CONTINUACIÓN PARTE I

1892 Words
SECCIÓN 2 Presente - Noviembre de 1998 Ana despertó temprano, con el estómago revuelto. Había sentido náuseas durante varios días, y ya sabía qué significaba. Había comprado una prueba de embarazo en la farmacia del rincón, y cuando la había hecho esa mañana, el resultado había sido positivo. Estaba embarazada de nuevo, esta vez de dos meses, y no sabía cómo contárselo a Carlos. Después de lo que había pasado con el primer bebé, tenía miedo de su reacción. Sabía que él todavía la culpaba por la pérdida, y temía que pensara que esta vez también sería su culpa si algo salía mal. Pero también sabía que no podía seguir ocultándoselo. Tenía que decírselo, aunque le costara mucho. Se levantó de la cama y fue al baño a lavarse la cara. Al salir, encontró a Carlos sentado en la cama, mirándola con una expresión fría. “¿Qué estabas haciendo en el baño?” preguntó él. “Te he llamado varias veces.” “Nada”, dijo Ana, evitando su mirada. “Estaba un poco mareada.” Carlos se levantó y se acercó a ella, mirándola desde arriba hacia abajo. “Mareada? Otra vez? Ana, ya estoy harto de tus dolencias. Si no te sientes bien, ve al médico, pero no vengas a mí con tus problemas. Ya tengo suficientes en la oficina.” Ana sintió cómo se le subía la ira por dentro, pero la contenía con esfuerzo. “Carlos, necesito hablarte de algo importante.” “Después”, la interrumpió él, cogiendo su corbata de la silla. “Ahora tengo que irme. Laura está esperándome en la oficina para preparar la presentación del proyecto.” “Laura de nuevo”, dijo Ana, sin poder evitarlo. “¿No te cansas de estar siempre con ella?” Carlos se volvió hacia ella, con los ojos llenos de ira. “¿Qué te pasa ahora? ¿Estás celosa de nuevo? Laura es mi ayudante, nada más. Si tú fueras más comprensiva, tal vez no tendría que pasar tanto tiempo en la oficina.” “Comprensiva?” gritó Ana, perdiendo la paciencia. “¿Cómo quieres que sea comprensiva cuando pasas más tiempo con ella que conmigo? Cuando la tratas mejor que a mí, tu esposa. ¿Acaso no te das cuenta de cómo la miras? De cómo te acercas a ella?” Carlos rió de forma sarcástica. “¡Ay, Ana! Eres tan ridícula. La única razón por la que paso tiempo con ella es porque ella me entiende. Ella no me culpa de nada. Ella no me hace sentir como un fracasado.” La última frase la hirió profundamente. “¿Un fracasado? Carlos, yo nunca te he dicho eso. Nunca te he culpado de nada. Fue un accidente. El bebé… lo perdimos los dos.” “¡No!” gritó él, golpeando la pared con el puño. “Yo no lo perdí. Tú lo perdiste. Laura me dijo que tú estabas tomando pastillas sin receta, que estabas estresada porque no querías tener el bebé. Me dijo que tú fuiste la causa de su muerte.” Ana se quedó inmóvil, con la boca abierta. “Eso es una mentira. Laura está mintiendo. Nunca tomé pastillas sin receta, y yo quería ese bebé más que nada en el mundo.” “¿Y por qué iba a mentir Laura?” preguntó Carlos, con una sonrisa de desprecio. “Ella no tiene nada que ganar con ello. Tú, en cambio… tú siempre has sido egoísta. Siempre has pensado solo en ti misma.” Ana sintió cómo las lágrimas corrían por sus mejillas. “No puedo más, Carlos. No puedo seguir así, con ti tratándome como si fuera la peor persona del mundo. Quiero el divorcio.” La palabra cayó en el aire como un rayo. Carlos se quedó sin habla por un instante, luego su cara se llenó de furia. “¿El divorcio? ¿Estás loca? Nunca te daré el divorcio, Ana. Eres mi esposa, y siempre lo serás. Además…” se detuvo por un instante, como si se hubiera dado cuenta de algo. “Además, si te vas, ¿qué pasará con todo lo que hemos construido juntos? Con la casa, con el dinero de mi padre?” “Me importa un bledo tu dinero”, dijo Ana, con voz firme. “Solo quiero libertad. Quiero poder vivir mi vida sin tener que sentir que soy la culpable de todo lo malo que pasa en tu vida.” Carlos se acercó a ella hasta quedar frente a frente, con la cara a pocos centímetros de la suya. “No lo conseguirás. Te lo digo claro: nunca te daré el divorcio. Tú te quedas aquí, o te vas y pierdes todo. Incluyendo lo que llevas en tu vientre.” Ana se quedó helada. ¿Cómo sabía él que estaba embarazada? ¿Había visto la prueba de embarazo? “¿Cómo… cómo sabes?” preguntó ella, con voz temblorosa. Carlos sonrió de forma cruel. “Laura me lo dijo. Ella vio la prueba en el baño esta mañana. Y ahora que sé que estás embarazada de nuevo, menos que menos te dejaré ir. Esta vez tendrás que cuidarte bien, Ana. Y si algo le pasa a este bebé, te juro que te arrepentirás.” Con esas palabras, se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta con fuerza. Ana se desplomó en la cama, llorando a mares. Sabía que Laura había sido la que le había contado a Carlos sobre el embarazo, igual que había sido la que le había contado las mentiras sobre el primer bebé. Pero ¿por qué? ¿Qué tenía contra ella? Y, lo que era peor, ¿cómo iba a conseguir el divorcio si Carlos se negaba a dárselo? En ese momento, escuchó un toque suave en la puerta principal. Se levantó con esfuerzo y fue a abrirla. En el umbral, encontró a Sebastián, con una caja de galletas en la mano y una expresión preocupada en el rostro. “Ana”, dijo él, con voz suave. “He estado pensando en ti. Quería saber cómo te ibas.” Ana sintió cómo se le aflojaba el nudo que tenía en la garganta. Sebastián era el único amigo que le quedaba, el único que la entendía. Sin pensar dos veces, le abrazó y empezó a llorar en su pecho. “Shhh”, dijo Sebastián, acariciándole el pelo. “Está bien. Ya estás a salvo. Cuéntame qué pasa.” CAPÍTULO 2 - LA MENTIRA QUE SE DESENCADENA SECCIÓN 1 Sebastián llevó a Ana al salón y la ayudó a sentarse en el sofá. Le dio una taza de té caliente y se sentó a su lado, esperando a que ella estuviera lista para hablar. “Es Carlos”, dijo Ana finalmente, secándose las lágrimas con la manga de su blusa. “No me trata bien, Sebastián. Desde que perdimos al bebé, me trata como si fuera un enemigo. Y todo es culpa de Laura, su secretaria. Ella le ha contado mentiras sobre mí, diciéndole que fui yo la causa de la muerte del bebé.” Sebastián cerró los puños con fuerza. “Esa mujer es una serpiente. Ya lo sabía desde el primer día que la vi. Carlos es un tonto por creerle.” “Dice que si algo le pasa a este bebé, me hará pagar por ello”, terminó Ana, dejando la taza sobre la mesa con manos temblorosas. Sebastián tomó su mano con cuidado. “No te dejaré que pase nada, Ana. Jamás. ¿Sabes que siempre estuve ahí para ti? Desde la preparatoria, cuando éramos solo unos niños que soñaban con el futuro.” Ana miró sus ojos, llenos de cariño y preocupación. Sabía que Sebastián la había amado durante años, pero nunca había podido corresponderle porque su corazón pertenecía a Carlos. Pero ahora, viendo cómo Carlos la trataba, se preguntaba si había cometido un error enorme al casarse con él. “Lo sé, Sebastián”, dijo ella con voz suave. “Y te lo agradezco más de lo que puedo decir. Pero no quiero que te metas en problemas por mí. Carlos es muy peligroso cuando se enoja.” “Me da igual”, respondió Sebastián con determinación. “No voy a dejar que te siga maltratando. Tenemos que hacer algo. Quizás deberíamos buscar a un abogado, ver cómo podemos conseguir el divorcio a pesar de que él se niegue.” Ana asintió lentamente. “Tal vez tengas razón. Pero primero necesito saber la verdad sobre el primer bebé. Carlos dice que era suyo, pero… últimamente he tenido dudas.” Sebastián frunció el ceño. “¿Dudas? ¿Por qué?” “Porque antes de quedarme embarazada la primera vez, Carlos y yo estábamos pasando por un mal momento”, explicó Ana. “Él estaba muy distante, y yo… bueno, yo sentía que no estaba siendo feliz. Y entonces conocí a un hombre en un curso de arte que estaba tomando. Solo fue una vez, una locura, pero nunca se lo conté a Carlos.” Sebastián sintió un pinchazo en el corazón, pero se mantuvo sereno. “Entonces crees que el primer bebé no era de Carlos?” “Lo sospecho”, dijo Ana, bajando la mirada. “Y si es así, entonces todo lo que Laura le ha contado es una mentira. El bebé no murió por culpa mía, y además, ni siquiera era de él. Pero ¿cómo puedo demostrarlo?” “Hay formas”, dijo Sebastián. “Podríamos hacer una prueba de ADN, aunque el bebé ya no está con nosotros. Los médicos pueden tomar muestras de tejido que quedaron después de la operación. Pero para eso necesitaríamos el permiso de Carlos, o al menos acceder a los registros médicos.” Ana negó con la cabeza. “Carlos nunca daría su permiso. Él sigue creyendo que el bebé era suyo, y si descubre la verdad, no sé qué haría.” Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe. Carlos entró en el salón, con Laura detrás de él. Sus ojos estaban llenos de furia al ver a Sebastián sentado junto a Ana, cogiendo su mano. “¿Qué está pasando aquí?” gritó Carlos, dirigiéndose a Ana. “¿Te has olvidado de que eres mi esposa? ¿Y tú?” se volvió hacia Sebastián. “¿Quién te dijo que podías entrar en mi casa?” “Yo le abrí la puerta”, dijo Ana, levantándose con firmeza. “Sebastián es mi amigo, y vino a verme porque se preocupa por mí. Algo que tú nunca has hecho.” Carlos dio un paso hacia adelante, pero Laura se colocó entre él y Ana. “Carlos, calmate”, dijo ella con voz dulce. “No valen la pena las escenas. Ana está emocionada por el embarazo, y a veces hace cosas que no entiende.” “¡Cállate, Laura!” gritó Ana, perdiendo la paciencia. “Eres la única que está causando problemas aquí. Tú le has contado mentiras a Carlos sobre mí, sobre el primer bebé. Y ahora le has dicho que estoy embarazada para que no me deje ir. ¿Por qué haces esto? ¿Qué tienes contra mí?”
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