La estación de llegada era más pequeña de lo que recordaba. No había pantallas gigantes ni gente caminando deprisa con el ceño fruncido. Solo un andén corto, un edificio bajo de ladrillo claro y un silencio que no era vacío, sino reposado. Como si el lugar supiera esperar. Bajé del tren con la mochila al hombro y me quedé quieta unos segundos, dejando que el vagón se cerrara detrás de mí. El sonido metálico de las puertas fue seco, definitivo. No dramático. Irreversible. Miré alrededor. Un matrimonio mayor discutía en voz baja junto a una maleta azul. Un chico se despedía de alguien con un abrazo torpe. Un perro tiraba de la correa con impaciencia. Vida normal. Vida que no sabía nada de mí. Y por primera vez en mucho tiempo, eso me tranquilizó. El tren volvió a ponerse en marcha y lo

