Me arropé de los pies al cuello, acurrucada en posición fetal para ver si entraba en calor, pero fue imposible, me miraba maravillado, no sabía por dónde empezar lo que vino a decirme. Se veía tan lindo sentado con sus brazos cruzados, era muy propio, su postura de hombre me hacía suspirar constantemente, como quisiera poder perder la cabeza y dejarme llevar por lo que sentía. —Estoy lista para escuchar, ¿por qué te has portado tan mal conmigo? —Lo animé. —No sé por dónde empezar. Créeme, ahora no tengo claro nada, sin embargo, he sido injusto, —sus cejas se unieron—. No me interrumpas, al terminar puedes preguntarme lo que quieras. —De acuerdo. —susurré, suspiró profundo. —Tus padres tenían quince años de casados y no habían podido concebir hijos, eso parecía matar a la señora Matilde

