Sábado.
EVA
Unas cuantas semanas habían transcurrido desde todo el alboroto y el desafortunado incidente que tuve que vivir. Finalmente, mi vida parecía volver a la normalidad y tomar un nuevo rumbo.
Matías: — Voy en camino, no tardo
— Vale, te espero
Matías: — Adiós
Colgó la llamada, y noté que Clara, el ama de llaves, chef y encargada de la limpieza de la casa, estaba pasando la aspiradora por la sala.
— Déjamelo a mí, yo me encargo de la limpieza
Clara: — Señora, pero...
— El señor Melgar no se enfadará contigo, te lo prometo. Además, me aburro mucho estando aquí sin hacer casi nada — dije y ella sonrió con cortesía ante mi comentario.
— Es más, si quieres tomarte el día libre, adelante
Clara: — Muy bien, si eso es lo que desea, señora. Regresaré el lunes
— Perfecto, que te vaya bien
Ella apagó la aspiradora, recogió sus cosas y se fue. De hecho, no solo le dije que podía irse para que yo hiciera la limpieza y así distraerme, sino que también tenía otros planes en mente para cuando Matías volviera del trabajo. El principal: que me hiciera el amor.
El médico me había dado el visto bueno para retomar nuestra intimidad, y tenía muchas ganas de estar con Matías. Estaba decidida a dejar atrás todo lo negativo y vivir plenamente en el presente.
A continuación, empecé a limpiar lo que faltaba en la casa, recorriendo todas las habitaciones de ese amplio y lujoso hogar con un diseño minimalista. Por último, subí a la segunda planta, donde solo había dos habitaciones, una al lado de la otra. Una de ellas estaba cerrada y me llamó la atención, ya que el pomo de la puerta era dorado, a diferencia de los plateados de las otras habitaciones. Entonces, recordé haber visto una llave del mismo color en uno de los cajones de la mesita de noche de nuestra habitación. Fui a buscarla y, al regresar, probé la llave y la puerta se abrió.
“¿Dónde están las luces?”, me pregunté en voz alta al ver la habitación completamente a oscuras.
Comencé a tocar las paredes en busca de un interruptor, pero antes de encontrarlo, las luces se encendieron repentinamente, activadas por mi voz, lo que me asustó. Sin embargo, dado el lujo de la casa, no era sorprendente que contara con tecnología avanzada.
Miré a mi alrededor y me quedé atónita. La habitación tenía una paleta de colores rojo, dorado y n***o.
La alfombra que cubría el suelo era roja, y había dos camas: una roja que se consideraría normal y otra extraña. Además, en la pared había dos objetos de madera, grandes y misteriosos.
Intenté retroceder para salir de la habitación, pero me encontré con un cuerpo sólido. Cuando me giré, me di cuenta de que era Matías.
MATÍAS
Regresé del trabajo, entré a casa y empecé a buscar a Eva. Sorprendentemente, no la encontré en su habitación, lo que me llevó a recorrer las demás habitaciones antes de finalmente descubrirla en la última en la que menos esperaba encontrarla.
— Veo que ya la has descubierto — dije sonriendo cuando ella se dio la vuelta para mirarme.
Eva: — ¿Qué es todo esto? — preguntó atónita y volviendo a mirar la habitación.
— Mi patio de juegos
Eva: — ¿Eres un sádico?
Me miró otra vez, frunció el ceño y asentí a su pregunta.
— ¿Sabes lo que es?
Eva: — Hace mucho leí un artículo sobre esto — respondió adentrándose más al cuarto.
— ¿Por qué no me lo habías dicho?
— No quería causarte más preocupaciones — respondí en tanto ella abría un cajón en el que había varios vibradores y consoladores de diferentes tamaños y colores.
Eva: — ¿Desde cuándo lo eres?
— preguntó mientras cerraba el cajón que había abierto y se sentó en la cama.
— Desde los diecisiete
Eva: — ¿Por quién? ¿Tu padre?
— No, una niñera que tuve
Eva: — ¿Supongo que tú estuviste de acuerdo?
— Sí, y si no hubiera sido por ella, no hubiera sabido lo que me gusta.
Esto es lo que soy — mencioné y ella me miró, quedándose unos instantes en silencio.
Eva: — ¿Y si acepto que me hagas esto, me lastimarás?
— Nunca lo haría, no podría hacerte daño — respondí y me acerqué a ella, sentándome a su lado.
— Te haría solo lo que tú desearas y hasta donde quisieras experimentar
Eva: — ¿Y las mujeres con quienes lo haces se llaman sumisas?
— Sí
Eva: — ¿Y cuántas sumisas has tenido?
— Diez — respondí y ella bajó la cabeza, estaba pensativa.
Eva: — Quiero estar contigo, pero no quisiera que me trataras como una más
— Y no te trato así.
Tú eres diferente — mencioné tomándole de las manos y ella me miró a los ojos.
— No serás mi sumisa como tal, solo tendremos encuentros sexuales de diferente manera si lo deseas
Eva: — ¿Y qué hay de lo otro?
— preguntó y suspiré.
Estaba a punto de decirle algo que nunca imaginé, pero que, en el fondo, quería.
— No soy bueno en esto.
Nunca me he enamorado, es más, pensaba que el amor ni existía, pero ahora sé lo que me pasa.
¿Quieres ser mi novia?
Por fin lo expresé, con el pulso acelerado, pero con el corazón liberado de secretos. Cuando las palabras salieron de mis labios, sus ojos se iluminaron.
Eva: — Por supuesto, claro que quiero ser tu novia — respondió feliz.
— Sé que no es un buen lugar para pedirte que seas mi novia. Podría haber sido más creativo, pero quiero que lo sepas desde ahora. Quiero que sepas que quiero tenerte conmigo por tú me importas
Eva: — Solamente con que hayas sido sincero ahora mismo para decírmelo, me basta — dijo y sonreí.
— Entonces… ¿Qué te parece si celebramos este paso que acabamos de dar? — cuestionó después de varios minutos en silencio.
— Si quieres, vamos — propuse levantándome y ella obligó a sentarme de nuevo sobre el colchón.
Eva: — Pero aquí.
Quiero que me hagas todo lo que te gusta
Una parte de mí deseaba con ansias hacerle cualquier cosa en esta habitación, pero había otra que tenía miedo de saber que tal vez el recuerdo de cuando Eva fue abusada volviera a su mente. Yo no quería que eso ocurriera, ya que había sido reciente y podía ser posible.
Yo prefería esperar mucho más tiempo, aunque me muriera de ganas de hacerle lo que me gustaba.
— ¿Estás segura? — pregunté y ella asintió. Así pues, decidí hacer lo que me pedía.
La acosté en la cama y la besé en la boca, mientras le quitaba la ropa.
Cuando quedó desnuda, me levanté y fui a traer un antifaz.
Antes de ponérselo, me quité la camisa de vestir y con mi corbata le até las manos poniéndolas sobre su cabeza y amarrándola en el cabecero de la cama. Después, le tapé los ojos con el antifaz.
Luego, empecé a besar su cuello, haciéndolo con mucha lentitud para despertar el deseo en ella.
Bajé con besos desde sus hombros hasta llegar a su pecho, en el que noté que bajaba y subía con rapidez. En un principio pensé que era porque le estaba gustando lo que hacía, pero al ver que su cuerpo estaba tenso y al escuchar unos sollozos, le quité el antifaz y noté que ella estaba llorando.
— ¿Eva?
Eva: — No me hagas daño — pidió a punto de estallar a llorar y le desaté rápidamente las manos.
— Tranquila, no te haré daño — dije y la abracé.
Eva: — No puedo, no puedo hacerlo
— dijo llorando y aferrándose con fuerza a mi cuerpo.
— Tranquila, respira profundo, ya pasará
Joder, Eva estaba bastante mal. Normalmente, después de haber vivido una escena como la que a ella le tocó vivir, quedaban recuerdos en la mente que no eran fáciles de borrar o de superar y ella le estaba pasando eso.
Era como si entrara en trance y volviera a estar en esa situación, viviéndola otra vez en carne propia.
Minutos después, sentí su pulso estabilizarse y su cuerpo más relajado.
Eva: — Lo siento
— No tienes por qué disculparte por algo que no has hecho — dije, mientras miraba sus manos temblorosas.
Eva: — Creo que esto no va a funcionar, será mejor que terminemos
— ¿Por qué?
Eva: — Porque no puedo hacer las cosas que te gustan, no soy capaz — respondió con los ojos llenos de lágrimas.
— Date tiempo, es demasiado pronto para decirlo
Eva: — Pero te vas a aburrir de mí. No puedo ofrecerte lo que más quieres
— Pero en este momento eso no me importa — dije, levantándole la barbilla para que me mirara a los ojos.
— Tú me importas más que mis putos gustos
Eva: — Intentaré que esto ya no me atormente — dijo mientras le acariciaba las mejillas.
— El lunes te llevaré a ver a Anahí, mi psicóloga, para que te ayude
Eva: — Está bien
Aceptó y le di un beso en la frente. Luego, me acosté en la cama frente a ella, y nos quedamos en esa posición en silencio durante varios minutos, solo escuchando su respiración de fondo.
Eva: — Olvidando lo de antes, quisiera intentarlo otra vez.
Es que tengo ganas de que me lo hagas
— ¿Estás segura?
Ella asintió a mi pregunta y me dio un beso en los labios.
— Bien, lo haremos si quieres, pero no aquí ni de la misma manera
La tomé en brazos y la llevé a mi habitación.
Después, volví a comenzar besándola por todas partes nuevamente para que se empezara a excitar hasta que ella me dejó entrar y me metí en su intimidad, lo que la hizo gemir.
Mientras la penetraba lentamente una y otra vez, mi m*****o pedía follar rápido y complacer mis oscuros deseos, pero no podía.
Aguanté mis ganas de hacerlo, porque para mí el objetivo principal en ese instante era que Eva no se siguiera alterando y que sus recuerdos no la continuaran atormentando.
Ella me había cambiado desde que la había conocido porque a decidir verdad, nunca le hubiera hecho el amor a ninguna mujer, yo tenía sexo con ellas, que era diferente. A pesar de eso, a Eva se lo hacía con tanta pasión que no lo creía posible. Y ya no solo era por mí, era porque su cuerpo me obligaba a desatar esos sentimientos y emociones que tenía ocultos. Esas ganas de demostrarle a alguien lo que me importaba y cuánto quería que se quedara a mi lado.