Mía se durmió esperando el regreso de Ariel, acurrucada entre las sábanas de algodón que él le había regalado en su último aniversario. La luz tenue de la luna se filtraba por las cortinas de gasa, proyectando sombras danzantes sobre su rostro sereno. Ella durmió tan profundo aquella noche que sus ojos no se abrieron hasta que los primeros rayos del sol matutino acariciaron su rostro, y el canto de los pájaros anunció que un nuevo día había comenzado. Con pereza y algo de desorientación, se estiró como todos los días, dejando que sus músculos se desperezaran después de tantas horas de inmovilidad. Sin embargo, al extender su pierna, un dolor agudo y punzante atravesó su músculo, provocando que un grito desgarrador escapara de su garganta. El dolor era tan intenso que por un momento le

