Preparó el té, lo puso en una bandeja y me dirigí al despacho, al acercarme alcancé a escuchar la última frase de la conversación que mantenía con su hermano. —Lo lamento, pero yo sí amo a Manuela. Le contestó Eduardo a su hermano. Traté de contenerme, ignorando el dolor y el erizamiento de la piel, ese era mi estado en las últimas semanas. Su hermano sabía la verdad, él no me ama, recordé que debía llorar en la noche. Toqué a la puerta. —Adelante, Clementina. Habló Antonio. Entré sonriendo, Eduardo me regaló una leve sonrisa con una inclinación que no la pude devolver, el señor de la casa arruinó el acto de amabilidad. —¡No seas ridícula Mariana!, entre mi hermano y yo no hay secretos, no te esfuerces en parecer amable. Se levantó de su silla y se dirigió a la ventana, dándonos la e

