7.
Oye amigo, si te digo que recuerdo cómo fue que llegué a parar en medio del desierto, luego de lo que hice, te estaría mintiendo. No tenía noción de cuánto tiempo habría pasado desde que hui, pero recuerdo la sensación de cansancio y del hambre quemándome el vientre pero no deseaba probar alimento, ya no me interesaba esa necesidad tan física que me mantendría con vida aunque no quisiera, en ese momento solo solo pensaba en morir y encontrarme con mi buena madre, Sonya de Nayhar.
Me sentía tan culpable, sentía que era yo la que la había matado, que era una mala hija y eso me tenía mal, mi autoestima y todo lo bueno que mi mamá y todas esas pocas personas que veían en mí ya era solo una fantasía nada más, no quedaba en mí ni un atisbo de bondad.
Estaba sola en el mundo. Sin madre, sin nadie que me quisiera de verdad, aunque sí tenía a la pobre Anduvia, pero ya no podría volver a la torre, ya no deseaba volver nunca más.
Es así que anduve sucia, por muchos días, y mis vestimentas eran ya harapos, que me daban una imagen todavía más terrorífica si es que era posible. Yo era tan diferente a todos y era a leguas visible. Mechones de mi cabellera rojiza me daba el aspecto de ser un ser infernal, aunque por muchos años, mi madre había vivido tratando de ocultar el color de mi pelo, tiñéndolo con carbón, si tan solo fuera mi pelo lo que me hacía diferente...
Mi piel que en un momento fuera como la canela, se estaba tostando bajo los rayos abrazadores del sol, en el medio de ese desconocido desierto. El pelo rojo, tan alborotado y crespo, lo llevaba polvoriento pero había un pequeño detalle que a nadie se le pasaría de largo, y que tenía que ver con mi mirada. El oscuro abismo que había en mis ojos me daba un aire aún más que extraño, si es que era posible, debido a ellos la gente siempre me esquivaba. Se decía que cuando los miraba, un sentimiento de pesar los embargaba, y que si los pillaba con la guardia baja, llegaban incluso a quitarse la vida, pero estaban los que sabían más y reconocían mi procedencia.
A lo lejos, entre el terreno árido y desolado vi, o creí ver a una persona, pero era algo raro, ya que desde que había despertado, o salido del shock no había vuelto a ver a ninguna persona. Me froté los ojos, por si se trataba de una ilusión, un espejismo, y cuando volví a ver al mismo lado, la persona seguía ahí, creí que cuando me viera se marcharía, pero como estaba cerca de un pequeño río, tomé ese mismo rumbo.
La persona se movía tambaleante.
—Ebrio— juzgué sin pensar. Que esté ahí era algo bueno para mí, y como mínimo le robaría algo de comer.
—Ya que estas aquí, ayúdame —exclamo el anciano. Sorprendida porque el anciano no mostraba sorpresa al verle y mucho menos rechazo, decidí escucharle un poco más.
—¿Por qué haría algo así? —bufé y agregué con mucho desprecio—. Eres solo un anciano…
El anciano me miró a la cara y me contestó:
—¿Piensas robarle a un anciano?
Su rostro estaba mucho más quemado por el sol que el mío, y por la falta de agua se veía opaca y quebrada. Tenía el pelo sucio y enmarañado, pero a diferencia mía, su pelo era gris y en la mayoría eran canas lo que poblaba su cabeza.
—No veo el motivo por el que no hacerlo —le dije sin hacerme problemas.
—Oh, ahora que te veo bien, veo que eres mujer.
—Sorpresa —dije con sarcasmo, pero el anciano no sentía ni un ápice de miedo, ni se sorprendía por mi cara. Llegué a creer que me estaba esperado. Quizás era un asesino que pretendía cobrar venganza por la muerte del Gran Legislador del rey, mi padre.
—Tengo la pierna enferma —me confesó el anciano quizás esperando de mi parte algo de compasión—. Llévame hacia aquella sombra, quiero descansar.
—¿Por qué tendría que hacer eso?
—Esa es una buena pregunta —dijo—. Porque te daré algo valioso.
¿Algo valioso por algo simple como eso? ¿Me creía idiota? Pero no perdía nada, y si el anciano trataba de arrebatarme la vida, yo no se lo impediría. Todo lo contrario. Así que lo hice, lo tomé con la fuerza que me quedaba y lo llevé hacia la sombra.
El anciano se veía agradecido por el favor.
—¿No sientes temor ante mí? —pregunté solo por curiosidad, porque no podía recordar la última vez que alguien me había visto sin salir huyendo. En ese momento el anciano me miró una vez más a la cara y dijo:
—No veo el motivo por el que debería temerte —soltó con un tono relajado y lleno de confianza.
—Entonces no sabes que soy…
—¿Quién eres? ¿Qué eres? ¿Importa mucho en este páramo del infierno? O quizás deba preguntar: ¿Qué crees que eres?
Su forma de hablar era envolvente y su tono era profundo, por un instante me heló el alma.
—Soy un demonio.
—No eres un demonio… —dijo con los ojos entornados como si me estuviera rebelando una gran verdad que yo desconocía—. Yo sólo veo en frente de mí a una niña casi mujer.