Después de esa intensa plática ambos se tranquilizaron y comenzaron a platicar de trivialidades, algunas cosas de su infancia, Christoph habló nuevamente de su odio hacia la Familia Real, y le relató con detalle y emoción su hazaña en el palacio, con la promesa de que no volvería a suceder. Unos toques en la puerta interrumpieron el relato de Christoph. —Aquí está la princesa —Comentó Ludwig cantarinamente mientras ingresaba a la cabaña con Annelise en sus brazos. Heinrich se puso de pie y le ofreció a Ludwig la silla para que ahí la colocara. El rostro de Annelise lucía mucho menos demacrado y más limpio, pero aún permanecía esa aura triste y desesperada, ¿Cómo se podría cuando le diera la noticia de que tendría que quedarse en la aldea? No quería ni pensarlo, y mucho menos enfrentarl

