Lunes, 11:33 am.
— ¿Cómo te gustaría el corte? ¿El de siempre? — pregunté amablemente a una de mis clientas más fieles.
Era una mujer de cincuenta años, carismática, que siempre compartía su vida mientras le arreglaba el cabello en la peluquería donde trabajaba desde hacía seis años, la cual era propiedad de mi amiga Paula.
Noa: — Sí, cariño. El de siempre
— ¿No te gustaría probar algo diferente? Estoy segura de que te quedaría genial
Noa: — Me gustaría, pero ya soy demasiado mayor para un cambio de “luks,” ¿o cómo se dice?
— Look — corregí, y ambas reímos.
— La gente envejece porque quiere. Es mejor hacer lo que deseas mientras tienes la oportunidad
Mientras la convencía, ella lo pensó por unos minutos hasta que finalmente accedió.
Noa: — Está bien, me has convencido
— No te arrepentirás, te lo aseguro
— dije feliz y comencé a cortar su melena pelirroja, dándole un corte tipo bob que le quedó fantástico, resaltando su rostro y haciéndola lucir más joven.
12:02 a.m.
Noa: — ¡Vaya! Te luciste. Muchas gracias
— No hay de qué, Noa
Noa: — Mis hijos y mi marido se sorprenderán al verme, así — mencionó emocionada, tapándose la boca con las manos en señal de asombro y alegría.
— Bueno, nos vemos la próxima vez que quieras un cambio en tu cabello
Noa: — Sí, y podríamos quedar para tomar un café o ir a comer juntas otra vez
— Me encantaría
Noa: — Muy bien, adiós, preciosa. Cuídate y ya nos veremos algún día
— Igualmente, cuídate. Nos vemos
— dije, mientras ella me daba un cálido abrazo, proveniente de una mujer cariñosa y materna, de esos que siempre me hicieron falta, ya que mi madre falleció cuando nací y nunca experimenté ese amor materno. Sin embargo, mi padre se hizo cargo de mí y siempre fui feliz junto a él.
De hecho, de vez en cuando le voy a visitar a su casa en las afueras de Barcelona, porque yo vivo por el centro de la ciudad.
15:05 p.m.
Paula: — ¡Por fin! ¿Vamos a comer algo?
— Sí, muero de hambre — respondí, cerramos la peluquería porque ya habíamos terminado por ese día y fuimos a un restaurante japonés cercano.
Paula: — ¿Cómo te fue con tu marido anoche?
— Igual que siempre, una continuación de ayer, anteayer, la semana pasada, el año pasado… ¿Quieres que siga? — dije con resignación, mostrando cuán desgastante se había vuelto mi relación.
Paula: — ¡Ay, amiga! ¿Qué harás?
— No sé, supongo que seguiré soportando — respondí con tristeza, mientras veía la preocupación reflejada en el rostro de Paula.
Paula: — ¿Has considerado alguna vez el divorcio?
— No, en gran parte por Pablo. No estaría de acuerdo
Paula: — Pero podrías intentarlo, ¿no crees?
— No lo sé. ¿Sabes lo que haré? Intentaré arreglar mi relación
Paula: — Eso dijiste hace un año y mira dónde estás ahora — dijo, mientras comía sushi.
— Pero cada vez que nos reconciliamos, parece ir bien. Quizás está cansado de la rutina, nada más
Paula: — No estoy convencida, pero como quieras.
— Por cierto, en unos días será la boda de alguien…
Paula: — Estoy emocionada
— Me alegra que te cases. Espero que tu esposo sepa cómo tratarte
Paula: — Julián no se compara en absoluto con Pablo
— Eso está claro. Julián es mucho más tranquilo que Pablo. Y hablando del rey de Roma…
Julián: — Hola chicas. Hola cariño
Saludó a Paula, sosteniendo a su hijo de apenas un año en brazos. Julián era un hombre amable, sociable y carismático, con ojos café y cabello rizado y n***o.
Paula: — Cariño, ¿cómo sabías que estaba aquí? — preguntó emocionada, tomando en brazos a Miguel, su hijo.
Julián: — Fui a la peluquería, pero ya habíais cerrado. Luego, llamé a Josep para preguntarle si sabía dónde estabas, y me dijo que estabas aquí.
Perdona, no te he preguntado. ¿Cómo estás, Eva?
— Estoy bien, gracia
Paula: — Cariño, toma asiento
Julián: — ¿No os importa que me una a vosotras?
— Por supuesto que no — respondí con una sonrisa amable.
Ellos eran perfectos. Formaban una pareja que irradiaba amor y respeto. Era felicidad en estado puro, y su familia era hermosa.
Aunque yo todavía no había tenido esa suerte, no me quejaba, aun si yo no podía vivir en carne propia la felicidad de su matrimonio y su familia.
Pues, al menos, tenía a Paula como amiga, lo que me hacía feliz al verla en una buena relación y viendo crecer a su familia.
Martes, 21:13 p.m.
Estaba terminando de preparar la cena y, sabiendo que mi marido regresaría pronto del trabajo, le serví un plato.
— Hola cariño, ¿cómo estuvo tu día en el trabajo?
Saludé a mi esposo mientras él se acercaba a la mesa del comedor.
Pablo: — El taller estuvo lleno de trabajo, como siempre puedes imaginar. ¿Cocinaste?
— Sí, la cena ya está servida
Le entregué un plato de pescado al horno con verduras recién cocinadas y él se sentó en la silla.
Durante unos minutos, ambos permanecimos en silencio.
Entonces, dudé si mencionar lo que tenía en mente, pero finalmente me atreví.
— Cariño, estaba pensando en salir a dar un paseo juntos por algún lugar
Pablo: — No tengo tiempo para eso
— Sería un paseo breve, no llevaría mucho tiempo
Pablo: — Ya veremos
Bueno, no obtuve la respuesta que esperaba, pero aún tenía la posibilidad de convencerlo.
— ¿Y qué te parece si esta noche hacemos el amor? No lo hemos hecho en dos semanas — mencioné abrazándolo por la espalda y dándole un beso en la mejilla.
Pablo: — Mañana tengo que trabajar y estoy cansado
— Por favor, no hemos tenido intimidad últimamente. ¿Qué dices?
Le besé el cuello y luego me senté en su regazo. Finalmente, aceptó mi petición y nos dirigimos a la habitación. Nos desvestimos y comenzamos a hacer el amor.
Sin embargo, esa noche no fue tan magnífica como esperaba.
Desde la noche de bodas, no me había sentido amada durante el sexo.
La atención de mi esposo últimamente se había centrado en su propio placer, no en el mío. No me tocaba como a veces le sugería, ni me daba los besos que anhelaba para sentirme querida durante el acto. Tampoco se esforzaba por asegurarse de que yo alcanzara el clímax.
Y las veces que teníamos intimidad, parecían estar destinadas únicamente a satisfacerlo a él, como si yo fuera una máquina para darle placer, y no se preocupaba por mi satisfacción.
¿Y el mío qué? ¿Qué hay de preocuparse por mí y de hacerme tener aunque sea un orgasmo?
Y es que nunca había tenido un orgasmo y no conocía esa sensación, pero él seguramente sí, ya que yo sí me esforzaba por él y hacía hasta lo imposible para satisfacerle.
Cinco minutos después de comenzar, él llegó al clímax, y así terminó lo que llamábamos nuestra noche de sexo. En realidad, fue su noche de sexo, puesto que yo no disfruté en absoluto.
Era la misma historia cada vez.
Nuestra relación se estaba deteriorando, y lo mismo ocurría con nuestra vida s****l.
La intimidad se reducía a una vez al mes, y a veces, dos veces si él quería.
Sinceramente, yo estaba cansada de su falta de interés y ya no tenía ganas de pedirle que tuviéramos noches como esa. En otras palabras, él era insípido en la intimidad y en muchos otros aspectos de la vida también.
Y si alguien me hubiera advertido antes de casarme de cómo sería mi matrimonio, no lo habría aceptado, eso sin dudarlo.
Miércoles.
Volví a encontrarme en la peluquería, justo cuando estaba a punto de cerrar, y para mi sorpresa, recibí una propuesta emocionante que jamás habría esperado.
Paula: — ¡Cariñooo! — exclamó, corriendo hacia mí mientras estaba cerca de la puerta.
— ¿Qué sucede?
Paula: — No te lo vas a creer. ¿Recuerdas al encargado del vestuario y maquillaje del evento de modelaje en Alemania?
El que mencioné hace unos días
— ¿Del evento de los multimillonarios?
Paula: — Ese mismo
— ¿Y qué ha pasado?
Paula: — Aceptó mi propuesta y quiere que vayamos a ayudar con los peinados de sus modelos
— ¿¡En serio!?
Paula: — ¡Sí!
— No puedo creerlo
Paula: — Pues créetelo, en tres días, tú y yo nos vamos a Alemania
— ¡Estoy emocionada! — Exclamé, saltando de alegría.
Paula: — La paga será muy buena, estoy segura, ya que este evento es exclusivo y solo asistirán millonarios
— Eso está claro
Paula: — Ahora iré a reunirme con el encargado y finalizar los detalles. ¡Prepara tu maleta!
— ¡Lo haré! — reí emocionada.
22:26 p.m.
Regresé a casa llena de felicidad. No podía creer que estaría viajando a otro país por trabajo, haciendo lo que amaba.
— Hola cariño, ¿cómo te fue hoy?
Pablo: — Lo mismo de siempre
— respondió, entrando en la habitación. Yo estaba sentada en la cama, esperando a hablarle sobre mi viaje.
— En tres días, tengo que viajar a Alemania por trabajo y…
Pablo: — No irás
— ¿Eh?
Pablo: — Lo he dicho, no irás
— Pero cariño, es una parte esencial de mi trabajo, y no puedo perder esta oportunidad. Por favor, déjame ir.
Es un evento muy importante, y me pagarán más de diez mil euros solo por peinar a algunas modelos
En realidad, no sabía la cantidad exacta que nos pagarían, pero mencionar esa cantidad hizo que él reconsiderara su posición.
Pablo: — ¿Cuántos días estarás fuera?
— Solo dos, lo que dura del evento
Pablo: — Está bien
— ¿Me dejas ir?
Pablo: — Sí
— Gracias, gracias, gracias — exclamé, levantándome de la cama rápidamente y dándole besos en la mejilla.
Pablo: — Ajá, me voy a duchar
— Te amo — dije, pero él no respondió con un “te amo” a su vez. Sin embargo, para mí, lo más importante era la oportunidad de ganar un buen dinero para gastar o ahorrar, y no si él me devolvía el “te amo” en ese momento.