EL BEBÉ APARECE

1436 Words
La lluvia había dejado de caer alrededor de las cinco de la mañana. Sofía lo sabía porque no había dormido. Estaba sentada en el sofá del apartamento con una taza de café frío en las manos, viendo cómo la ciudad despertaba lentamente, indeferente al naufragio emocional que sucedía tras estas paredes de vidrio. Adrián había salido hacía dos horas. Un correo urgente de su oficina. Eso fue lo que dijo. Ella no lo cuestionó. ¿Qué podía cuestionar? ¿La verdad? ¿El hecho de que Lucas había matado a su padre? ¿Que Adrián lo sabía y aun así la había besado e iniciado una relación con ella? El timbre sonó. Sofía ni se movió. Probablemente era Miranda. Miranda tenía esa capacidad de saber exactamente cuándo alguien necesitaba que alguien más les sostuviera las manos. Pero cuando abrió la puerta, no era Miranda. Era silencio. Sofía parpadeó. El pasillo estaba vacío excepto por una cesta de mimbre pequeña dejada directamente en el umbral. Una cesta que se movía. Que respiraba. Su corazón se detuvo. Se arrodilló lentamente, como si el movimiento fuera a romper algo frágil. Cuando apartó la manta azul, vio a un bebé. No podría tener más de tres años. Durmiendo profundamente. Con un rostro de ángel y unos rasgos que le resultaban extrañamente familiares. Había una nota. Con dedos que temblaban tan intensamente que apenas podía sostener el papel, Sofía leyó: "No tengo a nadie más. Por favor, cuida de él." Nada más. Sin nombre. Sin firma. Solo eso. Sofía levantó al bebé con cuidado, como si fuera a romperse. Él se movió, frotándose los ojos con los puñitos, pero no se despertó. Su cabello era oscuro. Sus pestañas eran largas. Y cuando ella lo acercó a la luz, vio algo que le heló la sangre. Tenía los ojos de Lucas. Exactamente igual. El mismo azul pálido. La misma forma. Los mismos demonios escondidos detrás de ellos incluso durmiendo. Sofía retrocedió. Su teléfono estaba en la sala. Marcó a Adrián sin pensar. Él respondió en el primer tono, como si estuviera esperando su llamada. —¿Qué pasó? —su voz era protectora. —Hay un bebé —Sofía apenas pudo hablar—. En mi puerta. Adrián, hay un bebé aquí y... —su voz se quebró—. Tiene los ojos de Lucas. El silencio fue ensordecedor. —Ya voy en camino —dijo Adrián, y la línea se cortó. Sofía se sentó en el sofá con el bebé en sus brazos, simplemente observándolo. Su pecho subía y bajaba. Sus pequeños labios se movían como si estuviera soñando. Era hermoso. De una forma que le dolía mirar. Cuando Adrián llegó veinticinco minutos después, se veía como si hubiera corrido todo el camino. Su corbata estaba aflojada, su cabello revuelto. Sus ojos fueron directamente a la criatura. Sofía vio el momento exacto en que comprendió. En que entendió qué significaba esto. —¿Es... —comenzó, pero no pudo terminar. —Lee la nota —susurró Sofía. Adrián la leyó. Dos veces. Luego la dejó caer como si quemara. —Mierda —murmuró, pasándose una mano por el cabello—. Mierda, mierda, mierda. —¿Qué significa esto? —preguntó Sofía, aunque ya lo sabía. Sabía exactamente qué significaba. Adrián caminó hacia la ventana, mirando hacia afuera como si las respuestas estuvieran escritas en las calles de la ciudad. —Significa que Lucas tiene un hijo. —su voz era plana. Peligrosa—. Y que alguien acaba de dejarlo en tu puerta. Como si fuera una amenaza. Como si fuera una bomba. —Necesitamos llamar a las autoridades —dijo Sofía, aunque su instinto le gritaba que no lo hiciera. Que no dejara que este bebé desapareciera en el sistema. —No. —Adrián se giró hacia ella con una intensidad que la hizo retroceder—. No vamos a hacer eso. ¿Sabes por qué? Porque en el segundo en que hagamos esa llamada, Lucas se enterará de dónde está su hijo. Y si Lucas sabe dónde está... No necesitaba terminar, lo entendía. —¿Entonces qué hacemos? —preguntó Sofía. Adrián observó al bebé. Su expresión cambió. Se ablandó. En sus ojos grises apareció algo que ella nunca había visto en él: protección paternal pura. —Nos quedamos con él —dijo simplemente—. Temporalmente. Mientras averiguamos de dónde vino, quién lo dejó, qué está pasando. Pero nadie puede saber que está aquí. ¿Entiendes? Sofía abrió la boca para protestar, pero en ese momento, el bebé se despertó. Sus ojos se abrieron lentamente. Azules. Asustados. Se quedó mirando a Sofía durante un segundo completo antes de que su labio comenzara a temblar. Estaba a punto de llorar y Sofía hizo algo que le sorprendió incluso a ella misma. Comenzó a cantar una canción de cuna. No fue consciente. No fue planeado. Fue como si su cuerpo supiera exactamente qué hacer. Una canción de cuna que su madre le había cantado hace una eternidad. Antes de que el fuego lo consumiera todo. El bebé se quedó quieto, escuchando. Sus ojos nunca se apartaron de los de Sofía. Adrián observó desde su lugar junto a la ventana. Cuando Sofía terminó la canción, el bebé se quedó dormido nuevamente, pero esta vez su manita pequeña se cerró alrededor de su dedo y Sofía sintió algo que le aterroriza más que cualquier verdad que Adrián pudiera contarle. Sintió amor... Profundo. Primitivo. Feroz. —¿Qué acabas de hacer? —preguntó Adrián con la voz ronca. —No sé —susurró Sofía—. Pero Adrián, no puedo... no puedo simplemente devolverlo. Adrián caminó hacia ella y se arrodilló frente a ambos. Su mano se extendió y tocó la mejilla del bebé con increíble delicadeza. —Nadie te está pidiendo que lo hagas —murmuró—. Pero tenemos que ser inteligentes sobre esto. Tenemos que investigar quién es este niño. De dónde vino. Por qué lo dejaron aquí. —¿Crees que fue Lucas? —preguntó Sofía. —No. —Adrián se levantó, caminando de nuevo hacia la ventana—. Lucas no haría esto. Lucas no abandona nada porque no le pertenece a él. Pero alguien que lo conoce... alguien que lo odia... La implicación quedó flotando entre ellos. —¿Crees que fue tu madre? —preguntó Sofía. —No tengo idea. Pero voy a descubrirlo. —Adrián marcó un número en su teléfono—. Necesito que revises las cámaras de seguridad del edificio de Sofía desde las once de la noche hasta las seis de la mañana. Quiero saber quién entró, quién salió, quién dejó un paquete en la puerta 14B. Escuchó la respuesta al otro lado. —Sí. Ahora mismo. —colgó y se giró hacia Sofía—. Mi equipo va a rastrear exactamente quién hizo esto. Sofía miraba al bebé. Sus pequeños dedos estaban enredados alrededor de el dedo de ella como si supiera que había encontrado seguridad. —¿Y mientras tanto? —preguntó. —Mientras tanto, nos quedamos con él. —Adrián se acercó y besó la frente de Sofía—. Mientras tanto, lo cuidamos, porque sea quien sea que dejó a este niño aquí, lo hizo porque confiaba en que tú lo harías. —¿Y si es peligroso? —preguntó Sofía—. ¿Y si es otra trampa? Adrián levantó su rostro y la miró directamente a los ojos. —Entonces arderemos juntos de nuevo —dijo—. Pero esta vez, protegeremos a alguien más que a nosotros mismos. La lluvia comenzó a caer nuevamente. Suave al principio, luego más fuerte. Como si la ciudad estuviera lavando lo que acababa de suceder, preparándose para la siguiente tormenta. Sofía permaneció ahí, sosteniendo al bebé, mientras Adrián hacía llamadas en voz baja. Preparándose. Construyendo muros. Haciéndose fuerte. Y ella sintió algo que no había sentido en diez años. No era fuego salvaje. No era pasión descontrolada. Era responsabilidad. Era amor paternal. Era la sensación de que acababa de cruzar una línea que no tenía retorno. Cuando el bebé se movió nuevamente, buscando algo en su sueño, Sofía lo apretó más cerca de su pecho. —Está bien —susurró—. Estás seguro. Ya no estás solo. Y en ese momento, ella comprendió por qué alguien había dejado a este niño exactamente en su puerta. Porque en el apocalipsis emocional que era su vida, ella era la única que sabía cómo recoger las piezas rotas. Porque ella entendía el fuego. Y a veces, el fuego es lo único que puede proteger a los inocentes de la oscuridad.
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