace una hora. Sofía caminó directamente hacia la habitación del niño. Encontró a Mateo acurrucado bajo la manta azul, sus pequeños dedos enredados alrededor de la esquina de tela. Respiraba profundamente. Ajeno a que los dos adultos en su vida estaban a punto de romperse. Cuando regresó a la sala, Adrián estaba esperando con dos tazas de café que ella no había pedido. —No quiero café. —se sentó en el sofá a una distancia que parecía significativa—. Quiero saber exactamente qué estabas planeando hacer. Palabra por palabra. Adrián dejó las tazas sobre la mesa. Sus mandíbula se apretaron y ella vio el momento en que decidió que la honestidad era lo único que le quedaba. —Tenía contactos en el departamento de inmigración. Gente que me debe favores. —Se sentó enfrente de ella, no junto a ella—. Si todo se derrumbaba, si los fiscales lo tenían acorralado, planeaba ayudarlo a salir del país. Antes del amanecer. Sin dejar rastro. Las palabras fueron como puñetazos. —¿Lo escuché correctamente? ¿Planeabas dejar que el hombre que mató a mi padre... escapara? —No planeaba simplemente dejarlo ir. —Adrián se movió hacia adelante colocando sus codos sobre sus rodillas—. Planeaba enviarlo lejos. Para siempre. Donde nunca pudiera hacerte daño de nuevo. Donde nunca pudiera tocarte, buscarte, amenazarte. —¿Y el juicio? ¿Y la verdad? ¿Y mi derecho a estar en una sala de justicia y escuchar condenar al hombre que asesinó a mi padre? —Tu familia no habría sobrevivido a eso. —su voz era tranquila—. La verdad que puse en manos de los fiscales va a destruir la vida de tu madre. Tu hermana va a descubrir que su novio fue atacado por orden de un Cortés. Tu familia entera va a convertirse en un circo mediático de horror. Así que sí, Sofía. Consideré sacrificar la justicia pública por tu sanidad mental. Sofía se levantó del sofá. Necesitaba distancia. Necesitaba espacio. Necesitaba no estar tan cerca de alguien que pensaba que podía tomar decisiones sobre su vida sin consultarle. —Eso no era tu decisión para tomar. —Lo sé. —No era tu cuerpo. No era tu padre. No era tu dolor. Eso era mío, Adrián. Mío. Y tú estabas a punto de robármelo una vez más, solo que esta vez con la justificación de protegerme. Adrián se levantó también. Cuando se acercó, ella retrocedió. —No me hagas esto. —su voz se quebró—. Por favor, no me hagas pararme aquí después de todo lo que hemos pasado y dejar que Lucas gane. Dejar que el hecho de que casi lo dejo ir sea lo que nos destruye. —¿Casi? —Sofía rió sin humor—. ¿CASI? Adrián, no es casi. Es la verdad de quién eres. Eres alguien que cree que puede controlar todo. Las decisiones. Las consecuencias. La justicia. Incluso a mí. —Eso no es verdad. —¿No? Entonces, dime... ¿cuándo planeabas contarme? ¿Después de que Lucas hubiera escapado? ¿Nunca? El silencio fue su respuesta. Sofía sintió que algo en su interior se fragmentaba. No era fuego. Era frío. Era el frío de una verdad que no podía ignorar, que el hombre que la amaba, que dormía a su lado, que besaba a su hijo, seguía guardando secretos. Seguía protegiendo su versión de lo que era mejor para ella. —Tengo una decisión que tomar —dijo Sofía finalmente. —¿Qué decisión? —O huyo. Tomo a Mateo y desaparezco. Como lo hice hace diez años con Lucas. Me voy y construyo una vida donde no tenga que vivir en constante miedo de que alguien que supuestamente me ama esté guardándome secretos que cambian todo. Ella vio que Adrián respiraba profundamente, como si se estuviera preparando para absorber un golpe. —O —continuó Sofía—, nos quedamos. Pero esto termina. Los secretos terminan. La protección termina. La idea de que tú sabes qué es mejor para mí, termina. Porque si Mateo y yo nos quedamos, entonces nosotros enfrentamos esto como una verdadera pareja. Tú no decides mi justicia. Yo tampoco decido la tuya. Juntos. Realmente juntos. —¿Me estás dando un ultimátum? —Te estoy dando una opción. La misma que merezco que me des a mí. Adrián caminó hacia ella. Esta vez ella no retrocedió. En cambio, lo miró directamente a los ojos. —Si me pides que nunca vuelva a protegerte ocultándote verdades, si me pides que confíe en que eres lo suficientemente fuerte para manejar la realidad, entonces sí. Lo haré. —su voz era ronca, desesperada—. Pero Sofía, si tú te vas, si tomas a Mateo y te vas... —¿Qué? —Entonces me quemas. Completamente. No hay parte de mí que sobreviva a eso. Sofía sintió que su corazón se partía porque lo decía en serio. Porque bajo toda la cortesía y el control, había un hombre que estaba en ruinas. Un hombre que había pasado años llevando la culpa de su padre, intentando ser mejor, intentando salvarla, y en el proceso se había quemado tanto como ella. Esa noche, no hicieron el amor. En cambio, Sofía se quedó mirando el techo mientras Adrián dormía a su lado, sus manos se mantuvieron aferradas a ella como si temiera que desapareciera en la oscuridad. Ella estaba ardiendo en el fuego de una decisión imposible. Estaba ardiendo porque amaba a un hombre que seguía siendo prisionero de quién había sido y ardía porque sabía, con una certeza que le quemaba los huesos, que la verdadera batalla de sus vidas no estaba comenzando en los tribunales. Estaba comenzando aquí, en la oscuridad, en la decisión de si podían quemar juntos y aún así permanecer intactos. Cuando el amanecer llegó, trayendo noticias del arresto de Lucas Rivera en el aeropuerto, Sofía supo que el verdadero punto de quiebre no era legal. Era el momento en que tenía que elegir si amaba a Adrián a pesar de todo lo que él era, o si ese amor era simplemente otro fuego que la estaba consumiendo desde adentro hacia afuera. Y la verdad que más la atormentaba era que no sabía la respuesta. Aún...
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