Si algo que en verdad me dolía era ver a un hombre llorar, y menos por mi culpa. Andrés se arrodilló y postrándose, me agarró los tobillos, casi que besándome los pies. -Por favor, perdóname – hipó –. No me hagas esto. Sabía que estaba siendo muy cruel, y además era su cumpleaños, y en menos de media hora sería el mío; prácticamente estaba arruinando nuestros cumpleaños. Andrés me agarró por los lados de los muslos y hundió su cara en medio de mis rodillas, llorando desconsoladamente, como un niño rogándole a su mamá que lo deje salir a jugar. -Te irás mañana, después del entrenamiento – dije finalmente. Andrés retiró lentamente sus manos de mis piernas, y enjugándose las lágrimas, se levantó, para quedar conmigo cara a cara. Sus ojos ya estaban hinchados de tanto llorar, no evité sent

