A un suspiro de ocurrir

1334 Words
El mensaje llegó por la tarde, cuando ya estaba en casa y el día parecía haberse cerrado del todo. Dante. Tengo que devolver un libro a la biblioteca del barrio. ¿Te apetece acompañarme? Luego podemos dar una vuelta. Leí el mensaje dos veces. No decía quedar. No decía salir. No decía vernos. Pero lo decía todo. Me mordí el labio antes de responder. Vale. Nada más. Nada menos. Diez minutos después volvió a escribir. Paso a buscarte a las siete, ¿te parece? Sentí ese cosquilleo en el estómago que ya empezaba a resultarme familiar. No era nerviosismo puro. Era expectativa. Esa sensación de que algo pequeño podía volverse importante sin previo aviso. Sí. Cerré el chat y dejé el móvil sobre la cama. Me levanté, di dos vueltas por la habitación y me detuve frente al espejo. No me arreglé demasiado. No quise hacerlo. Me cambié de camiseta, me solté el pelo y me dije que era solo un paseo. Una excusa. Algo normal. Pero cuando sonó el timbre a las siete en punto, el corazón me dio un salto que no tuvo nada de normal. Bajé las escaleras despacio. Dante estaba apoyado junto a la puerta, con el libro bajo el brazo. Cuando me vio, sonrió de esa forma tranquila que no parecía ensayada. —Hola —dijo. —Hola. Nos quedamos mirándonos un segundo de más. —¿Vamos? —preguntó, como si no quisiera llamar a aquello por ningún nombre. —Vamos. Salimos a la calle uno al lado del otro. No se ofreció a cogerme la mano. No se adelantó. Caminaba a mi ritmo. Y mientras avanzábamos por la acera, con el cielo empezando a oscurecerse, pensé que esa era la parte más peligrosa de todo: Que parecía fácil. Que parecía inocente. Que nadie, ni siquiera yo, podía señalar el momento exacto en que aquello había dejado de ser solo una excusa. La biblioteca del barrio estaba casi vacía. Dante dejó el libro en el mostrador y salió conmigo sin decir nada, como si ese trámite hubiera sido solo la excusa que ambos sabíamos que era. —¿Te apetece caminar un poco? —preguntó. Asentí. Tomamos el camino del parque cercano, donde los árboles empezaban a oscurecerse y las farolas aún no habían terminado de encenderse. No había prisa. Tampoco un destino claro. Caminábamos cerca. No pegados. Pero lo suficiente como para sentirnos. Hablamos de cosas pequeñas. De una película que ninguno había terminado. De una canción que sonaba siempre en una tienda del centro. De nada importante… y, al mismo tiempo, de todo. —Contigo es fácil —dijo de repente. —¿Fácil qué? —Estar. La palabra se quedó suspendida entre los dos. Nos sentamos en un banco, uno al lado del otro. El espacio era corto, pero ninguno se movió para ampliarlo. Nuestras rodillas casi se tocaban. Mi brazo descansaba junto al suyo, tan cerca que podía sentir el calor atravesar la tela. El silencio volvió. Pero no pesaba. Dante apoyó los codos sobre las rodillas y miró al frente. —No suelo hacer esto —comentó—. Quedar sin saber muy bien para qué. —Yo sí —respondí—. Es lo único que sé hacer bien. Sonrió y giró la cabeza hacia mí. —Entonces estamos aprendiendo cosas distintas. Lo miré. La luz de la farola dibujaba sombras suaves en su cara. No parecía el Dante del instituto. Ni el que todos conocían. Era… más real. Se inclinó apenas hacia mí para decir algo más bajo, algo que solo yo pudiera oír. Ese movimiento hizo que nuestros hombros se rozaran. Un roce mínimo. Pero suficiente para que mi respiración se detuviera un segundo. Dante también lo notó. Lo supe porque no se apartó. —Luna… —dijo, sin terminar la frase. Levanté la vista. Estábamos demasiado cerca para fingir que no pasaba nada. Demasiado tranquilos para huir. Y en ese instante entendí que estar a solas con alguien no siempre es cuestión de lugar. A veces es cuestión de mirada. Y la suya estaba empezando a pedirme algo que ninguno de los dos había nombrado todavía. No sé quién se movió primero. Creo que ninguno. Fue más bien ese momento extraño en el que el cuerpo entiende algo antes que la cabeza. Dante giró un poco hacia mí, yo hice lo mismo, como si estuviéramos copiándonos sin darnos cuenta. —¿Estás bien? —preguntó, bajito. Asentí. —Sí. Pero mi voz salió más fina de lo normal. Nos reímos al mismo tiempo, nerviosos, y esa risa nos acercó todavía más. Mis rodillas tocaron las suyas. No me aparté. Él tampoco. El aire parecía distinto. Más espeso. Como si costara respirar igual que antes. Dante levantó la mano despacio, sin tocarme, y la dejó suspendida entre los dos. Dudó. Lo vi claramente. No tenía seguridad. Tenía ganas… y miedo de hacerlo mal. —Luna —dijo otra vez. Levanté la vista. Nuestros rostros estaban demasiado cerca. Podía contarle las pestañas. Notar su respiración un poco acelerada. Sentir que si me inclinaba apenas un centímetro… No me moví. Pero tampoco retrocedí. Dante se acercó un poco más. Muy poco. Lo justo para que mi corazón empezara a latir tan fuerte que pensé que él podía oírlo. Cerré los ojos sin darme cuenta. Y entonces… Una risa al fondo del parque. Un grupo de chicos pasando cerca. El sonido brusco de alguien corriendo. Dante se detuvo en seco. Abrió los ojos. Yo también. Nos quedamos así, a nada de tocarnos, con la respiración desordenada y una mezcla rara de vergüenza y deseo que no sabíamos dónde poner. —Perdón —dijo rápido—. Yo… —No —lo interrumpí—. No pasa nada. Y era verdad. Nos separamos despacio, como si el movimiento fuera parte del mismo cuidado que había tenido todo el encuentro. Dante se pasó una mano por el pelo, nervioso. Yo miré al suelo, sonriendo sin querer. —Creo que… —empezó él. —Sí —dije—. Creo que también. No hacía falta terminar la frase. El casi beso se quedó ahí, flotando entre nosotros. No como una frustración. Sino como una promesa. Y mientras nos levantábamos del banco, supe que ese momento iba a volver a mí muchas veces. Porque no había ocurrido. Y justo por eso… había sido imposible de olvidar. Caminamos de regreso sin tocarnos. No porque no quisiéramos, sino porque todavía no sabíamos cómo hacerlo después de lo que casi había pasado. El silencio no era incómodo, pero estaba lleno de cosas que ninguno se atrevía a decir. Las luces de la calle nos acompañaban a intervalos, encendiéndose y apagándose sobre nuestros pasos. Cada farola parecía marcar un segundo más de ese momento que se resistía a terminar. —Gracias por venir —dijo Dante cuando llegamos a la esquina de mi calle. —Gracias a ti —respondí. Nos quedamos allí, frente a frente, sin despedirnos del todo. Dante dio un paso hacia mí, luego se detuvo. Sonrió, nervioso. —Buenas noches, Luna. —Buenas noches. Se giró y empezó a caminar. Yo lo vi alejarse unos metros antes de entrar en casa. No miró atrás. Yo tampoco lo hice. Dentro, cerré la puerta despacio y me apoyé en ella. Sentía el corazón acelerado, como si hubiera corrido sin moverme del sitio. Me llevé los dedos a los labios sin pensar. No había pasado nada. Y, aun así, lo sentía todo. Me tumbé en la cama mirando al techo, reviviendo el momento una y otra vez. La cercanía. La duda. La interrupción. El casi. Sabía que ese beso no dado iba a perseguirme. Que iba a pensar en él antes de dormir. Que iba a esperarlo la próxima vez. No porque necesitara besarlo. Sino porque quería saber qué pasaría después. Cerré los ojos con una sonrisa pequeña, peligrosa. Había vuelto a casa sin cruzar ninguna línea. Pero algo dentro de mí ya la había traspasado.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD