Capítulo 2

1815 Words
ANTON Jueves, 8:11 p.m. Al salir de la empresa fui a un club nocturno. Quería desahogarme y sacarme las ganas de follar que tenía en ese día. Muchas veces había ido a ese lugar. Era muy exclusivo y no cualquiera acudía, solo gente millonaria iba ahí. Desde algunos empresarios hasta algunos políticos. Al salir de la empresa fui a un club nocturno. Quería desahogarme y sacarme las ganas de follar que tenía en ese día. Muchas veces había ido a ese lugar. Era muy exclusivo y no cualquiera acudía, solo gente millonaria iba ahí. Desde algunos empresarios hasta algunos políticos. Eso sí, lo que ocurría dentro se mantenía en absoluto secreto. Al fin y al cabo, ¿quién creería a alguien que afirmara haber visto a una persona influyente en un sitio como ese? Nadie. Su opinión no sería tomada en cuenta. Cuando entré, me senté en las mesas que había para ver con atención a unas bailarinas exóticas que había y al acabar el show que estaban haciendo, una de las camareras se acercó a mí. Normalmente, a ellas también se le podían elegir, no solo a las mujeres que había delante de unas habitaciones esperando su momento. Tiffany: — Hola cariño, ¿qué buscas? ¿Quieres conmigo otra vez? — preguntó pasando su mano por mi hombro. Era una de las camareras con quien había follado varias veces y en ese instante no dudé en hacerlo otra vez. Entonces, la tomé de la mano y pagué una habitación. La tiré sobre la cama que había, me desabotoné el pantalón y me puse un preservativo. Desde hace rato ya la tenía dura, así que no me iba a andar con preliminares. Quería meter mi pene en algún lugar y así hice. La abrí de piernas y me metí dentro. La abrí de piernas y me metí dentro. Dándole duro, como si no hubiera un mañana. Y es que así solía ser siempre. Tener sexo salvaje era lo que más me gustaba. Viernes, 8:22 p.m. RACHEL HILL En estos momentos salía de la casa de una vecina después de haber regresado de dar el último paseo a sus dos perros. Durante tres meses los había cuidado con dedicación, pero ahora que su dueña planeaba mudarse a Florida con ellos, mi pequeño empleo llegaba a su fin. Y aunque me entristecía despedirme de esos adorables animales, no tenía más remedio que aceptar la situación y seguir adelante. Unos minutos después, al llegar a la casa donde vivía, me encontré con Bonny, la madre de mi mejor amiga, hablando por teléfono. Bonnie: — Sí, yo no puedo. Pero tengo a alguien que podría servir — dijo al interlocutor al teléfono, mientras me miraba fijamente. — Vale. Perfecto. El lunes estará allá para la entrevista. Sí... Se lo comentaré y cuando tenga una respuesta se la comunico. Vale... Okay. Adiós — ¿Con quién estabas hablando? Bonnie: — Un hombre al que le cuidé los hijos hace años. Está buscando una niñera para un amigo que tiene una niña pequeña, y le he dicho que tengo a la candidata perfecta — Pero Abby está muy ocupada en la tienda y no creo que… Bonnie: — ¡No seas tonta! Obviamente eres tú — ¿Perdona? — pregunté alzando mis cejas y sorprendida. — Pero sí yo no tengo experiencia en cuidar niños Bonnie: — Bueno, has cuidado a animales, es casi lo mismo — No, no es lo mismo. Un niño es más responsabilidad. ¿Y qué le has dicho? Bonnie: — Que el lunes estarás lista para que te entreviste — ¿¡Qué!? Bonnie: — Se lo dije porque sé que tú necesitas trabajo y en este, según lo que me ha dicho, vas a ganar muy bien. Ellos, por lo que sé, son gente adinerada — dijo y Abby, mi mejor amiga, llegó a casa en ese momento. Abby: — ¡Hola, ya estoy en casa! Bonnie: — Hola cariño — Hola, Abby Abby: — Hola — dijo resoplando y se tiró en el sofá. — Estoy exhausta Bonnie: — ¿Te preparo la cena? Abby: — No, ya meteré al horno un pedazo de pizza que hay en el refrigerador, no te preocupes Bonnie: — Bueno. Yo me voy a la cama, ya tengo sueño — mencionó levantándose. Abby: — Buenas noches, mamá Bonnie: — Buenas noches, hija — dijo dándole un beso en la frente. — Buenas noches Bonnie: — Buenas noches, hija — dijo también dándome un beso en la mejilla. — Cuando estés convencida, no te olvides de darme una respuesta a lo que te he dicho — Lo haré — dije y Bonnie se fue de la sala y solo quedamos Abby y yo. Abby: — ¿Cómo te fue? ¿Hoy era el día en el que se iría la vecina para Florida? — Sí, hoy me despedí de ella y de sus perros Abby: — ¿Y qué harás ahora sin trabajo? — Tu madre me ha ofrecido un trabajo como niñera Abby: — ¿Ah sí? ¿Dónde? — No lo sé. Donde un señor a quien cuidó a sus hijos Abby: — Bueno, ¿y cuándo empiezas? — El lunes tengo una entrevista Abby: — Ojalá te elijan — Ojalá. Oye, ¿cómo te fue en la tienda? Abby: — ¡Uff! Tuve que doblar y poner la ropa en sus sitios miles de veces. La gente es muy desordenada, aunque hoy valió la pena ir a la misma estantería a poner bien la ropa reiteradamente porque había un chico bastante guapo — ¡Uy! ¿Y te habló? — pregunté sonriente y ella se sonrojó. Abby: — Me preguntó si había una talla más grande de una camiseta que quería comprar y su voz era tan linda — ¡Ay amiga! ¿Y qué pasó? Abby: — Nada, le busqué una camiseta de su talla, pero me entretuvo porque quería que le diera mi opinión sobre unas camisas que pensaba comprar, pagó y se fue, pero me dejó algo — ¡No! ¿No me digas que su número de teléfono? Abby: — Así es amiga — dijo dándome un trozo de papel. — ¡Qué envidia! Tú ligas muy fácil y yo aquí sin nada que pescar Abby: — Tampoco estoy segura si escribirle. Apenas lo conocí hoy — ¿Cómo se llama? Abby: — Ricky — Escríbele, no es que le vayas a pedir matrimonio, ¿sabes? Abby: — Tal vez lo haga y si no funciona, algún día saldremos tú y yo de cacería y te pillas a alguien — Ya me va siendo falta. Casi cumplo treinta, ¿te puedes creer? Abby: — Ya estamos viejas, amiga — La verdad es que sí Abby: — ¿Has pensado qué hacer para tu cumpleaños? — Aún no Abby: — Ya pensaremos en algo, pero ahora me iré a dormir. Mañana también me levanto temprano, pero al menos el domingo tengo el día libre — Vale, buenas noches Abby: — Buenas noches Entonces, cuando ella se fue a su habitación, yo hice lo mismo y me dirigí a la mía. Mi habitación no era muy grande; apenas cabían mi cama, una mesita de noche y un armario mediano. Sin embargo, era lo que tenía, y aunque fuera poco, lo agradecía. Conocí a la madre de Abby y a ella hace seis años, cuando estaba en la universidad estudiando derecho. Sin embargo, el dinero no me alcanzaba para cubrir todos los gastos, así que tuve que dejar la carrera a medias. De modo que, cuando dejé la universidad, también decidí irme de casa, pues no soportaba a mis padrastros, aunque, para ser justa, mi padrastro siempre fue bueno conmigo. Mi madrastra, en cambio, era el demonio en persona. Me trataba mal constantemente y nunca fue una madre ejemplar ni alguien agradable. De hecho, muchas veces me preguntaba por qué me habían adoptado si me iban a tratar así. Si lo hubiera sabido, habría preferido quedarme en el lugar donde estaba antes, aunque eso significara enfrentarme a otras dificultades. Toda mi infancia y gran parte de mi adolescencia tuve que soportar vivir con ellos, pero mi vida cambió cuando Abby me dio una nueva oportunidad. Su madre y ella me ofrecieron mudarme con ellas y para mí, eso fue una salvación. Por ello, les estaba infinitamente agradecida por ese gesto tan amable, porque me dieron un hogar cuando más lo necesitaba, algo que jamás podría olvidar. Hasta el momento, seguía viviendo con ellas, aunque no como antes. Antes vivía allí sin pagar nada, pero cuando comencé a trabajar, empecé a contribuir con el alquiler y los gastos básicos, como una forma de agradecerles todo lo que habían hecho por mí. ANTON Lunes. — ¡Joder! ¿¡Puedes hacer al menos una cosa bien en tu maldita vida!? — grité a un empleado mío que había realizado una redacción defectuosa. Francis: — Lo siento, señor — murmuró con la cabeza baja. — Vuelve a tu oficina y reescribe todo. Está plagado de errores y cambia la fuente, no te limites a utilizar una, resulta asfixiante. ¡Vamos, ¿qué estás esperando?! — insistí y Francis salió apresuradamente. Así era como solía tratar a mis empleados. Era la única forma de hacerles entender que, en mi empresa, todo debía hacerse de manera impecable. Solo respondían cuando se les gritaba; de otro modo, simplemente no lo hacían. Y sí, sabía que no era correcto alzarles la voz, pero ¿qué más podía hacer? Ya había intentado de todo. Brandon: — Hasta afuera se oyeron los gritos — comentó al entrar a mi oficina, mientras yo volvía a sentarme en mi silla. — Es que la gente aquí no parece saber hacer nada Brandon: — Tranquilízate — No, no puedo relajarme. Esa revista debe estar lista en dos días y debe ser perfecta Brandon: — Todo saldrá bien, no te preocupes, ¿quieres que lo haga yo? — Deja que él lo haga, y si no lo logra en el segundo intento, entonces lo haces tú Brandon: — Está bien. Por cierto, venía a decirte que pronto vendrán las niñeras para entrevistarlas — Hazlo tú, no quiero estar presente — dije, tiré mi cabeza en el respaldo de la silla y lo miré. — ¿Les dijiste que vinieran aquí? Brandon: — Sí. Será más conveniente. Además, si no conocen la empresa, lo harán ahora, y así tendremos más personas que sepan de nosotros. Bueno, me voy. Hablamos después Cuando él salió de mi oficina, me quedé pensando en mil cosas, en particular en la revista que debía presentar lo antes posible y de manera perfecta. Me propuse averiguar cómo podría lograr que mis empleados hicieran correctamente su trabajo bajo presión, ya que normalmente eran competentes, pero algo parecía cambiar cuando estábamos bajo presión, y todo salía mal.
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