NINA
—Nina, despierta —dijo Milo con ese tono de hermano mayor que no admite excusas.
Solté un gruñido y enterré la cabeza bajo la almohada. El día podía esperar.
—Des-pi-er-ta —repitió, separando las sílabas como si hablara con una niña de cuatro años.
—¿Qué pasa ahora? —respondí con la voz medio ahogada entre las sábanas.
—¿Te suenan los Duarte? ¿La entrevista? ¿Una hora? —enumeró como si eso lo hiciera más oficial.
Mierd@.
Me incorporé de golpe. Claro, hoy era el día en que tenía que cuidar a los hijos de la señora Duarte. Una prueba. Si salía bien, tendría trabajo por los próximos dos meses. Y lo necesitaba. No para pagar facturas ni nada tan serio, sino para algo incluso más importante: mi viaje de verano.
Quería recorrer Europa con Elías y Maya, mis mejores amigos. Mis padres se harían cargo del vuelo, pero todo lo demás: hostales, trenes, comida barata, aventuras espontáneas, corría por mi cuenta.
Milo, mi hermano mayor por un año, me había recordado la prueba solo porque le convenía. Estudiábamos en el mismo curso ya que él repitió séptimo por andar jugando más que estudiando. Ahora tenía una beca completa gracias al fútbol. Yo, en cambio, tenía media beca por mis calificaciones, pero el resto del camino tenía que construirlo sola.
Nos confundían seguido. Ambos altos, con el mismo pelo rubio oscuro y piel bronceada. Lo único que nos delataba era el color de ojos: él con los suyos azules, yo con los míos verdes como el musgo después de la lluvia.
Lo nuestro no era la típica relación de hermanos que se detestan en silencio. Al contrario, éramos una especie de equipo. Aunque eso también significaba que yo terminaba rescatándolo cada vez que se pasaba de copas.
Bajé ya vestida, y para mi sorpresa, había tortitas en la mesa. Eso solo significaba una cosa.
—¿Qué necesitas, Milo? —le pregunté, sabiendo que no era por amabilidad.
—Voy a salir esta noche. ¿Me puedes recoger si la cosa se descontrola? —dijo sin mirarme, como si ya diera por hecho que diría que sí.
—Claro —respondí, resignada.
Siempre igual. Fiestas, borrachera, piscina, y luego yo, la hermana responsable, salvándole el pellejo. Incluso tenía un kit de emergencia en mi coche: ropa seca, una toalla y su desodorante.
—Eres una reina —me dijo, dándome una palmada en el hombro como si fuera su escudero. Y se largó.
Suspiré.
La casa de los Duarte quedaba a unos diez minutos. El trayecto me sirvió para tranquilizarme, aunque el nudo en el estómago no desaparecía. No podía permitirme perder esta oportunidad.
Según tenía entendido, la señora Duarte tenía tres hijos:
Tessa, una pequeña de cinco que iba al jardín.
Noah, de catorce, justo entrando en secundaria.
Y Luca.
Luca tenía mi edad. Estaba en último año, como yo. Era el tipo de chico con fama de problema, el clásico que aparece en las historias que tus padres no quieren que vivas. Y yo iba a cuidar a sus hermanos menores. Genial.
La señora Duarte se iría dos meses a Los Ángeles a abrir un nuevo negocio. Necesitaba a alguien que le ayudara con la casa mientras tanto. El pago era bueno. Con ese dinero, estaría más cerca de mis planes de mochilera y libertad.
Cuando llegué, me acomodé la ropa, me respiré encima de la palma para asegurarme de no oler mal, y toqué el timbre. Me abrió una chica con rizos castaños y expresión curiosa.
—¿Y tú quién eres? —preguntó, cruzada de brazos.
Me presenté con una sonrisa y extendí la mano.
—Antonina, pero dime Nina —dije, esperando que me la estrechara.
Ella me escaneó con la mirada como si tratara de descifrar si podía confiar en mí. Finalmente, una sonrisa lenta le curvó la boca.
—Soy Tessa. Pasa —respondió, y sin esperar más, me tomó la mano con fuerza y tiró de mí hacia dentro—. Aunque en realidad prefiero que me digan Tessy. ¿Tú usas apodos? ¿Jugamos?
—Estaba buscando a tu mamá, en realidad —le respondí, algo desconcertada.
—Ella anda por aquí. ¡Ven, Nina, vamos a jugar! —insistió.
Antes de que pudiera decir nada más, ya me estaba llevando escaleras arriba. En ese momento apareció un chico, que supuse era Noah.
—Tessa, deja a la niñera en paz —dijo sin miramientos.
—¡Tessy! —le gritó ella, visiblemente molesta.
—Vale, Tessa —dijo él con un tono burlón.
—¡No me llames así! —protestó ella.
—Shhh, todo bien, Tessy —intervine, cargándola en brazos para calmarla un poco.
—No seas grosero con tu hermana, Noah —le dije, firme pero sin dureza.
—¿Y tú cómo sabes mi nombre? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Porque me toca cuidarlos, ¿no? —le respondí, encogiéndome de hombros.
—Vaya. ¿Y cómo te llamas tú, guapa? —dijo con una sonrisa descarada.
—Muy original lo tuyo, Noah. Súper sutil —le contesté, medio en broma.
Fue entonces cuando una puerta al fondo del pasillo se cerró de golpe. Al mirar, vi a quien solo podía ser Luca Duarte. Alto, con aire de que el mundo le debe algo. Me evaluó de arriba abajo.
—Uf —soltó, como si yo fuera un mueble mal colocado, y siguió caminando.
—¿Disculpa? —le solté sin pensarlo.
Él se giró, sonriendo como si todo fuera un juego.
—Hazme una foto, te durará más.
—Lo intenté, pero mi cámara explotó del susto —le respondí con una sonrisa cargada de veneno.
Se rió por lo bajo y siguió bajando las escaleras. Yo puse los ojos en blanco.
—¡Felicidades! —escuché detrás de mí. Me giré y ahí estaba la señora Duarte, sonriendo—. Superaste la prueba.
—¿Qué prueba? —pregunté, desconcertada.
—Te ganaste a Tessa, manejaste a Noah, y no te derretiste por Luca. La mayoría falla en al menos uno de esos tres puntos —dijo, guiñándome un ojo.
—Oh… lo siento si fui un poco brusca —dije, algo apenada.
—No te preocupes. Me voy a Los Ángeles el lunes —respondió como si nada.
Era sábado.
—Luca entrena fútbol martes y jueves hasta las siete. También tiene práctica en las mañanas de lunes, miércoles y viernes. Puedes quedarte a dormir aquí los domingos, martes y jueves, si te resulta más cómodo.
—Está bien —respondí con una sonrisa cortés.
—Tessa entrena los lunes de cinco y media a seis y media. Los sábados juega a las once. Noah tiene Polo martes y jueves después del cole. Luca puede llevarlo a casa mientras tú te encargas de Tessa. Te dejaré todo apuntado y si necesitas algo, me llamas. ¿Vienes mañana?
—Sí, claro —respondí, tratando de no parecer abrumada.
—¿Te quedarás a dormir? Si no, Luca se hará cargo después de las nueve.
La idea de pasar la noche en la misma casa que Luca Duarte no me parecía tentadora, así que rechacé la oferta con la mejor sonrisa que pude.
Al llegar a casa, subí directo a mi habitación y me tiré sobre la cama. Esto apenas empezaba y ya olía a caos.