Una cita secreta

1577 Words
NINA La señora Duarte repasó mentalmente su lista por última vez antes de colgarse el bolso al hombro. —Creo que eso es todo —anunció, alzando la voz hacia el piso de arriba—. ¡Tessa, Noah, Luca! ¡Vengan a despedirse! Tessa fue la primera en aparecer, bajando los escalones a toda prisa con los ojos brillosos. —Adiós, mami... —murmuró, ya sollozando. La señora Duarte se agachó, le secó las lágrimas con cariño y le sonrió con ternura. —Mi amor, antes de que te des cuenta, estaré de vuelta. En ese momento, Noah bajó sin mucha prisa, con las manos en los bolsillos y expresión neutral. —Chao, mamá. —Hasta luego, cariño —le respondió ella con una sonrisa paciente. —¡Luca! ¡Baja ahora! —llamó de nuevo. Se oyó un portazo seguido de pasos pesados. Luca apareció con cara de fastidio. —Ya me voy, ¿sí? —dijo sin entusiasmo. —Ay, mi niño rebelde... —le respondió su madre y le plantó un beso rápido en la mejilla. Él se quejó, haciendo una mueca como si le doliera la dignidad. No pude evitar reírme. ¿Luca? ¿El mismo que en la escuela se cree el rey del drama oscuro? ¿Y ahora resulta que no puede ni evitar los besos de mamá? —Les encargo que se porten bien, ¿eh? Nina estará a cargo —dijo con voz firme. Y clavó la mirada en Luca—. Eso va para ti también. Salió al encuentro del taxi que ya esperaba en la entrada. —¡Pórtense bien, mis amores! —gritó antes de cerrar la puerta tras ella. Tessa ya estaba hecha un mar de lágrimas otra vez. —¡Ya la extraño! Luca bufó. —Por favor... apenas se fue hace medio minuto. Y como era de esperarse, Tessa estalló en un llanto aún más fuerte. Sus gritos retumbaban por toda la casa. La cargué sin decir nada y la llevé arriba. Ya era hora de su siesta, así que sabía que en cuanto tocara la almohada, se le pasaría. Y así fue. En cuanto la acosté, se quedó dormida como un ángel. Cerré la puerta de su cuarto con cuidado y me dirigí a hablar con el que más guerra daba: Luca. Ni toqué la puerta. Entré directo. Estaba sentado en la cama con un libro entre manos. Apenas me vio, lo escondió debajo de la almohada como si fuera algo prohibido. —¿Qué quieres? —soltó a la defensiva. —¿En serio le gritaste así a Tessa? ¿Te parece normal? —le dije cruzándome de brazos. Me miró como si le hablara en otro idioma. Luego se levantó, me empujó al pasillo y cerró la puerta en mi cara. Antes de que pudiera girar el picaporte, escuché el seguro echado. Genial. —¡Luca, abre esta puerta ahora mismo! —grité, sin moverme ni un centímetro. —No eres mi jefa, tengo 18 —respondió desde adentro con voz irritante. Después de un rato de silencio incómodo, bajé. Noah estaba en el sofá, pegado a su laptop. Al verme entrar, cerró la pantalla como si escondiera un crimen. —Noah... dime qué estabas viendo —le dije directamente, con mi mejor mirada de “hermana mayor que todo lo sabe”. —Nada. —Ok, no me lo digas —respondí encogiéndome de hombros y girándome. Tres, dos, uno... —¡Espera! —Ahí estaba. —¿Cómo invito a salir a alguien sin parecer un desesperado? Me aguanté la risa. —No lo seas. Ya. Nada de mensajitos estratégicos ni hacerla esperar horas para contestar. A las chicas nos fastidia eso. Habla con ella directamente, cara a cara. Sé claro. —Mal consejo —interrumpió la voz de Luca, que aparecía de nuevo como por arte de magia. —Dile: “Viernes. 7 PM.” Claro, corto, al grano. Si dice que no, tú te haces el cool y punto. Aunque no te va a rechazar —añadió con arrogancia—, porque llevas mi sangre. Noah quedó pensativo, teléfono en mano. Miraba la pantalla como si fuera a explotar. —Mira, puedes tomar el consejo de alguien con ovarios o el de un soltero empedernido —dije, señalándome primero a mí y luego a Luca. —Gracias... creo —respondió Noah, y nos echó con una seña de la mano. Nos alejamos, pero yo me quedé cerca del pasillo. No por chismosa. Bueno, sí, por chismosa. Escuché su voz bajita: —Hola, Isla... Volteé hacia Luca con una sonrisa de “te lo dije”. —¿Esta noche a las seis? Perfecto, paso por ti —dijo Noah, antes de colgar. Me hice la distraída, observando las fotos del pasillo. Ningún rastro de figuras paternas. Solo retratos de los niños, incluida una foto de Luca cuando aún tenía mofletes de bebé. Lo digo en serio, casi me hizo gracia. —Nina, sé que lo oíste todo. ¿Nos puedes llevar a Isla y a mí más tarde? —¿Adónde piensas llevarla? —pregunté, mirándolo fijo. Su cara cambió de color en dos segundos. —Mierd@... —¡Noah! Lenguaje, por favor —le dije, reprimiendo una sonrisa. —¿Qué hago, Nina? —¡Luca, cuida a Tessy! —grité hacia el piso de arriba. —Ya qué... —gritó él de vuelta sin moverse, como siempre. Marcaban las cuatro. Teníamos hora y media para poner todo en marcha. —Empieza con unos pantalones gris y una camisa con botones —le indiqué sin rodeos. Esto no era cualquier salida. —¿Y qué zapatos uso? —me preguntó con esa mezcla de nervios y pánico. —Saca tus zapatillas —le dije ya visualizando todo en mi cabeza. —Entendido —contestó, y desapareció escaleras arriba. Saqué el celular y llamé a alguien que sabía que no me fallaría. —Elías, necesito un favor —le solté sin rodeos. —Lo que digas, Nina. Dime —respondió con su tono cálido de siempre. Siempre arrastraba un toque de acento, y su papá era dueño de un restaurante italiano del barrio. —¿Puedes reservarme mesa para dos a las seis y media? La de la terraza, porfa. —¿Qué estás haciendo? ¿Una cita secreta? —Nah, no es para mí. Es para uno de los peques que cuido. —Ah, interesante… está bien. Lo tengo. —¡Gracias, eres el mejor! —le dije antes de colgar. Justo en ese momento, Noah volvió a aparecer, listo y peinado. El tiempo estaba de nuestro lado. —Vamos, toca comprar flores —le dije mientras salíamos directo a mi coche. Condujimos hasta la floristería del centro. Al entrar, el aroma era casi tan fuerte como la voz de la señora Vera. —Antonina, cariño, ¿qué necesitas hoy? —preguntó con esa energía suya tan maternal. —Necesitamos un ramo para una cita importante —respondí, señalando discretamente a Noah. —¡Ay, qué ternura! Espera un segundo —dijo mientras desaparecía detrás del mostrador. Regresó con un ramo de rosas rojas, blancas y rosadas. Noah dio un paso atrás. —Son muy intensas para una primera cita —murmuró. —Pero, mi cielo, estas son las favoritas de Isla —dijo con una sonrisa. —¿La conoce? —preguntó Noah, entre sorprendido y confundido. —Claro, es mi sobrina. Su mamá me llamó toda estresada por lo del vestido. Le dije: “Ponte lo que te haga sentir bien. Si el chico no lo valora, que se busque otra.” —Va a estar linda con lo que sea —dijo Noah sin pensar. La señora Vera le dio un golpecito suave en el hombro. —Así se habla, campeón. Pagamos el ramo. Yo usé un cupón y salimos por solo 20 dólares. Ya en el coche, metí la mano en mis bolsillos y solté un suspiro: —Genial… Me dejé el teléfono en tu casa. —¡Apúrate, vamos tarde! —refunfuñó Noah mientras yo hacía un giro en U como en una película de acción. Apenas entré en su casa, escuché la voz de Luca. —¿A dónde vas? Me giré sin detenerme. —A llevar a Noah a su cita. —¿Y la cena? —Pide una pizza. —Estoy a dieta, tengo partido el sábado. —Entonces hazte unos fideos. —No sé cocinar. —Problema tuyo —le dije, y justo vi que tenía a Tessa en brazos. —Hola, princesa. Ella no dijo nada, todavía medio dormida. —Recién se despertó —dijo Luca. —¿Podemos ir contigo? Tessa me miró con ojitos de súplica. —Está bien —cedí. ¿Cómo resistirse? Corrí a por las llaves de la furgoneta. —¡Noah, súbete! —le grité. —¿Qué? ¡No, no! ¿Por qué vienen ellos? —Relájate. Las chicas aman a los chicos que son buenos con niños. Bufó, pero subió. Luca colocó a Tessa en su sillita y luego se montó de copiloto. Le lancé mi teléfono a Noah. —Pon la dirección. Y abróchate bien. Teníamos exactamente diez minutos. El GPS habló: —Gira en la calle 7. Llegarás a las 6:06 p. m. —Vamos a ganarle al reloj —le dije, pisando el acelerador como si el destino nos estuviera esperando.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD