La decisión no llegó con un portazo. Llegó una mañana cualquiera, mientras me ataba el pelo frente al espejo y me di cuenta de que ya no me reconocía en el reflejo. No porque hubiera cambiado demasiado, sino porque me había quedado pequeña para todo lo que estaba sosteniendo. Pensé en el instituto como en una habitación sin ventanas. En los pasillos que me oprimían el pecho. En las miradas que pesaban más que las palabras. En los silencios que ya no eran refugio, sino desgaste. No quería seguir resistiendo. Quería irme. La palabra huida me atravesó con culpa al principio. Como si marcharme fuera rendirme. Como si quedarme fuera la única forma honorable de afrontar lo que había pasado. Pero no era eso. No huía del dolor. Huía de la repetición. De la versión de mí que tenía que enco

