Annia
Después de una semana bastante complicada, pues lo de mis papeles fue el menor de los problemas, eso salió bastante rápido. Los Volkov eran una familia muy influyente, hasta en América; con los datos que les di a mis hermanos sobre mi nacimiento, ellos pudieron lograr mi identificación y pasaporte en solo un par de días. Grande fue mi sorpresa cuando lo tuve en mis manos; este decía Annia Volkov. Aunque yo sabía que legalmente lo era, aún no me sentía muy cómoda. No quise ponerme a discutir ese tema con mis hermanos, quienes habían dicho, cuando se los mencioné, que yo era tan Volkov como ellos.
Por otro lado, mi hermano pequeño Mikhail había tomado el apellido de Olena; ahora era Mikhail Romanov. Ella había insistido en darle su apellido a mi pequeño hermano, ya que se había encariñado mucho con él y, pese a que la custodia la tenían mis hermanos, que también sentían mucho cariño por Mik, como le decían, Olena se había ganado su lugar. Aunque me contó que, al principio, Alexei estaba muy reticente a entablar un vínculo con él por culpa de Katarina, con la convivencia mi pequeño supo ganarse a mi serio hermano. Yo sabía que Alexei tenía un gran corazón y, si lo conocías de verdad, te dabas cuenta de que esa fachada de seriedad y frialdad era solo una armadura para salvaguardar sus sentimientos.
Bueno, volviendo a lo del apellido de Mik, no vieron por conveniente ponerle el apellido Volkov por respeto a mi padre, ya que no era hijo suyo y, bueno, era hijo de Katarina. Dijeron que él no iba a tomar a bien que le diéramos su apellido, y yo entendía la situación; tampoco hubiera esperado que él quisiera al hijo de la mujer que casi mata a los suyos.
Fue por eso que ellos no rechazaron la oferta de Olena de darle su apellido. Aunque el que Olena le hubiera dado su apellido tampoco le cayó muy en gracia a mi padre. Escuché cuando él la llamó por teléfono para que retirara la oferta, pero ella, lejos de hacerle caso, le dijo que, por muy jefe que sea, eso no tenía nada que ver con su apellido, y ella decidía a quién dárselo o qué hacer con él; que eso solo era asunto de ella.
A veces sentía que la relación de Olena y mi padre superaba lo laboral, sobre todo por la forma en que hablaban, y eso sin contar que ella, en algunas ocasiones, lo llamaba por su nombre. Bueno, aunque siendo su mano derecha, supongo que eso le daba algún tipo de beneficio; ya después le preguntaría a mis hermanos sobre ello.
La cuestión es que ni ellos ni yo tomamos en cuenta que la doctora Smith no estaría de acuerdo en que dejara las sesiones de terapia, porque eso podría significar un retroceso. Pero yo le pedí que, por favor, me dejara ir con mis hermanos y que podríamos tener las sesiones por videoconferencia; sin embargo, ella decía que eso sería muy complicado, dada la diferencia horaria entre América y Moscú.
Ella se puso a pensar un momento, mientras yo temía que al final no iba a poder viajar con mis hermanos.
—Bueno, después de analizar la situación y viendo la relación que has entablado con tus hermanos, voy a autorizar que puedas viajar, pero solo si tengo tu compromiso de asistir a terapia en Moscú.
Yo estaba muy feliz, así que acepté inmediatamente y luego dije:
—No se preocupe, doctora Smith, le pediré a mis hermanos que busquen una terapeuta en cuanto lleguemos a Moscú.
—Eso no va a ser necesario, Annia —dijo la doctora Smith.
—¿Qué quiere decir con eso? —le pregunté, algo extrañada.
—No será necesario que busquen a un terapeuta. Ya tengo a la persona adecuada con la que podrás seguir con tus sesiones. Mi mejor estudiante se ha mudado a Moscú hace algunos meses; aunque es joven, es uno de los mejores terapeutas de América y, por lo que sé, también lo es en Rusia. Él es ruso-americano, así que no tendrás ningún problema con el idioma.
El saber que mi nuevo terapeuta iba a ser un hombre me puso un poco ansiosa, pero sabía que, si la doctora Smith lo estaba recomendando, de seguro era muy bueno y, además, con esto podría viajar a Rusia y, de paso, también me ayudaría a seguir superando mi temor a los hombres. Acepté, y la doctora me dijo que me mandaría sus datos por mensaje y que ya podía usar la tecnología; eso también me ayudaría a relacionarme mejor con mi entorno. Así ya podía tener un móvil y una computadora. Esta noticia me puso muy contenta, porque al fin podría usar una computadora; le pediría a mis hermanos o a Olena que me prestaran algo de dinero para comprar una y podría trabajar con ella para pagarles. Tenía algunos clientes en línea que de seguro me darían algún “trabajo”.
Me apasionaba programar, encriptar y desencriptar, porque eso no implicaba demasiado contacto físico con otras personas, además de que quería terminar los estudios que había dejado.
Con el alta de la doctora Smith, ahora estaba de camino al aeropuerto junto con mis hermanos y Olena. Nos venían siguiendo tres autos negros, en los cuales iba la guardia de seguridad privada; hasta hoy recién me enteré de que estaban en la casa de reposo y en la casa en donde se quedaban mis hermanos. Al llegar al aeropuerto, no nos dirigimos a la sala de embarque regular, lo cual me extrañó.
—¿A dónde vamos? —le pregunté a mis hermanos.
Fue Andrey quien me respondió:
—Vamos a la sala VIP, en nuestro hangar privado; ahí nos espera el jet privado de papá.
Al escuchar aquello, la mandíbula por poco se me cae. Bueno, sabía que los Volkov tenían dinero, pero al parecer más del que había pensado.
Abordamos el jet. Yo estaba nerviosa porque era la primera vez que subía a un avión, pero tanto mis hermanos como Olena se encargaron de que me relajara. Me hablaban de lugares a los que iríamos cuando estuviera en Moscú. El viaje iba a ser largo. Olena se encargó de llevar a descansar a Mik y me sugirió que hiciera lo mismo, así que la seguí hasta una pequeña habitación que tenía el jet, la cual, al igual que todo lo que había en él, derrochaba elegancia.
No tardé mucho tiempo en quedarme dormida; realmente estaba cansada. Cuando desperté, miré el pequeño reloj que había en la pared; había pasado bastante tiempo. Mik, que estaba a mi lado en una pequeña cuna, se encontraba despierto y jugaba con un pequeño oso que tenía. Me puse los zapatos y lo tomé en brazos; él me recibió con una gran sonrisa.
—Bueno, pequeño, vamos a buscar a los grandotes de nuestros hermanos y preguntar cuánto falta para llegar.
Él aplaudió en señal de aprobación.
Al llegar cerca de los asientos, vi a mis hermanos y a Olena; hablaban en ruso de algo y se encontraban un poco exaltados.
—Aún es muy pronto para decirle sobre “Pravda” —decía Alexei con una calma forzada.
Pero cuando se percataron de mi presencia, se quedaron en silencio. Fue Andrey quien lo rompió:
—Pequeña, estábamos a punto de ir a despertarte, y a este bribón también. El piloto nos dice que ya estamos por aterrizar en Moscú.
Yo asentí; preferí no preguntar sobre lo que acababa de escuchar. Al parecer era algo de lo que preferían no hablar delante de mí. Tomé asiento. Mik, que vio a Olena, le estiró los brazos para que ella lo cogiera, lo cual hizo con una gran sonrisa.
Al cabo de media hora habíamos llegado a Moscú. Cuando bajamos del avión, afuera nos esperaban muchos más guardias de seguridad, y no solo estaban ellos: enfrente, con un aura imponente, estaba el gran Mikhail Volkov. Mis hermanos se acercaron a él y lo saludaron con un beso en la mejilla y un fuerte abrazo, diciendo en ruso:
—Gusto en verte nuevamente, papá.
Yo, que no me había movido de mi sitio, vi cómo él se acercaba. Ya no sentía ese miedo de la primera vez, pero aun así no me pude mover. Cuando estuvo a unos pasos de mí, me tomó delicadamente de la mano y depositó un suave beso en ella para decirme, con una ternura increíble que calentó mi corazón:
—Bienvenida a casa, hija mía.