Le narré la historia al padre sentado en las piedras. Él escuchó con atención, no me interrumpió, no tenía caso seguir sin que Mariana se conectara a su medallón. Le conté todo, intenté preguntarle en más de una ocasión sobre la Leyenda, pero fie en vano, ya que, yo supe de ella al morir mi padre. En los documentos bajo el secreto de mi linaje pasaban de mano en manos; del último cuidador y eran una de las herencias de nuestra parte. En cambio, la de los guardianes de la Madre tierra, era diferente, eran un misterio que he anhelado saber siempre, pero solo dijo que la historia la contaría una sola vez y era en presencia de mi esposa. Tenía el medallón en la mano cuando escuché su voz. «Antonio.» «Cariño.» Eduardo me miró y el resto se levantó al percatarse de que algo pasaba conmigo.

