Despertaba en una estación de tren, con la resaca en la cabeza. Me dolía la cabeza. Respiraba el vapor de los trenes. Los hombres despedían a sus mujeres. Yo no tenía a quién despedir porque la persona que se marchaba en aquel tren, jamás regresaría. N mi regazo tenía un regalo que la luna me había dado, puesto que la luna era su sonrisa. Oía la canción de Tiziano Ferro, el regalo más grande. Las luces, la niebla, mi corazón y la agonía que me negaba respirar su vida. Sonó el silbato de aquel hombre de traje. Entonces, me levanté y me marché, dado que ella no regresaría. No la despedí, aunque su rostro estuviera en la ventana. La música sonaba en los cafés, la voz tenor de Tiziano Ferro entraba en mi oreja. Caminé hasta la casa, pues tenía el regalo de despedida que ella no recibió de mi p

