Capítulo 1: Llamado desde las sombras

3159 Words
Las tardes de lluvia siempre habían sido sus favoritas. Lena preparaba una taza de café con la vieja máquina de expresos que había comprado de segunda mano en una venta de garaje y se sentaba en la silla de madera blanca de su pequeña terraza a observar cómo caían las gotas, danzando como bailarinas invisibles sobre el pavimento. Mientras tanto, la ciudad se apresuraba, ajena a esa calma suspendida que a ella tanto la reconfortaba. Ese ritual le otorgaba una paz difícil de explicar. Sin embargo, aquella tarde algo era distinto. Había salido del trabajo justo cuando comenzaron a caer las primeras gotas. Se dirigió con paso firme hacia la estación del tren. El pronóstico del tiempo había anunciado sol, por lo que la mayoría de la gente corría, sorprendida, intentando guarecerse. El cielo, más oscuro de lo habitual, parecía anunciar la noche antes de tiempo, aunque su reloj apenas marcaba las cinco. Lena acomodó un mechón de cabello rebelde tras la oreja y luego sorbió un poco del café que había comprado en la máquina expendedora, mientras esperaba en silencio el tren que la llevaría a casa. Un relámpago rasgó el cielo, haciéndola estremecer. Las lluvias le gustaban, pero las tormentas la inquietaban. El espectáculo de luces que formaban los relámpagos por alguna razón que ya no recordaba le producían un miedo visceral que a veces la paralizaba. La llegada del tren la sacó de sus cavilaciones y aligeró su andar en medio del mar de gente que, así como ella, intentaban subir pronto a su medio de transporte para tomar un asiento. Logró encontrar un asiento vacío y, apenas se sentó, el cansancio del día la envolvió. Cerró los ojos, rindiéndose al vaivén del vagón. Nunca el camino a casa le pareció tan corto. Por suerte despertó justo antes de la estación que estaba cerca de su casa. Afuera ya había anochecido, sin embargo, la tormenta no cesaba. Los truenos sonaban cada vez más fuertes, y su cuerpo reaccionaba de forma involuntaria al sonido, estremeciéndose por completo. Tomó un taxi en la estación y en pocos minutos estuvo frente a la entrada de su edificio. Aquella noche era particularmente gélida. El cielo lloraba con violencia. El viento ululaba como un presagio. Por supuesto que no faltó la presencia de los truenos. Lena abrió la puerta de su apartamento en el mismo instante en que se escuchó retumbar uno de ellos y en cuanto hubo entrado la corriente eléctrica hizo acto de desaparición. Refunfuñó mientras tanteaba por las paredes, pasando las manos sobre ellas para evitar chocar con algo, en busca de la pequeña alacena que tenía en el espacio destinado a la cocina. Allí tenía un encendedor y unas velas. De repente el inconfundible resplandor de un relámpago iluminó por instantes la pequeña sala de su apartamento. El reflejo de una figura etérea se dibujó sobre el vidrio de la alacena, aunque pasó desapercibido ante los ojos de Lena. Tomó las velas y el encendedor de una gaveta, encendiendo rápidamente una de ellas, para luego girar su cuerpo cuidadosamente y retornar a la sala. Cuando la luz de la vela hubo iluminado la estancia, Lena lo vio. Una sombra silente, amorfa; recorriendo a paso lento el espacio frente al ventanal que daba a la calle. Su cuerpo se tensó en el acto. Un escalofrío empezó a recorrer cada vertebra de su cuerpo, su pecho subía y bajaba tan rápido como estaba de acelerado su pulso, el miedo paralizando cada músculo de su cuerpo. Lena llevó una mano hacia su pecho, dentro del cual su corazón latía desbocado. El frío era antinatural, como si alguien respirara sobre su nuca. Su pecho se agitaba con respiraciones cortas, imposibles de controlar. Cerró los ojos con fuerza. Una gota helada resbaló por su espalda, clavándose como un alfiler de hielo. El sonido de otro trueno rompió el silencio que se instaló únicamente en su cabeza, y entonces Lena abrió los ojos. Aquella sombra ya no estaba, se había desvanecido. Una gota de cera que cayó sobre su mano le hizo caer en cuenta de que aún no regresaba el fluido eléctrico. Lena se apresuró y encendió dos velas más, en un intento de alejar la oscuridad y cualquier sombra que hubiera en ella; justo en el instante en que el cielo volvió a resplandecer. Sintió un aire frío soplar cerca de ella, y la vela en su mano se apagó de forma inexplicable. La sensación de no estar sola, de ser observaba, aumentaba a cada segundo que pasaba a oscuras. Se quedó de pie en medio de la sala, inmóvil; entonces nuevamente contempló estupefacta el movimiento de aquella sombra, mientras ésta se acercaba a pasos lentos hacia ella. Cerró fuerte los ojos, en un intento de hacerla desaparecer otra vez. Por un momento sintió que no había nada a su alrededor, nada más que ella y lo que fuera que estaba acompañándola. Lena ya no escuchaba el sonido de la lluvia, a pesar de que la tormenta no aminoraba su fuerza. Todo era vacío y silente. No había más sonido en sus oídos que el golpe de los latidos de su corazón. Entonces lo escuchó. Lejano. El sonido del timbre retumbó en sus oídos, pero ella se encontraba sumergida dentro de su propio mundo, hasta que algo en su interior le hizo reaccionar. El instinto de supervivencia quizás, Lena no lo sabía, pero cuando al fin despertó de su trance, volvió a sobresaltarse. De nuevo el sonido. Las luces volvieron a encenderse y Lena corrió hacia su habitación. El teléfono de su cuarto sonaba insistentemente, y por un instante pensó en dejarlo timbrar hasta que quién estuviera llamando se cansara, sin embargo, el miedo que aún no la dejaba le decía que necesitaba escuchar la voz de otro ser vivo. —Diga. — ¿Hablo con Lena Walsh? —Sí, con ella habla. —Señorita Walsh, lamento ser el portador de malas noticias, pero es necesaria su presencia en Delment. __________________________________________________________________ ¿Cuántos años habían pasado desde aquel frío día de noviembre? ¿Cuatro años? ¿O acaso cinco? No. Quince. Quince años habían transcurrido desde la última vez que había puesto un pie en aquel insulso lugar, donde el sino de todos estaba en las manos de unos pocos que se creían con el derecho de sojuzgar la vida de cada persona. Tener el deseo de tomar las decisiones propias era sinónimo de volverse un paria, un desterrado; y de sufrir el escarnio de todos, incluso de aquellos a quienes se amaba. Era en ese lugar en donde había crecido, y del cual había logrado escapar quince años atrás. Una parte de ella se sentía culpable de haber abandonado a sus padres, aunque ella solía acallar su conciencia repitiéndose a sí misma que ellos jamás habrían dejado el lugar al cual llamaron hogar durante toda una vida y mucho menos por seguir a su alocada hija y sus estúpidos sueños de libertad. Al menos esas fueron las palabras de su padre, las últimas que le había dicho antes de que se marchara. A decir verdad, dejar a su padre atrás le significaba un gran alivio, no así separarse de su madre, a quien insistió durante varios días que se fuera con ella, sin embargo, y aunque su corazón estuviera partido en dos por la decisión de su hija pequeña, su respuesta siempre fue una negativa. —El lugar de una mujer es al lado de su esposo. —Decía. Así se quedó en aquel lugar y permaneció allí, aunque tres años después de la partida de Lena su padre murió de un ataque al corazón. Ahora ella le seguía. —Aquí tiene las llaves. —Gracias. Firmó los últimos formularios y tomó las llaves del vehículo alquilado. Lena salió del lugar y caminó rápidamente hasta el estacionamiento donde estaba el auto que le asignaron, tomando lugar dentro, arrancó y empezó el viaje de poco más de tres horas que separaba el pueblo más cercano del suyo propio. A diferencia de su destino, aquel pueblo sí había evolucionado junto con las nuevas tecnologías, así que decidió que los días que tenía que estar ahí, prefería alojarse en ese pueblo. — ¿Qué fue lo que sucedió? —Al parecer se torció el tobillo y al caer golpeó su cabeza... fue instantáneo. Necesitamos que vengas aquí a reclamar el cuerpo de tu madre y para darle cristiana sepultura. “Cristiana sepultura”. Repitió mentalmente. Lena no se consideraba atea, era algo más como agnóstica. Había dejado de creer en las religiones cuando entendió que eran utilizadas para manipular y gobernar las vidas de las personas. Pero para su padre, entre ser atea o agnóstica no había mucha diferencia, por lo que le resultaba irónico que quien llamó utilizara esa palabra. Hacerse cargo de su madre sería todo menos un ritual cristiano. Sería un acto de cierre. Casi como ajustar una deuda pendiente. Miró hacia la derecha. Aún la vieja señal de “Cuidado, puente angosto” se encontraba colocada al borde de la carretera. Por supuesto, estaba a punto de caerse y algunas letras se habían borrado, sin embargo, alguien que conocía tan bien el camino entre ambos pueblos como ella, se sabía de memoria lo que decía aquella señal. Un escalofrío recorrió por completo su cuerpo apenas hubo cruzado la entrada principal de Delment. Recuerdos del doloroso pasado, del escarnio social al que fue sometida, del tiempo en el que estuvo recluida dentro de su propia casa; todo volvió de golpe, llenándola de sensaciones y miedos de los cuales había logrado huir y que creía olvidados. —Tú puedes con esto. —Se dijo en voz alta, para luego exhalar profundamente el aire contenido, en un intento por guardar la compostura e infundirse valor. El hombre que le había dado la noticia no era otro más que Huberth Johnson, el dueño de la única funeraria que hubo por años en el pueblo, por lo que Lena sabía muy bien que, en lugar de dirigirse a la morgue del hospital, debía dirigirse a la casa de aquel hombre, cuya simple remembranza le provocaba nauseas. Estacionó el auto en la acera de en frente y se preparó mentalmente para lo que le esperaba. Subir los escalones de la casa de Huberth Johnson era como subir los peldaños hacia la entrada de una máquina del tiempo. Aún podía verse a sí misma, una adolescente torpe pero decidida, escabulléndose en la oscuridad de Delment para entrar sigilosamente por la puerta trasera de esa casa hasta la habitación donde pasó los momentos más felices o, mejor dicho, los únicos momentos felices que vivió en Delment. Adentro, todo era tal y como lo recordaba. La foto familiar colgada en la pared principal de la sala. El largo pasillo que daba a las habitaciones. La puerta hacia el anexo, que servía como cuarto de preparación, justo al lado del salón velatorio. Sí, definitivamente la casa seguía tan lúgubre como la recordaba y, sin embargo, evocaba recuerdos en ella de una vida que había dejado atrás. —Lena. La voz a sus espaldas encendió algo adormecido en su interior. Podrían haber pasado quince o mil años, pero aquella forma tan dulce de pronunciar su nombre jamás la olvidaría. Se giró con cuidado, como si temiera confirmar lo inevitable. —Jared —murmuró, apenas un suspiro. Sus miradas se cruzaron por primera vez en quince años, y por un momento, todo lo demás se desvaneció. Habían sido más que novios en la adolescencia, aunque para ella solo fue una excusa para escapar. Jared, en cambio, se lo había tomado en serio. Llegó a proponerle matrimonio antes de que ella se marchara. Pero Lena nunca quiso eso. Nunca quiso quedarse. Jamás supo qué significó realmente para él su negativa, ni si alguna vez la perdonó por irse sin mirar atrás. —Buenos días, Lena —la voz de Huberth Johnson quebró el instante, devolviéndola sin piedad al presente. Jared bajó la mirada con una leve inclinación de cabeza, como si aún quedaran cosas por decir, cosas que no se podían decir ahí; tomando lugar al lado de su padre. —Buenos días, señor Johnson. He venido para hacerme cargo de mi madre, deseo cremarla y llevarme sus restos, ¿es posible hacerlo hoy? Huberth Johnson miró a su hijo antes de preguntar— ¿Estás segura de que no quieres un servicio de velación? —Completamente. El hombre asintió, sin embargo, se notaba su molestia por lo que él consideraba un total desapego y falta de buenas costumbres cristianas, además que, al sentirse amigo cercano de la familia, como todos los habitantes de mayor edad en el pueblo, esperaba que la hija de Dorothy le diera al menos un funeral más honroso. Lena sólo quería terminar con todo eso y cerrar el capítulo de su vida en Delment, esta vez para siempre. — ¿Qué piensas hacer con la casa? — preguntó el hombre nuevamente metiéndose en asuntos que no eran de su incumbencia. —Voy a venderla, ¿le interesa? Esta vez no se preocupó en disimular su molestia por la actitud de Lena, aunque no dijo nada, su expresión fue más que suficiente para darle a entender a Lena lo que pensaba acerca de ella, pero eso poco le importaba. Hacía mucho tiempo que dejó de importarle lo que podían decir de ella en aquel horrendo lugar. El viejo no respondió, simplemente siguió su camino hacia donde yacía el cuerpo de Dorothy. —No le hagas caso. La señora Dorothy era su amiga, está dolido. —murmuró Jared una vez que su padre se alejó. Y yo soy su hija. Quién debe estar triste soy yo, no él. Pensó Lena, sin embargo, se guardó sus pensamientos para sí misma y sólo esbozó una sonrisa hipócrita, cosa muy fácil para alguien que llevaba un matrimonio fallido a cuestas. —Todo estará listo para mañana. —anunció el señor Johnson regresando. —Esperaba que fuera hoy, señor Johnson. Tengo algo de prisa en acabar con todo esto. —Mañana debe ser. —respondió en tono agrio—El horno está siendo reparado y hasta mañana lo tendrá listo el viejo Ted, aunque quisiera ayudarte no puedo. —Creí que Ted arregló el horno esta mañana. —No lo ha hecho—. Respondió dando una mirada aprensiva hacia su hijo—Lo tendrá mañana. —De acuerdo—. Lena hizo una pausa, tratando de recomponerse, y después continuó: —Este es el número del hotel en donde estoy hospedada, le agradeceré que me llame en cuanto esté todo listo. — ¿No te quedarás en la casa de tus padres? Lena no quería responder. Se planteó la idea en cuanto recibió la llamada, pero la desechó al instante con tan sólo recordar los momentos amargos que vivió en aquella casa, la cual nunca sintió como un verdadero hogar. —Sólo llámeme. Gracias. No esperó más respuesta y salió de la casa del señor Johnson a toda prisa, antes que a Jared se le ocurriera detenerla. Había tenido suficiente con que las cosas no salieran según sus planes, con tener que verlo. No sería capaz de aguantar sus reproches, porque, aunque se había mostrado muy amable, de seguro tendría mil reclamos que hacerle, y un sinfín de preguntas que no estaba preparada para responder. Subió al vehículo y condujo sin detenerse hasta llegar al hotel. __________________________________________________________________ Esperar era una tortura, aunque un trago de borbón lo estaba haciendo un poco más agradable. El hotel era verdaderamente un sitio encantador, quién diría que habría un lugar de tanto lujo a tres horas de un sitio tan deplorable, sin embargo, a pesar del viaje obligado y de la situación, intentaba pasar un momento de esparcimiento mientras esperaba que el señor Johnson la llamara a avisar que el maldito horno estaba listo. El hotel no tenía mucha ocupación, apenas los visitantes habituales según lo que le comentó el guapo cantinero que se encargaba de mantener su vaso lleno. La vieja estrategia de emborrachar a la chica, lo que él no sabía es que estaba frente a la insuperable ganadora del torneo de bebida de Ferris & Ferris, la oficina contable donde trabajaba, así que sus bragas se quedarían en su sitio al final de la noche. — ¿Qué hace una chica tan linda bebiendo sola? — preguntó un hombre al cual ni alzó a mirar. La simple pregunta, sacada probablemente de uno de esos libros de automotivación con un nombre parecido a Cómo conquistar a una mujer que bebe sola en un bar en cinco pasos, tampoco le auguraba nada bueno. Lena levantó la mano izquierda y le mostró su alianza, esperando que eso fuera motivo suficiente para que se fuera. Lena no estaba acostumbrada a lidiar con tipos insistentes. En su vida no tuvo que espantarse pretendientes como moscas. Lena no se consideraba una belleza exuberante, aunque sabía que tenía su gracia, como su madre solía decir. A sus treinta y tantos años, había dejado de contar cuántos eran después de los veinticinco, era una mujer que podía considerarse atractiva. Tenía el cabello castaño y ondulado, el cual le llegaba a media espalda. Ojos grandes y de un particular tono marrón con pestañas largas y espesas. Labios delgados y pequeños. Pecho frondoso, caderas anchas y un abdomen bastante definido, aunque nunca lo sería para ella. La insistencia del hombre duró tres tragos más de borbón y una señal con su dedo medio. Lena estaba algo acalorada cuando decidió que era hora de regresar a su habitación y dormir un rato. Esperaba que el señor Johnson no la hiciera esperar hasta muy tarde, de lo contrario tendría que pasar otra noche fuera, lo que significaría pedir un día más en el trabajo. Se quitó la ropa y se echó sobre la cama con nada más que su ropa interior encima. Cerró los ojos intentando conciliar el sueño, sin embargo, el dolor que oprimía en su pecho no se lo estaba permitiendo. Lena había intentado ser fuerte, le prometió a su madre una vez en alguna de sus interminables charlas por teléfono; que no lloraría y que vendería esa casa y todo la que la atara a ese sitio y se marcharía de vuelta sin mirar hacia atrás nunca más, pero contener las lágrimas era más difícil de lograr de lo que ella esperaba. Los recuerdos de los últimos años que compartió junto a su madre se agolparon en su cabeza, provocando que un nudo comenzara a formarse en su garganta y la opresión en su pecho creciera cada vez más. Su madre era lo único que le quedaba. Lo único bueno que había resultado de sus años en Delment. La que le había ayudado a irse lejos de ahí. Lena no pudo retenerlo más y abrazándose a la almohada, por primera vez desde que recibió la noticia, ella se permitió llorar.
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