Le estaba mirando de una manera que, si bien no era malintencionada, le incomodaba. Hizo caso omiso a su advertencia e intentó sentarse. Tenía que irse; no sabía cuántas horas habían pasado y necesitaba resolver sus dudas con su familia. Necesitaba encararlos y decirles todo lo que quería gritarles. Aún no creía en la posibilidad de que ese hombre fuera su hermano. Eso era algo imposible; debían estar equivocados y Gianni y su padre lo confirmarían. Le fue imposible hacerlo, pero entonces sintió las manos del desconocido ayudarla y se tensó por completo. —Quiero irme ahora —dijo—, porque estoy aquí y no en un hospital —preguntó al fin. Ahora, estando sentada, pudo divisar bien el lugar. —Por Dios, ¿dónde estaba? —se preguntaba internamente, nerviosa. —Claro, puedes irte cuando gustes. C

