Viviana se despertó sobrecogida. Parpadeaba angustiada y sudaba. También tenía ese friecito tan molesto que le trepaba a la espalda y la mortificaba sobremanera. -¡La agenda!-, se repetía una y otra vez. Ahora lo recordaba. Había soñado con un cuaderno despintado, con dibujos de corazoncitos y también viñetas de muchos colores. Eran iguales a la agenda de Macedo y que le dio Cinthia. Era un mensaje, opinó ella, convencida. Saltó de la cama y fue a su cómoda, removió sus calzones, sus sostenes, sus pantimedias, con afán y vehemencia, hasta que al fin halló el cuadernito metido en una bolsa plástica. Lo abrió con desesperación y empezó a buscar hoja por hoja. -Debe haber un mensaje, algo. ¿Qué es lo que vi en mi vida pasada?-, decía tratando de clavar en su mente la imagen del cuadro que h

