El silencio en la sala de velación era denso, un silencio que pesaba sobre Isabella como una losa. No era el silencio tranquilo de la paz, sino un silencio cargado de ausencias, de un dolor sordo que resonaba en cada rincón de la estancia. No estaba acostumbrada a este tipo de solemnidad, a este vacío que dejaba la muerte. Sebastián, con la frialdad práctica que lo caracterizaba, se había encargado de todos los trámites, gestionando los recursos del patrimonio de su padre con una eficiencia casi despiadada. Al menos, esa diligencia le había permitido a Isabella tener un espacio para procesar su duelo, para llorar a solas la pérdida de su progenitor, lejos de las miradas inquisitivas.
Sabía que, para las personas de su círculo social, un funeral era mucho más que un acto de despedida. Era un escenario donde los cuchicheos se convertían en juicios, donde los chismes florecían al amparo de la solemnidad, y donde la prensa encontraba un filón para alimentar su maquinaria de noticias. Isabella era consciente de que cada gesto, cada lágrima, cada palabra sería analizada, diseccionada y, probablemente, magnificada.
La confirmación de esta realidad la recibió apenas las puertas del ascensor se abrieron en el piso de la funeraria. Tres reporteros, con sus rostros ávidos de información, aguardaban a la entrada. A pesar de los esfuerzos de Leonardo por mantenerlos a raya, gracias a algunos contactos que, sin duda, implicaron una considerable suma de dinero, había sido imposible evitar su presencia por completo. Al menos, habían logrado impedir que entraran con sus cámaras y equipos de grabación.
Al entrar en la sala, el aliento se le cortó a Isabella. Un imponente arreglo floral blanco enmarcaba una fotografía de su padre. En ella, Jean-Luc Valois sonreía con la seguridad y el aplomo que siempre lo habían caracterizado. El nudo en la garganta que había logrado controlar durante los últimos días se apretó con fuerza, y las lágrimas, que creía haber agotado en la intimidad de su hogar, volvieron a brotar con intensidad. Se permitió un instante de debilidad, dejando que las lágrimas resbalaran por sus mejillas mientras avanzaba lentamente hacia el féretro.
Con la mano temblorosa, acarició la superficie fría del cristal que cubría el rostro de su padre. Sus dedos recorrieron los contornos de su rostro en la fotografía, deteniéndose en la sonrisa que parecía observarla desde el más allá. Los recuerdos, como flashes de una película, inundaron su mente: las conversaciones sobre negocios, sus consejos, sus silencios, sus abrazos…
—Papá —susurró Isabella, con la voz entrecortada por el llanto—. Te prometo que no te defraudaré. Le diste tu vida a Inversiones Valois… y yo… yo seguiré tu legado. Llevaré a la empresa a lo más alto, con Ícaro. Te lo juro. Descansa en paz… Hiciste un buen trabajo. Te amo.
Al darse vuelta, Isabella se vio rodeada por un pequeño grupo de conocidos. Rostros familiares que, bajo otras circunstancias, le habrían resultado reconfortantes, ahora solo representaban una carga más. Incluso Genevive se acercó a expresarle su pésame, con una expresión de fingida consternación que a Isabella le revolvió el estómago. Eran buitres carroñeros, ávidos de información, buscando aprovecharse de su dolor para obtener algún beneficio, alguna primicia que alimentar sus propias ambiciones. Isabella sentía una profunda repulsión ante esa hipocresía, un deseo irrefrenable de alejarse de esa atmósfera enrarecida.
—Señorita Isabella, ¿le gustaría que le trajera algo de beber? —la voz suave y preocupada de Victoria, su secretaria y confidente, la rescató de sus pensamientos. Victoria, una mujer discreta y eficiente que siempre había sido un apoyo incondicional para Isabella, parecía ser el único faro de sensatez en medio de esa tormenta emocional—. O, si lo prefiere, podemos salir un momento a tomar aire fresco.
—Creo que un poco de agua me vendría bien, Victoria —respondió Isabella con una débil sonrisa, agradeciendo profundamente su presencia. Se dejó caer suavemente en una de las sillas dispuestas en la sala, sintiendo el cansancio acumulado pesar sobre sus hombros.
Pero la soledad no duró mucho. Para su sorpresa, un pequeño grupo se acercó a ella. Eran su equipo, su gente, aquellos con quienes había compartido incontables horas de trabajo, de sueños y de frustraciones. Cinco personas que, a lo largo de más de diez años, se habían convertido en mucho más que simples colegas. Dos hombres y tres mujeres que, junto a ella, habían dado forma a Ícaro, invirtiendo en el proyecto no solo su talento, sino también su corazón. Sus presencias, silenciosas pero firmes, irradiaban una calidez que comenzó a disipar la densa nube de tristeza que la envolvía. Isabella sintió una oleada de gratitud hacia ellos. En ese momento, comprendió que ese pequeño grupo era su verdadera familia, su mayor apoyo. La pesadez que la había acompañado desde la noticia comenzó a aligerarse. La compañía de su equipo era una terapia mucho más efectiva que cualquier sesión con un psicólogo.
Sin embargo, en medio de tanta tensión, era prácticamente imposible mantener la calma por más de unos instantes. La inquietud regresó con fuerza al ver a Genevive aproximándose con paso firme. Su presencia, siempre imponente, se antojaba aún más desmedida en ese contexto de duelo. Vestía un elegante vestido n***o que, a los ojos de Isabella, resultaba más presuntuoso que apropiado para la ocasión, como si se tratara de una pasarela en lugar de un funeral. Genevive miró a los miembros del equipo de Isabella con una displicencia apenas disimulada, como si fueran simples insectos que debía espantar para tener vía libre.
—Isabella, me gustaría conversar contigo —dijo Genevive con una sonrisa forzada, una máscara de falsa compasión que no engañaba a nadie. Su mirada, fría y calculadora, recorrió el rostro de Isabella—. A solas.
Isabella, con un suspiro resignado, asintió y se despidió de su equipo con una mirada de agradecimiento. Sabía que esa conversación no presagiaba nada bueno.
Una vez a solas, Genevive se sentó junto a Isabella, con una compostura que rayaba en la arrogancia. Sus dedos, adornados con anillos ostentosos, jugueteaban con la taza de café que sostenía entre sus manos, como si se tratara de un trofeo.
—Quiero que entiendas que las cosas pueden complicarse mucho para ti, querida —comenzó Genevive con un tono de voz suave, casi condescendiente, pero con una mirada que delataba sus verdaderas intenciones. Una mirada que evaluaba, que medía, que calculaba—. Es muy probable que se inicie una disputa legal por el control de Inversiones Valois. Los accionistas… ya sabes cómo son. Querrán que alguien con… experiencia, ocupe el cargo de presidente. Y, seamos sinceras, Isabella… no son muy favorables a las mujeres en puestos de tanta responsabilidad —Genevive bebió un sorbo de su café con una lentitud estudiada, como si saboreara cada palabra que decía. Isabella observó sus movimientos con atención, notando la falsedad en cada uno de sus gestos—. Si me lo permites —continuó Genevive, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—, puedo ofrecerles mi ayuda. A ti, a Sebastián… incluso a tu otro hermano. Puedo ayudarlos a encontrar una solución… una solución que, por supuesto, nos beneficie a todos.
—¿Por qué me estás diciendo todo esto a mí? —preguntó Isabella con voz firme, sin apartar la mirada de Genevive. A lo lejos, Sebastián seguía absorto en su celular, ajeno a la tensa conversación que se desarrollaba a pocos metros de él—. Alessandro y Sebastián son los mayores. Incluso alguien como tú, Genevive, debe conocer a la perfección la línea de sucesión en una empresa familiar. —Isabella entrecerró los ojos, intentando descifrar las verdaderas intenciones que se escondían tras las palabras de la asesora financiera—. ¿Por qué te diriges precisamente a la mujer… a la menor de la familia?
Una fina línea de tensión se dibujó en el rostro de Genevive ante la pregunta directa de Isabella. Por un instante, la máscara de amabilidad que había mantenido hasta entonces pareció resquebrajarse, dejando entrever una dureza implacable. Sin embargo, rápidamente recuperó la compostura, esbozando una sonrisa que resultaba aún más inquietante por la frialdad que transmitía.
—Porque sé perfectamente que tu padre… —Genevive hizo una breve pausa, como sopesando sus palabras, antes de continuar con un tono de voz suave, casi confidencial—, quería que fueras tú quien llevara la batuta en Inversiones Valois. Él veía en ti un potencial… una visión… que, lamentablemente, no veía en tus hermanos.
La revelación tomó a Isabella por sorpresa, aunque no porque dudara de las preferencias de su padre. Jean-Luc siempre había depositado una gran confianza en ella, reconociendo su inteligencia y su capacidad para los negocios. Lo que la sorprendía era la desfachatez de Genevive al expresar algo tan personal y delicado en un momento como aquel.
—Sé que desconfías de mí, Isabella —continuó Genevive, con un suspiro fingido de resignación. Se inclinó ligeramente hacia adelante, como si compartiera un secreto inconfesable—. Y lo entiendo. He sido… leal a tu padre durante muchos años. Mi trabajo siempre ha estado enfocado en proteger sus intereses, en asegurar el futuro de Inversiones Valois. Ahora… —hizo una nueva pausa, su mirada fija en los ojos de Isabella, intentando transmitir sinceridad—, quiero protegerte a ti. Quiero ayudarte a mantener el legado de tu padre.
—Jean-Luc siempre confió en ti, Isabella. Siempre supo que tenías el potencial para llevar Inversiones Valois a lo más alto —continuó Genevive, con una voz suave y melosa que contrastaba con la dureza de sus ojos—. Pero también era un hombre… precavido. Quería asegurarse de que estuvieras preparada para asumir una responsabilidad de tal magnitud. Quería verte convertida en una mujer… madura.
Con un movimiento lento y calculado, Genevive sacó un fragmento doblado de un documento de su bolso. Lo desplegó con cuidado sobre la mesa, alisando las arrugas con la yema de sus dedos, como si se tratara de una reliquia valiosa. Señaló con una uña pintada de un rojo intenso una cláusula específica, justo en el centro del papel.
—Aquí está —dijo Genevive, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una sonrisa que más bien parecía una mueca de triunfo—. La condición que tu padre te impuso para heredar el control total de Inversiones Valois.
Isabella sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su mirada se clavó en el documento, en las palabras impresas que comenzaban a difuminarse entre las lágrimas que amenazaban con brotar de nuevo. Sabía que su padre era un hombre de negocios astuto, que no dejaba cabos sueltos. Pero nunca imaginó que su herencia estuviera sujeta a una condición tan… específica.
Genevive observaba a Isabella con atención, saboreando su desconcierto, su vulnerabilidad. Su mirada brillaba con una intensidad extraña, una mezcla de satisfacción y anticipación.
"Para proteger el futuro de mi hija, Isabella Valois, y el de Industrias Valois, dispongo que, para heredarla plenamente, deberá contraer matrimonio en tres meses con un hombre de negocios de reconocida trayectoria y liderazgo. De lo contrario, un tutor legal asumirá el control hasta que ella lo considere pertinente."