Lombardía, Italia.
Dos años después.
Dante Cavalli estaba fumando un habano de mil euros cuando el Consigliere de la familia le dijo que su hermana, su padre y el resto de su familia estaba en las camionetas que los llevarían al aeropuerto. Dante permaneció en silencio y el Consigliere cerró de nuevo la puerta de su despacho. Dante hundió la punta de su habano en el cenicero y cerró la carpeta que tenía abierta en el escritorio. Dos malditos años sin respuestas. Dos malditos años buscando una mujer que parecía un fantasma. No había un registro de ella, y ni todo el poder de la Sacra Famiglia encontró a aquella mujer que bailó para él la última noche libre de su cuñado.
Dante había movido cielo, mar y tierra por ella, y aun conservaba una pulsera que la mujer dejó en su cama esa noche. Podía olfatear su perfume en el aire, y la tenía tan marcada en los huesos y la piel, que era imposible olvidarla. Se metió hasta lo más profundo, y cuando quiso olvidarla, solo la recordó más.
Pasó mucho tiempo buscando a esa mujer, y ese día, cuando se cumplían dos años de su desaparición, se levantó de la silla con la carpeta y la arrojó al fuego de la chimenea. Pudo mirar la poca información que encontró sobre ella, quemarse en el fuego ardiente. Las llamas se reflejaban en los ojos oscuros de Dante, y cuando respiró las cenizas, tiró de su saco y abrió la puerta. Toda su familia lo esperaba, y colocándolo sobre sus hombros, caminó con paso decisivo hasta la entrada y subió a su Rolls Royce Cullinan. La camioneta arrancó al hangar que estaba en el aeropuerto de la familia, y una vez abordaron el jet, su padre, Alessandro Cavalli, encendió su habano y su hija le comentó que no podía fumar frente al bebé que perpetuaría la Sacra Famiglia.
—Nuestra familia aprendió a fumar y matar antes de poder caminar —dijo cuando soltó dos círculos ardientes—. Mi primer nieto llevará nuestras tradiciones en su alma.
Dante rememoró la cantidad de mujeres que el primer grupo a su cargo encontró la última vez. Todas eran prostitutas, pero ninguna era Fantasy. Deslizó por cada mujer de cuerpo completo y amplió algunas que se parecían, más no encontró nada. Fantasy estaba perdida en el tiempo, deambulando solo en su mente. No era un espíritu. Era real. Se sintió dentro de ella, húmedo, punzante, tajante. Sintió sus ojos penetrantes tatuarle el alma. La sintió tan suya, que no se resignaba a perderla para siempre.
Su hermana estaba sentada en el asiento frente a él, con un pequeño bebé apretando su pezón y sacando leche. Su boca succionaba, y su esposo estaba hablando con su suegro sobre la siguiente misión que le daría, cuando la mirada curiosa de su hermana cayó sobre el teléfono de su hermano. La mujer conocía parte de la historia, pero jamás imaginó que sería trascendental.
—Mi hermano, el que se enamora de una cagna (puta) diferente cada fin de semana, le ha dedicado mucho tiempo a esa.
Dante desvió la mirada y la miró bajo las largas pestañas negras. Ella se parecía mucho a él, solo que con más corazón. Dante era el maldito de la familia, la oveja negra, la parte cavernícola y primitiva. Era el crimen disfrazado de heroísmo y patriotismo, y la persona más inestable que alguien podía conocer. Tenía tantos defectos, pero estaba tan enraizado en la mafia, que Greta, su hermana, no concebía el hecho de que dejara su vida a un lado para emprender una búsqueda sin respuestas, solo por una cagna.
—¿Mi búsqueda interfiere con tu matrimonio?
—No.
—Entonces cierra la maldita boca —dijo ronco antes de regresar al teléfono y apenas empujar su cintura hacia afuera—. Si tú le abriste las piernas a un estúpido como él, no es asunto mío.
Dante deslizó de nuevo el dedo por la pantalla.
—Soy más selectivo.
Su hermana sonrió.
—No eres selectivo. Eres un maldito obsesivo.
—De nuevo pregunto —respondió sin mirar—. ¿Te afecta?
A ella no le afectaba y tampoco debería importarle. No se trataba de otra cosa que no fuesen las obsesiones poco sanas de su hermano. Debería estar acostumbrada a ellas. Mató a su última novia por eso, por una obsesión. Lo que le preocupaba era que perdiera un poco más la cabeza porque ella no quería ser encontrada, e incluso se lo comentó, a lo que él respondió:
—Nadie jamás se escapará de mí —dijo cuando la miró—. Por mi apellido, encontraré a esa mujer. Lo juro por mi sangre.
Ella movió un poco al bebé y miró que tenía los ojos cerrados.
—¿Por qué te obsesiona tanto esa mujer?
Dante se lo preguntó muchas veces. Solo era una cagna más del montón de mujeres que tenía su harén. No hizo nada extraordinario más que obedecerlo como cualquier otra puta, pero esa maldita cintura, esa boca envuelta en su pene, esas manos masajeando su erección, su lengua lamiendo el semen del piso, sus nalgas golpeando sus muslos y esos malditos gemidos que no paraban de resonar en su cabeza como un puto eco. Incluso el puto aroma de su sudor era diferente, y su hermana tenía un punto: estaba obsesionado, pero ¿quién no lo estaba por una mujer que podía envolver sus piernas y torcerlo al mismo tiempo? Entró en su cabeza, devoró su alma, perforó su corazón.
Dante Cavalli nunca fue el mismo, y su sangre tampoco.
—Ella me dejó en esa cama esa noche, y nadie me abandona —gruñó con esa voz ronca que hacía las campanas de las iglesias rebotar—. Nadie abandona al maldito Dante Cavalli.
Para ella esa no era suficiente razón, pero no le discutió más. Nunca se ganaba una discusión con Dante, y ese debía ser un viaje importante. Era el bautizo del primer nieto de la familia. Tercera generación de Sacra Famiglia. Había todo un legado sobre sus hombros, y la sangre más poderosa de Italia fluía en sus venas. Ese niño era tan importante como Alessandro, Dante, incluso Greta. La sangre que fluía por sus venas tenía una masa de dinero, un imperio, una fortuna inmensurable. Ese pequeño que estaba pegado al pezón de su madre, tenía el futuro marcado.
—El Duomo de Milán —dijo su hermana cuando miró por la ventanilla y notó la cercanía del suelo. Descendían lento, y el sol naranja se reflejaba en los picos de las iglesias, en los tejados hermosos, en las aves que sobrevolaban y en los ojos grises del bebé más peligroso de toda la maldita Italia—. ¿No crees que fue demasiado viajar hasta Milán para bautizar a nuestro hijo?
Dante miró al pequeño. Su mano estaba apretada en un puño y sus labios apretaban el pezón de su hermana. No solo era un pequeño. No solo era un bebé ordinario. Era todo para la familia.
—Mi sobrino será al siguiente Capo di tutti capi de nuestra organización, y en esa emblemática iglesia sucedió uno de los eventos más importantes ocurridos en la antigüedad, como fue la coronación de Napoleón como rey de Italia en 1805 —dijo dando información general—. Él será nuestro siguiente rey.
Greta arrugó las cejas.
—Es un niño.
—No lo será siempre.
A Greta le preocupaba un poco el peso que la familia Cavalli colocaba en los herederos. Fue ese peso el que torció la vida de Dante para siempre, y viendo lo que su hermano era, no lo quiso para su hijo. Tuvo la desdicha de tener un varón que sería el capo de todos los capos, pero también el hombre más buscado. Su pequeño bebé tenía una mira en la espalda con apenas unos meses. ¿Cómo soportaría verlo en unos años convertido en otro Dante?
—Mi hijo no tiene que ser el Capo di tutti capi, si tu tienes un hijo —susurró ella—. Por legado, primero gobernaría el tuyo. Esta prisión es como una monarquía, y el primogénito siempre gana.
Dante no sonrió. Solo la miró. ¿Hijos? ¿Cómo podría un hombre como él tener hijos? Era impensable. Inimaginable.
—Tener hijos y paciencia, es algo que no deseo —dijo mirando al bebé—. Quiero la mejor providencia para el tuyo, y lo protegeré con mi vida, pero no quiero una descendencia de mi parte. Que la tuya rija la siguiente generación que nos mantendrá en alto.
Dante sacó el encendedor con una calavera en la parte frontal, y ella repitió que no podía fumar con el bebé dentro del mismo avión. Dante abrió y cerró el encendedor varias veces, embriagándose con el sonido del metal impactándose entre sí.
—Nuestro padre es el Boss, Greta, y no espero menos de la sangre Cavalli que corre por sus venas —dijo Dante.
El nuevo cuñado de la familia alzó el dedo.
—También tiene sangre Bertolini.
—Y no me importa —dijo Dante con una mirada silenciosa—. Es un Cavalli, y será un Cavalli aun después de la muerte.
Dante se inclinó un poco en el asiento y rozó su mano. Su piel era suave. Era hermoso, con la nariz y los labios de su hermana Greta, y con la frente cubierta de vello como el horrible de su padre. Dante no entendía qué le vio, pero ahí estaba, procreando hijos que no serían tan hermosos, pero sí inmensamente poderosos. La belleza era subjetiva con una Glock en la mano.
—Siamo della vita e onoriamo la norte (De la vida somos, y a la muerte honramos) —dijo cuando tocó su mano y el bebé le apretó el dedo—. Apréndelo, gran Stefano. Es el lema de los Cavalli.
Greta le sonrió al bebé y miró a Dante.
—También debería ser seguir con tu vida —dijo ella.
Dante recostó la espalda en el asiento de cuero y continuó abriendo y cerrando el encendedor dorado. Si algo tenía claro Dante, era que olvidar era para los putos idiotas que no tenían la manera de obtener aquello que les inducía insomnio por las noches. Nada era más poderoso que su familia, y lo comprobaría.
—Descansaré y olvidaré, cuando la causa de mi insomnio este bajo mi mano, atrapada como un animal —dijo Dante cuando desvió la mirada a ella—. Me rendiré cuando encuentre a Fantasy.