Durante unos segundos que le parecieron eternos se quedaron mirándose fijamente hasta que él rompió el silencio. —Me alegro de que mirarme haya logrado calmarte. Ella se sonrió nerviosa y se cacheteó mentalmente por haberse quedado lela como si sus capacidades mentales fueran limitadas. Se secó las lágrimas y le extendió nuevamente el pañuelo. —Muchas gracias por ayudarme, soy Jade —pronunció la muchacha un poco más tranquila. — Hola, Jade. Un placer y por el pañuelo no te preocupes, puedes quedártelo —respondió el hombre sentándose a un lado de ella en el banco. —Eres exactamente como él —declaró con un atisbo de sorpresa mezclada con curiosidad. —Sí, ¿Se nota verdad? Y yo que pensaba decir que no lo conocía — bromeó el hombre. —No sabía que tenía un hermano gemelo, aunque no es qu

