La travesía hacia la clínica se le antojó una eternidad a Isabella. Cada segundo que pasaba se sentía como una tortura, una agonizante espera que solo aumentaba su angustia. Deseaba con todas sus fuerzas que Leonardo acelerara aún más, pero era consciente de que ya conducía al límite de velocidad permitido. En su mente, como un disco rayado, resonaban las últimas palabras de su padre, la calidez de su mano sobre su hombro, su mirada llena de una extraña mezcla de orgullo y una exigencia silenciosa. “No me defraudes”. La frase, que hasta hacía unas horas había sentido como un impulso, ahora resonaba como una acusación. ¿Cómo podía siquiera pensar en Ícaro, en el trabajo, en cualquier otra cosa, cuando la vida de su padre pendía de un hilo? La culpa, como una sombra oscura, se aferraba a ella, alimentando su creciente pánico.
Al llegar a la entrada de la clínica, Isabella apenas esperó a que el auto se detuviera por completo. Abrió la puerta y salió casi corriendo, sintiendo el aire frío de la noche golpear su rostro. No se detuvo a mediar palabras con Leonardo; su único objetivo era llegar hasta su padre. Entró a la clínica con pasos rápidos y decididos, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. La recepción, con sus luces brillantes y su atmósfera aséptica, le pareció un lugar irreal, ajeno a la tormenta que se desataba en su interior.
—Buenas noches —dijo Isabella a la recepcionista, su voz temblando ligeramente, pero con una determinación que ocultaba a duras penas su angustia—. Busco a Jean-Luc Valois, mi padre. Ingresó hace unos momentos.
La tensión y la preocupación eran palpables en su rostro, en la forma en que sus manos se aferraban a su bolso, en la intensidad con la que pronunciaba cada palabra. Sus ojos oscuros, normalmente llenos de vida, ahora reflejaban un profundo temor.
—El paciente VIP —reconoció de inmediato la recepcionista, con una expresión de profesionalismo que no alcanzaba a ocultar cierta inquietud. Tomó el teléfono interno con manos rápidas y marcó un número—. Por favor, permítame un momento. ¿Es usted la señorita Isabella Valois?
—Soy yo —respondió Isabella, con la voz apenas audible. Intentó controlar su respiración, pero su pecho subía y bajaba con rapidez.
La recepcionista conversó brevemente con la persona al otro lado de la línea, utilizando un lenguaje técnico que Isabella apenas registraba. Su mente estaba fija en su padre, en la imagen de él en una camilla, rodeado de médicos. Solo quería que le dijeran dónde estaba, correr a su lado, asegurarse de que estuviera bien. Cada segundo que pasaba se sentía como una eternidad. Sabía que debía mantener la compostura, que no podía permitirse perder el control, pero la angustia la consumía por dentro.
—Señorita Valois —dijo finalmente la recepcionista, con una mirada comprensiva—, su padre se encuentra en el piso 12, habitación A-3.
Apenas escuchó el número de piso y habitación, Isabella salió disparada hacia los ascensores, con el corazón latiendo a un ritmo frenético. Leonardo, que la había alcanzado tras estacionar el auto a toda prisa, la siguió de cerca, notando la urgencia desesperada en sus movimientos. El trayecto en el ascensor se sintió eterno, cada segundo una puñalada más a su ya atormentado corazón. Las puertas finalmente se abrieron en el piso 12. Isabella salió casi corriendo por el pasillo, buscando con la mirada el número A-3.
Al llegar a la habitación, su respiración se entrecortó. A través del cristal de la puerta, pudo ver a su padre recostado en la cama, rodeado por dos médicos y una enfermera. Su padre, siempre tan fuerte, tan imponente, ahora yacía allí, vulnerable, con el rostro marcado por hematomas y heridas. La palidez de su piel contrastaba con el blanco de las sábanas, creando una imagen que le desgarró el alma. Isabella sintió un nudo en la garganta que le impidió respirar por un instante. Era una imagen que jamás creyó posible ver.
Con la mano temblorosa, abrió la puerta de la habitación, atrayendo la atención de los profesionales. La enfermera, que estaba ajustando el monitor de signos vitales, se giró hacia ella con una expresión seria pero comprensiva.
—¿Usted es familiar del paciente? —preguntó con voz suave, pero firme.
—Soy su hija —respondió Isabella, con la voz apenas un susurro, sintiendo las lágrimas amenazando con brotar. La irrealidad del momento la envolvía, como si estuviera viviendo una pesadilla. Era la primera en llegar, la primera en ver a su padre en ese estado. La responsabilidad, el peso de la situación, se asentaron sobre sus hombros con una fuerza abrumadora—. ¿Qué… qué ha pasado? ¿Cómo está?
Uno de los médicos, un hombre de mediana edad con el rostro marcado por la experiencia, se acercó a Isabella con un gesto grave.
—Señorita Valois —dijo con voz pausada, pero con un tono que no presagiaba nada bueno—, si me acompaña, por favor. Necesitamos hablar en privado.
Isabella asintió, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Cada paso que daba fuera de la habitación se sentía como un alejamiento de la única persona que importaba en ese momento. Al salir al pasillo, el médico se detuvo y la miró a los ojos, con una expresión que confirmaba sus peores temores.
—Su padre ha sufrido un accidente de tráfico de considerable gravedad —comenzó el médico, con voz grave—. Presenta múltiples lesiones, incluyendo un traumatismo torácico severo. Estamos haciendo todo lo posible, realizando pruebas y estabilizándolo, pero su estado es crítico. Existe un riesgo real de complicaciones.
—¿Qué… qué más se puede hacer? —preguntó Isabella, con la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas. Sintió un mareo repentino, una oleada de frío que la recorrió de pies a cabeza, amenazando con hacerla caer. Afortunadamente, el brazo firme de Leonardo la rodeó con suavidad, ofreciéndole un apoyo que agradeció profundamente. Se aferró a él por un instante, buscando un poco de estabilidad en medio del caos que se desataba en su interior—. Por favor… tienen que salvarlo.
—Haremos absolutamente todo lo que esté en nuestras manos, señorita Valois —respondió el médico con una voz grave, pero llena de una serenidad que intentaba transmitirle algo de calma—. Sin embargo, debo ser sincero. Las lesiones de su padre son graves. Existe un riesgo de contusión pulmonar, que es como un hematoma en el pulmón, y también la posibilidad de que desarrolle un SDRA, un Síndrome de Distrés Respiratorio Agudo. Es una condición muy seria en la que los pulmones se inflaman y tienen dificultad para oxigenar la sangre.
Isabella sintió un escalofrío al escuchar las palabras del médico. Aunque no entendía completamente los detalles técnicos, la gravedad de la situación era innegable. La imagen de su padre luchando por respirar la atormentó. Cerró los ojos por un instante, intentando contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse. La calma del médico, aunque profesional, no lograba disipar el miedo que la atenazaba.
El médico, notando su angustia, apretó los labios con gesto comprensivo.
—Entiendo su preocupación, señorita Valois —continuó con voz suave—. De momento, lo más importante es que confíe en el equipo médico y en los procedimientos que estamos llevando a cabo. Le aseguro que estamos haciendo todo lo humanamente posible para estabilizarlo y minimizar los riesgos. Podrá pasar a verlo en cuanto terminemos las primeras evaluaciones. Le avisaremos en cuanto sea posible.
—Gracias, doctor —dijo Leonardo con voz firme, transmitiendo a Isabella un apoyo silencioso pero reconfortante. Asintió con la cabeza al médico, despidiéndolo con un gesto de respeto antes de que este regresara a la habitación.
Se giró hacia Isabella, que seguía con la mirada perdida y el rostro pálido. La tomó suavemente de la mano, sintiendo el frío de su piel.
—Vamos, Isabella —dijo con voz suave, guiándola hacia una sala de espera cercana—. Sentémonos un momento. ¿Te gustaría beber algo? Un café, un vaso de agua… lo que te apetezca. Necesitas tomarte un respiro.
—No… no quiero nada —respondió Isabella, negando con la cabeza y llevándose una mano a la frente, como si intentara contener el torbellino de pensamientos que la asediaban. La preocupación se manifestaba en su rostro pálido y en la tensión que crispaba sus facciones—. Solo quiero que papá esté bien.
—Y lo estará, Isabella. Estoy seguro de que así será —dijo Leonardo con voz suave, transmitiéndole una calma que él mismo no sentía del todo. Colocó una mano reconfortante en su espalda, ofreciéndole un apoyo silencioso pero firme.
En ese instante, un silencio denso se instaló entre ellos, un silencio cargado de incertidumbre y temor. Isabella cerró los ojos por un momento, intentando visualizar el rostro de su padre, su sonrisa, su mirada llena de fuerza y determinación. Pero la imagen se veía empañada por la visión de él en la cama del hospital, vulnerable y conectado a máquinas. Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.
Leonardo apretó suavemente su mano en señal de apoyo, observando con preocupación el rostro de Isabella, cada vez más pálido. Sabía que las siguientes horas serían cruciales, una larga y angustiosa espera llena de interrogantes sin respuesta.