Quiero gritar al cielo este dolor. No quiero caer al abismo, mi alas son cortas para volar. El viento silba en mi oído. Creo estar soñando, porque veo su imagen desparecer en la distancia. Un avión ruge y deja una estela blanca de su paso en el cielo, como las marcas de sus palabras que dejaron una herida en mi corazón. Aunque la estela desparece, las marcas se quedan como las cicatrices de una herida.
Había poseído su cuerpo en los días del pasado. Cuando sus labios me besaban con fruición, me desentendía de la abyecta realidad. Esta monotonía me consume, quemo mis ojos al mirar una maldita pantalla y esta pantalla me conecta con los dolores del mundo.
Sus fotos aparecen en una galería digital, en ellas veo su dulce sonrisa. Entonces, la fábrica de los recuerdos evapora la sustancia que surge de la tristeza para convertirlas en lágrimas de nostalgia. Por otro lado, me hallo en la cuerda floja, y necesito huir a un sitio que me permita respirar. Más bien, necesito huir de la sombra vil que me aprisiona entre sus garras depresivas.
Late, siento sus latidos mas no su sangre fluir en mis venas. Presiento que pronto voy a dejar de brindar calor a otras personas. Seré un jarrón vacío y quebrado. Observo, en los edificios, la vida fluir. Una vez más, deseo unirme a esa cotidianidad para entender que no he muerto todavía.
A pasos rápidos bajo las escaleras y atravieso el vestíbulo, atrás dejo el anhelo de suicidarme. Salgo con los brazos extendidos, comienza a llover. Las gotas repiquetean en el asfalto, los autos veloces transitan en la calle. Ellos, los moradores de los vicios y el ciclo de la normalidad, abren sus paraguas para cubrirse, pero yo no lo hago, no tengo paraguas, ya que hace mucho deje de tener un paraguas.
Su sonrisa podía dispersar todas la nubes oscuras, pero su presencia estival se ha desvanecido en el presente. Solo queda una mustia flor en este campo, que una vez retozaba alegría gracias a la primavera de su cariño. Los goterones en las ventanas de las tiendas, trazan líneas naranjas. Además, reflejan la luz que jamás el espejo de mi alma podrá reflejar. Meto las manos en los bolsillos, camino con la cabeza baja.
Cuando percibía su leve respiración, sabía que su cabeza estaba en mi pecho. Solía retirar su peluca y juguetear con sus cabellos de recién nacido. Olía su perfume y mientras ella abría los ojos mi tacto viajaba desde su cadera hasta la nuca. “Te quiero”, decía. Pero ella solo lo decía, era un “decía”. ¿Qué son esas palabras? ¿Cómo logras querer a alguien sin aburrirte? El ser humano necesita de un estímulo y ese estímulo se busca al explorar horizontes. De manera que la personas que amamos deberán irse un día para no continuar ancladas a nosotros. No podemos ser el puerto eterno de alguien, puesto que los barcos zarpan y, quizás, no regresan.
¡Lloro! Estoy sentado en un banco. No hace falta cubrir mi rostro, porque la gotas menudas se confunden con las grandes gotas de la lluvia. Las nubes grises truenan como mi atormentada mente, ellas están manifestando su tristeza, y yo expreso mi melancolía. Miro una pareja que busca la protección de un árbol, pero llueve con intensidad. Necesitan cubrirse, me levanto y camino hacia ellos.
—Yo seré su paraguas —digo.
Me quito la camisa e improviso un paraguas sobre sus cabezas, sonrió a la pareja que se acurruca. La mujer me mira y reconozco su mirada.
—¡Tú! —exclama.
Su novio la sostiene con fuerza. La sangre de mi espíritu devastado, corre por mis labios. Las luces de las bombillas de la calle, en mis ojos, parecen estrellas. Veo mi espejismo en su mirada. Aún estando con una persona mejor que yo, la cubro con mi camisa. No me importa mojarme, es por su felicidad.
—¡Estás temblando! —denota ella.
—Costumbre… Es costumbre temblar por el frío que produce tu despedida.
El mundo se congela, estamos conectados pese a estar tan lejos.
Recuerdo, siempre son recuerdos, cuando ella vagaba de hombre en hombre en pos de una cura. La peor manera de restañar una cortada profunda es: presionar con la mano. Sabiendo que la sangre es un líquido y fluirá por tus dedos, por instinto extiendes el sufrimiento. Por tanto, preferimos sufrir para sobrevivir, al contrario de morir para acabar con el sufrimiento.
—¿Por qué lo haces? —pregunta ella.
—Amor —respondo.
—El amor no es sufrir —responde ella.
—¿Qué es?
Yo la acepté cuando no tenía un lugar para ocultarse. Ella se quedó a mi lado cuando profesé mis sentimientos hacia su cuerpo usado. Por mucho que las mujeres puedan parecerles perniciosos, no todo los hombres pensamos igual. Hay hombres que aman de verdad. Por otro lado, ella tiene razón, puesto que mis acciones demuestran un sacrificio, no amor.
—Claire, te amo. —Mis dientes castañean.
—¿Puedes amar sin sentir amor? No solucionas nada con decirlo.
Las personas se cansan si das rodeos. Yo la había agobiado con falsas promesas. Mi fantasía tergiversó la realidad en aquel entonces, anulé la prospección de mi razón, me había dejado llevar por las emociones que bullían en mi ser.
—Yo te amaré, ladrona —recito, es parte de la letra de una canción de Morat.
—No te robé nada.
—Me robaste la vida.
—Estás mintiendo, me manipulas. Siempre fuiste manipulador.
—Tú te quejabas de mis regalos, decías que merecías algo más caro, y sabías que no podía hacerlo, mis posibilidades económicas eran limitadas.
—¿Y hoy?
—Ya no lo son, pero el dinero no compra el afecto.
Parece estar pensando.
—Hoy eres una pesadilla para mí —confieso—. En ti vi la madre que me hacía falta durante mi rebeldía.
—Estabas abandonado como un niño en la calle.
—Y tú fuiste quien me adoptó.
—Y tú fuiste quien me recibió.
—Tu peluca, recuerdo.
Muchos hombres hacían el amor con ella, pero había una condición de por medio: usar la peluca. Yo retiré su máscara estética, acepté su enfermedad, la besé sin la peluca. Hicimos el amor sin su peluca. ¿Saben? Ella un día se desvanecerá, comprendo su voluntad, no debo aferrarla. Quizá sea cuestión de tiempo para alejarla, pero dudo que pueda hacerlo.
—¿No te cansas? —pregunta.
—No. Si te acostumbras al frío, te acostumbras a la soledad.
—No me siento culpable, vivo feliz sin ti.
Escupo sangre, pero no me importa.
—Los paraguas se cierran y se abren —prosigue—. Tú ahora estás abierto para cubrirme. —Sonrío—. Mañana estarás cerrado, luego reposarás en un rincón oscuro. Así eres en mis recuerdos, un paraguas que una vez se abrió para cubrirme de lo que era. Hoy solo eres un paraguas cerrado olvidado en un rincón, inservible y disfuncional. Las arañas te cubren mientras otro paraguas me cubre.
—Entiendo la metáfora: nuestros seres queridos son nuestros paraguas. Permanecen cerrados cuando no los utilizamos, pero se abren cuando lo necesitamos. Pero no logro entender el intercambio, dado que no es un usual cambiar un paraguas para salir. ¿Quién compra paraguas con estilos diferentes para salir en un día lluvioso?
—¿No has visto cuando un paraguas se daña?
—Sí, lo he visto.
—Luchas por cerrarlo, te cuesta hacerlo, pues el viento lo dañó.
—Aún puedes arreglarlo —replico.
—Mejor comprar otro —refuta.
—Odio tu manera de pensar, ves a lo demás como objetos desechables.
—Cada ser humano es un objeto que moviliza la pasión de otro. ¿Acaso no lo ves con los líderes mundiales? Solo propalan una oración y la gente los aclama, pero tal como lo pueden aclamar, basta con la llegada de otro para reemplazarlo.
—No trates cambiar el tema.
—Tú eres un idiota conformista, eso es lo que sucede.
—Porque mi vida no es efímera —aclaro entre dientes—. Y no es conformidad, es apreciar la duración de las cosas y las personas en la vida. Cuando alguien se daña como un juguete roto, no puedes lanzarlo a la basura. Ha durado años contigo, quizá creció contigo, sería injusto botarlo sin miramientos. ¿Por qué no repararlo?
—Según tu explicación, aduces que deberíamos andar por la vida reparando errores en personas que no nos corresponde.
—Yo reparé tu maldito defecto, y ese imbécil que está contigo disfruta de la mejor versión de ti, gracias a mí. —Hice una buena rima.
La lluvia suena en la camisa. Ellos están mojados, una camisa no puede cubrirlos de las apesadumbradas gotas de las nubes.
—Es muy enrevesado el tema —admite, resignada.
—Claire, no éramos el uno para el otro. —Me lastima decirlo.
—Vámonos —sugiere a su novio.
—¡No te vayas!
Ellos emprenden la marcha. Trato de perseguirlos, pero me caigo, de rodillas, con la mano en el pecho izquierdo, pues hay un hueco.
—¡No quise decir eso!
Ella se gira con los puños cerrados, se acerca y me abofetea. Tengo la vista en la hierba.
—Deja de arrastrarte por una mujer —me dice con voz furibunda—. Ya no soy tuya, soy de alguien mejor. Él sí me complace en todo, pero tú no; tú solo eres un paraguas en desuso.
—Me haces sufrir.
—Sufres solo. Yo iré acostarme con él y tendré un orgasmo. —No puedo controlar los hipidos—. Con su m*****o adentro, te olvido más fácil.
Oigo sus pasos en el adoquinado, alzo la vista, veo que caminan hacia la ciudad, y allá no está lloviendo: caminan hacia su felicidad.
—Los paraguas pueden ser ángeles, debido que sus alas nos pueden cubrir de las peores tormentas.
Cierro los ojos y los vuelvo abrir. Estoy en la silla, puesto que me he quedado dormido en ella. Toco el teléfono, su pantalla me muestra la hora, son las tres de la madrugada. Camino a tientas en la oscuridad. Palpo las paredes en busca del interruptor, la bombilla se enciende. Veo la pantalla de la computadora, está apagada. Miro hacia la ventana, camino hacia ella. Abro las cortinas para admirar las luces de Porlamar en la lejanía. Una suave brisa viaja por las esquinas, penetra el aroma a mar en mi nariz.
—Si tuviera un deseo pediría no haberla conocido.
La apacible 4to de Mayo se mantiene silenciosa. Uno que otro carro perturba la calma. Son mínimos los carros a esta hora. Un gallo, con el reloj biológico errado, canta al supuesto amanecer. Realmente desconozco esta actitud de los gallos, pero suelen cacarear a las ocho de la noche. ¿Qué viene reflexionar sobre gallos? Son aves muy tiernas, supongo. Me gustan los gallos. Creo que Grisa, mi gata, me abandonó por estas ocurrencias. Apenas ella llegaba de sus aventuras en planta baja, esperaba que abriera la puerta y entraba con la cola erguida. La muy fresca se acostaba en el sillón, o le gustaba andar sobre el teclado cuando escribía. Era una gata anormal. ¿Qué clase de gato sabe subir un ascensor? Ella sabía hacerlo por muy extraño que parezca imaginarlo.
La soledad me afecta, hablo como si estuviera conversando con alguien, pero así son los pensamientos en soledad. Voy a la nevera, saco una lata de cerveza Heineken. La abro y bebo de su refrescante líquido, siento como el ínfimo grado alcohólico mima mi garganta. Hay estrellas sin luna. Suspiro.
—Excusas para verme.
Doy un trago largo, dejo la lata en el escritorio, abro la puerta de la habitación y descorro la puerta del armario. Tengo trastos amontonados, pero son de menor importancia, solo me interesa la caja.
—¿Dónde habré puesto la famosa caja?
Una cajita… No sé cómo describir una caja, pero el punto es que es una caja. Mejor buscaré por internet, es más fácil si uso el teléfono. ¡Vaya, trece llamadas perdidas! Todas de Claire. También tengo un mensaje. ¡Ah, otra vez Movistar con sus promociones ridículas! En México inquietan a la gente, según me cuentan mis amistades de allá. Debo agregar que, en Venezuela roban a sus clientes.
Ahora, a buscar sobre las cajas. No Google, no tengo cáncer, por ende, no busco una ataúd, busco sobre las cajas y sus tamaños. ¿Qué medidas tienen las cajas? Como respuesta me lanza una lista de cajas. Además de la lista incomprensible cada una tiene marca. ¿Alguien se fija en la marca de una caja? Hay cajas de cartón doble, sencillo, y más cajas dobles con seriales y medidas distintas. Seré específico. ¿Cuál es la medida de una caja mediana? Perfecto, su dimensión es 38.9 x 31 x 26 centímetros. Creo que cada lector puede hacerse una idea de una caja mediana sin los valores que acabo de leer. Parece que la ficha de la caja, hecha con amor capitalista en Taiwán, indica que puede guardar libros y adornos.
Con cuidado, como si fuera un huevo sorpresa, la abro. Un olor satisfactorio despide de su interior. Hay una camisa de Iron Maiden, ella solía escuchar esa banda, la tomo y la llevo a mi nariz.
—Heliotropo.
El teléfono vibra, es un número desconocido.
—Buenos días —digo al contestar.
—Estoy en planta baja, el guardia de seguridad no quiere dejarme pasar.
¿La voz de una chica?
—Disculpa, llamó al número incorrecto.
—Te conozco, vives en el octavo piso, tu nombre es luna en inglés —afirma con serenidad.
—¿Quién eres? —Me levanto.
—¿Enserio no sabes? ¡Soy Kat!
¿Quién diablos es Kat?
—¿Katherine? —infiero, pero esa Katherine vive en Aragua, está a kilómetros de distancia de donde vivo.
—¡No! ¿Por qué eres tan soso? Mi nombre es Kat, como gato en inglés.
—No conozco ninguna Kat.
—¡Yo he pasado a tu sucio apartamento! Me acuesto en el sillón y… y… tu escribes novelas muy peculiares. —Está nerviosa.
—Dime una de esas novelas peculiares.
—Con aroma a Heliotropo.
No es mentira, tengo una novela con ese título.
—Lo pudiste ver antes de llamarme.
—¡Escúchame, zopenco! Soy la gata que tenías en tu casa, pero ahora soy una humana. Mi nombre era Grisa, lo sé, pero después de la metamorfosis cambió.
—¿Cómo una gata se transforma en una humana? ¡Eso no tiene sentido ni lógica!
—Te diré algo que nadie más sabe, ¿de acuerdo? Algo que yo vi y no puedo borrar, por más que pueda, de mi memoria.
—Okey, dilo.
—Un día estabas viendo una mujer gritando frente una pantalla, un hombre parecía introducirle una cosa en su zona trasera. Tú también tienes una cosa de esas, porque te bajaste el pantalón y…
—¡De acuerdo, sí lo sabes! Aunque no puedo comprobar que realmente seas Grisa, dile al vigilante que permita tu paso.
—Te lo agradezco, pazguato. —Cuelga.
¿Qué es pazguato? Lo escribo en el diccionario que tengo en el teléfono. Pazguato: persona simple o que se sorprende con facilidad. ¡Esa Kat es una atrevida! La ayudo para que suba a mi apartamento y me llama pazguato. Además, es un adjetivo, pero eso no tiene nada de interesante.
Ayer Sabrina me llamó y habló sobre el s******o, Singapur, y mencionó un tal señor pájaro. Hoy me llama una chica llamada Kat, y alega ser la gata que había desaparecido hace unos días. Los eventos de índole sobrenatural parece que se desarrollan cuando pienso en Claire, ya que al abrir la caja con aroma a Heliotropo, Kat avisó su presencia en planta baja. Sospecho sobre la verosimilitud de los acontecimientos, pero voy a aguadar tiempo antes de acudir a un terapeuta. Tocan la puerta, así que poso la mano en el pomo y giro.
—¡Quítate! —Me empuja Kat.
¡Qué imprudencia!
—¡Un poco de respeto! —espeto.
Ella se lanza en el sillón, se acurruca como un gato, la insolente ronronea.
—Extrañaba el sillón —susurra.
Tiene los ojos verdes de Grisa. El pelo de su brazo es gris, sus cejas son curvas, pero supongo que es normal, no se ven extrañas; su rostro es ovalado, tiene una nariz pequeña que es bonita, encaja con su personalidad; su cabello es n***o con gris, como si vieras unas nubes grises fusionadas con las blancas, pero sin cubrir un sol, aunque el largo es suficiente para cubrir sus hombros. Lleva un suéter azul medianoche, con un gato blanco estampado. De los lóbulos de sus orejas cuelgan dos zarcillos con caritas felices. Evoco al vecino, ¿estará durmiendo después de golpear a su esposa? En fin, Kat cubre sus piernas con una falda larga de color n***o, y sus pies están protegidos por unos zapatos marca Puma, son originales. Barrunto que huyó de su casa. Puede ser una lectora de mis obras, aunque lo dudo, ni siquiera tengo lectoras.
Kat olisquea el entorno, levanta su cabeza y la mueve arriba, izquierda, derecha, abajo; parece rastrear un aroma.
—Hiede a Heliotropo —suelta.
—Es Heliotropo —reafirmo.
—Odio ese olor. Te gustan esos olores desagradables —comenta la muy insulsa.
—Oye, no tengo idea sobre quién eres realmente, pero no voy a permitir una chica grosera en mi apartamento…
—¡Cállate!
Me callo, sus ojos indican que está molesta. Su capacidad para dominarme es increíble.
—Eres irritante cuando hablas así. Deberías acariciarme, me lo merezco, pero tú eres un individuo y eso me molesta.
—Kat —digo, calmado—. No sé quién te ha traído aquí…
—El señor Pájaro.
Ahora volvemos con el señor pájaro. ¿No era con pe minúscula? Ella lo dice con pe mayúscula.
—¿Me puedes explicar?
—Sé más específico. —Se lame la mano.
—Tu metamorfosis.
—Hablas como si te refirieras a un libro de Kafka.
—Ni que me refiriera a Ovidio. —Agarro la silla y la pongo cerca de Kat. La muchacha es un espécimen interesante, debo admitirlo.
Ella me mira con amargura, ahora sonríe.
—Espero tengas paciencia —advierte.
—La tengo, dado que hoy debo reunirme con la chica que me causa pesadillas y tengo un humano-gato en mi apartamento. —Miro la cerveza y me levanto para agarrarla, está caliente pero no importa. Regreso al asiento y doy un sorbo.