Un nuevo día, mismo comienzo. Pasó la mayor parte de la mañana escribiendo, la inspiración a flor de piel y aprovechó para dedicar todo su numen a los personajes y desenlace de su próxima obra. Su novela llegaba al declive inminente del final y, a raíz de eso, optaba por perderse en los nimios detalles y cabos sueltos. Todo quebró cuando el gruñido de su estómago lo sacó de su numen; comprobó que todo quedase meramente bien y terminó cerrando el portátil. Notó de soslayo a la pelota de pelo ébano pasearse con aires de extrema elegancia y esbozó una sonrisa por simple inercia. —Veo que no soy el único con hambre —profirió, incorporándose el sofá—. Mávros, anda, acompáñame a la cocina y vemos que hay de comer. Maldecir se convirtió en parte de su día a día y, por ello, no faltó que soltas

