Dante salió de casa sin un plan claro. No sabía qué esperaba encontrar, solo sabía que quedarse quieto ya no era una opción. Caminó por calles conocidas, tomó rutas que antes no le decían nada y que ahora parecían prometerle algo, aunque no supiera qué. Entró en sitios donde había estado con ella o cerca de ella. Miró sin mirar. Buscó sin saber qué señal concreta debía aparecer para justificar todo ese movimiento. Preguntó de manera casual, fingiendo indiferencia. —¿La has visto últimamente? Las respuestas fueron vagas. Negativas suaves. Encogimientos de hombros que no ofrecían asidero. Dante asentía, agradecía, seguía caminando. Cada intento fallido no lo detenía. Lo empujaba a intentar otro. Como si la acumulación de negativas fuera a transformarse, por insistencia, en una afirmac

