Era mediodía, cuando Annelise Taylor, regresó de su caminata hasta la caleta del faro. Se encontraba sentada en una mesita de su cocina, junto a la puerta corrediza que daba hacia el hermoso mar. Estaba en su bella casa de playa, que heredo por su padre antes de morir, un inmueble de dos plantas con anexo, que ella solía alquilar a turistas en temporada alta. Desafortunadamente para ella, el período de turismo no la acompañaba y al haber sido despedida del trabajo, su situación se había vuelto muy complicada.
Annelise se incorporó y saco una manzana de la nevera, pues era todo lo que tenía para almorzar. Tomo lugar nuevamente en la mesa, apoyo su mano en la mejilla y observo la carta de desalojo que le había enviado el banco por no haber podido pagar a tiempo. Su situación en verdad era desesperante, el dinero que había recibido como parte de la liquidación al ser despedida, se había acabado y no tenía parientes a quienes dirigirse para pedirles ayuda. Claro, excepto su madre, que siempre le reclamaba por que no se casaba con un hombre rico, en vez de pasar tantas penalidades…
Por el momento, el único sustento con el que contaba era el bote que le alquilaba a algunos pescadores, que le pagaban los fines de semana al recolectar sus ganancias. Aun debía esperar y le dio un primer mordisco a la manzana, cuando de repente, escucho que alguien le hablo.
— Buenos días —dijo un hombre. Ella se volteó a verlo con su manzana en la mano.
— Buenos días —respondió inspeccionando que el hombre no era del lugar
— Estoy buscando a Annelise ¿Es usted? — consulto el individuo subiendo el primer escalón del porche.
— Sí. Soy yo ¿En qué le puedo ayudar? — dijo Annelise advirtiendo la elegancia del hombre que llevaba puesto un traje de tres piezas de color blanco.
— Bueno, estoy buscando un lugar para alquilar, me mostraron varios lugares, pero honestamente yo prefiero algo más tranquilo, que no esté en el centro del pueblo y donde pueda hacer mi trabajo en paz.
— ¿Su trabajo? — consulto Annelise incorporándose
— Sí. Es que soy escritor y tengo un libro que entregarle a mi publicista. Necesito un lugar plácido, tranquilo para trabajar, por lo que en el pueblo, me indicaron que usted tenía un bonito anexo para alquilar — dijo el hombre
— ¡Oh, ya veo! — expreso Annelise alegrándose, porque eso sería de gran ayuda, sin embargo, al cabo de un momento su sonrisa de desvaneció y sus ojos azules se colmaron de lágrimas.
— Sí. Yo tengo un anexo para alquilar— expuso acongojada
—
Ok…— dijo Jaden confundido al notar que las primeras lágrimas corrían en ambos lados de su precioso rostro — ¿Sucede algo? – inquirió Jaden observando como la muchacha en silencio se dirigió a la mesa de la cual se había levantado y tomó un documento orientándolo en sus manos. Al leerlo, comprobo que era un aviso de ejecución emitido por el banco, subastando la propiedad por falta de pago.
— Lo siento — dijo Annelise — Yo sí tengo un anexo, pero como puede ver en ese documento, en los próximos días será subastado porque no tengo el dinero para pagar la cantidad que le debo al banco – dijo Annelise, limpiándose las lágrimas sin ninguna elegancia
— ¿Cuánto es lo que le debe usted al banco? — preguntó Jaden
— $1.300— respondió Annelise, sorbiendo sus mocos
— Bueno, si usted me muestra el anexo y yo decido alquilarlo, podríamos llegar a un acuerdo— dijo Jaden con una sonrisa
— ¡Por las enaguas de la tía Pitty Pat! — gritó Annelise, invocando el espíritu de la difunta tía de Scarlet O´Hara en lo que “El Viento Se Llevó” — ¡Yo no estoy dispuesta a hacer cochinadas con ningún hombre sólo por resolver el problema de mi casa! ¿Me entendió? ¡Por muy guapo o bien vestido que esté!
— ¿De qué habla? — preguntó Jaden confundido — ¡Oh No! ¡No me malinterprete! lo que quise decir fue que yo estoy dispuesto a pagar varios meses de alquiler, para que usted salde la deuda con el banco. ¿Ahora si me entiende?
— ¡Oh! Sí. Lo siento – dijo Annelise mostrándose apenada y ruborizada — Creo que toda esta situación, me tiene un poco sensible…
— ¡No se preocupe! puedo entenderlo – dijo Jaden, colocando el documento del banco sobre la mesa — ¿Puedo ver el anexo ahora?
— Sí, aguárdeme un momento por favor— dijo Annelise ingresando a la propiedad en busca de la llave, tratando de no pensar que no debía confiar en cualquiera que se presentara así, pero su situación era desesperada, no tenía nada qué comer y para reafirmarlo, su estómago gruñó.
Salió del cuarto y se encamino hasta donde estaba el hombre, parado en la puerta corrediza. Pasó junto a él sin mirarlo y salió al porche, dando la vuelta por el frente de la casa, debajo de una escalera, donde había un lindo jardín que los llevaría directo al anexo. Una vez frente a la puerta, abrió la misma y miró a Jaden invitándolo a seguirle el paso para que vea el lugar. Dentro del inmueble Jaden descubrió no era demasiado grande, pero abarcaba todo el espacio de la casa y estaba amoblado. El hombre salió al balcón por la puerta corrediza y ella se quedó atrás, mordiendo su manzana. Este se volteó y la miró allí parada, entonces, ella dijo:
—
Lo siento. Es mi almuerzo — expuso un poco avergonzada.
— Me gusta — dijo Jaden y por un momento Annelise, no sabía si estaba hablando del anexo o de ella — Es muy amplio, con mucha luz y paz— dijo el hombre con una sonrisa, aclarando que estaba hablando del lugar. — Pagaré lo que me pida por él, incluida la deuda.
— ¡Eso serían como unos $2000! Yo no puedo permitir que usted haga eso. Es algo así como ir en contra de las reglas de un arrendador, para no abusar del arrendatario – dijo Annelise y Jaden soltó una carcajada. Realmente le gustaba ese acento cantarino sureño.
— ¡No se preocupe! Todos mis gastos los paga la editorial. Yo sólo debo decidir donde quiero trabajar y ellos se encargan del resto. Definitivamente, me gusta este anexo – admitió Jaden mirando a Annelise
— Está bien – concertó ella tomando una profunda respiración al sentir que su corazón se aceleraba – ¡Es su decisión! ¡muchas gracias!. Allí, sobre la mesa están los datos para que haga el depósito, con mi número de teléfono y cuenta bancaria — indico señalando la mesa de comedor, entonces, de repente lo miró un poco incómoda — Si quiere, puedo cocinar para usted y así no me sentiría tan mal, porque de la limpieza, si tendrá que buscar quien lo haga, o si lo prefiere, le puedo decir a alguien del pueblo.
— No. No es necesario que cocine para mí. Yo puedo hacerlo. Y con respecto a la limpieza, la verdad es que soy muy reservado. No me gustaría tener a alguien por aquí, así que yo mismo lo haré.
— Bueno – delibero Annelise, a situaciones desesperadas, acciones desesperadas – ¿Por cuánto tiempo se quedará?
— No lo sé – respondió mientras parecía pensarlo — ¿Por qué lo pregunta?
— Es que yo estoy en búsqueda de trabajo y en unos meses espero comenzar a trabajar de nuevo, por eso debo hacerle esa pregunta — agregó Annelise
— Sí. Claro, tal vez unos cuatro o cinco meses — respondió Jaden
— Muy bien ¿Y su nombre cuál es? — Recordó Annelise de pronto preguntarle
— J.J. McIntyre — dijo orientando su mano para estrechar la de Annelise
— ¿J.J? – preguntó Annelise con una sonrisa, extendiendo su mano también para tomar la de él
— Jaden Junior McIntyre, el escritor. ¿No has oído hablar de mí o de mis libros? — Preguntó Jaden sorprendido de que aquella preciosa joven no hubiese escuchado nunca de él o de su trabajo
— No. Lo siento — dijo Annelise con una mueca — Mi antiguo trabajo me absorbió mucho y luego, viviendo en esta isla, pues… — terminó alzando los hombros — Mucho gusto yo soy… Annelise — acabo por decir con una sensación de arritmia en el corazón
— Mucho gusto.
Annelise atino a dar la vuelta para salir, porque la mirada de McIntyre le había provocado unos espasmos en el estómago. Cuando pronto, escuchó que este le dijo:
— Espere. Yo voy a almorzar en este momento, si quiere, puede venir conmigo.
— ¡Oh no! ¡No se preocupe! estoy bien
— No es problema para mí, en serio – insistió Jaden— Soy nuevo aquí y me gustaría que me mostrara el lugar, sería muy útil para mi saber dónde comer, comprar víveres y esas cosas. — Annelise lo miro a los ojos dudosa, se sintió tentada en aceptar, sin embargo, esto le parecía demasiado, no quería abusar de su caballerosidad.
— Por favor — persistió, de modo que acabo por convencerla
— Está bien. Lo acompañaré – accedió dándose la vuelta para salir del apartamento y cerrar con llave.